Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

La verdad es que uno abre el periódico, conecta la radio o comete la insensatez de darle al mando a distancia del plasma, pero también conservando un somero empeño en observar lo que hacen sus congéneres por la calle y acuden a la mente un montón de motivos, de razones, para expresar todo lo que se agolpa en la bolsa de los sentimientos desde rabia y asco hasta el asombro más extremo. Hoy me han llamado la atención dos sucedidos, el primero que por lo visto los angelitos recluidos en el Hotel Covid del Paseo Marítimo, seguramente no todos que no hay que ser injusto, se dedicaron a dejar las habitaciones no demasiado habitables y más bien guarras, lo cual le costará al erario público, léase a Usted y a mí, algunos dineros; por otro lado el hecho de un anciano de 85 años que había pasado un post operatorio en el domicilio de su hija, y que a la vuelta a su hogar se lo ha encontrado ocupado; cuando el Estado de Derecho permite esto último algo no es verdad o lo de Estado o lo de Derecho.

Y uno se pregunta qué anida en el espíritu, y si no les satisface el término en su conciencia, de personas que se alegran o satisfacen con «enmierdar» habitaciones de hotel, por lo visto ya no solo es afición de hooligans británicos cargados de alcohol sino también de tiernos estudiantes venidos a nuestras islas con culturales intenciones, o con dejar en la calle a un anciano que podría muy bien ser su abuelo.

Si lo anterior no fuera suficiente, nos acompaña la llevanza de varias jornadas sin explicarnos qué conduce a un grupo de chavales a matar, de forma inmisericorde y cruel, a palos a otro chaval, criminalidad repetida igualmente en nuestras tierras en las carnes de un joven turista holandés, o la imagen del energúmeno del metro de Madrid intentando saltarle un ojo a quien le afea su incivismo; por no recordar el parte diario de lo que los medios denominan «actos incívicos» y «botellescos».

Por no añadir el caso de ese influencer isleño o solo leño, que anda por ahí diciendo que él engaña a las chicas con las que liga y que se pregunta cómo todavía no ha dejado embarazada a ninguna.

Es fácil cargarles sin más la responsabilidad a los que de esa forma actúan, aludiendo a su inmadurez, y no cabe duda que responsabilidad tienen desde que ejercen su libertad personal, aquello que antes se llamaba el libre albedrío; pero ¿es toda esa responsabilidad solo suya o es compartible por otros?; por ventura debiéramos preguntarnos, todos, qué parte de responsabilidad tenemos los restantes miembros de nuestra sociedad en el que esos chavales o no tan chavales se comporten como lo hacen, con tanto desprecio por la vida de los demás como por la autoridad, la solidaridad con sus conciudadanos y las buenas maneras, todo amamantado por ese extraño, y tan de moda, entendimiento de que la libertad es ejercitable al extremo, sin límites ni cortapisas.

¿Y los demás?, ¿Les estamos remitiendo a nuestros jóvenes, y a los que no lo son tanto, el adecuado Feed back, los demás miembros de la sociedad?, ¿Son correctas las enseñanzas que les transmitimos con nuestros comportamientos personales diarios?, ¿de verdad les estamos mandando el mensaje adecuado?, por los resultados, por lo que se ve, parece que todas las respuestas deben ser categóricamente negativas. Los mensajes bien intencionados, por reiterados que sean, parecen no llegar con claridad a los más jóvenes pero los ejemplos sí, como decía el cordobés Seneca, el camino de la doctrina es largo, pero breve y eficaz el del ejemplo, y los ejemplos que mandamos no son demasiado buenos.

El otro día y desde el asiento de mi automóvil, lugar de privilegiada observación, y en pocos minutos me fijé en un solo tramo de calzada con cuatro ejemplos de esos negativos ejemplos; el de un conductor estacionado en doble fila provocando que los demás conductores tuvieran que reunir en un solo carril el tráfico de dos cuando tenía a su disposición un espacio más que apreciable para estacionar su vehículo; un «patinetista» sin chaleco ni caso, haciendo caso omiso a tres semáforos que lucían un clamoroso rojo; un ciclista circulando sobre su bici por el paso de peatones y aceras repletas de personas, estas circulando sobre sus pies; y hasta el conductor de una grúa municipal, si municipal, que dejaba su nada pequeño vehículo estacionado, también en doble fila, para llevar a cabo la administrativa y pública labor de acercarse a un cajero para sacar dinero.

Por lo que se ve ese es el ejemplo que cala de forma eficaz y rápida en las mentes más jóvenes, que lo único que importa es hacer lo que a uno se le pone en la punta de sus inspiraciones, sin importar ni poco ni mucho si eso le fastidia la vida al prójimo y todo por un momentito de satisfactoria gloria personal, dentro o fuera de las redes. Si es así vamos aviados los ejemplarizantes y los ejemplarizados.

Compartir el artículo

stats