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Eduardo Jordà

La naranja mecánica

«La naranja mecánica» fue el apodo que recibió la selección holandesa de fútbol, que se hizo famosa en el Mundial del 74 por practicar el fútbol total, un concepto que entonces resultaba muy novedoso. La selección, dirigida por Rinus Michels -que después entrenaría al Barça- fue la hizo famosos a Cruiff, a Neeskens y a Johnny Rep. Aún ahora, me parece, la selección holandesa recibe ese mismo nombre, «la naranja mecánica», ya que la equipación holandesa luce el color naranja de la casa de Orange, símbolo nacional holandés porque desde hace dos siglos ha representado su monarquía.

Lo que no sabe mucha gente, o cada vez menos -todo se olvida muy deprisa-, es que el apodo «la naranja mecánica» surgió de una película de Kubrick que se hizo famosa en los años 70. Estrenada en 1971, La naranja mecánica –A clockwork Orange- contaba la historia de Alex y sus amigos, los «drugos», que vivían en un Londres futurista -el Londres de 1995, que ahora para nosotros ya es el pasado inapelable de los hermanos Gallagher y de tantas otras bandas desaparecidas-, pero que para los espectadores que asistieron al estreno de la película suponía un futuro totalmente ignoto. En la película, la banda de Alex y sus «drugos» hablaba una jerga muy extraña, el «nadsat», que fundía el ruso y el inglés cockney, y se dedicaba a practicar la violencia más aleatoria y caprichosa. Cargados de drogas, que consumían en unos bares donde se suministraba «lacta plus» -un combinado de anfetaminas potentísimas-, los «drugos» se dedicaban a violar y a golpear y a asaltar a cualquier persona que se les pusiera por delante. No tenían motivos ni actuaban por ninguna razón en concreto. Les gustaba hacer el mal. Les gustaba ejercer la violencia. Era la única forma que conocían de sentirse vivos.

La película de Kubrick se inspiraba en una novela del mismo nombre –La naranja mecánica, en la traducción castellana- publicada por Anthony Burgess en 1962. Burgess contó en sus memorias que la inspiración de la novela surgió muchos años antes de escribirla, en 1944, cuando cuatro desertores del ejército norteamericano, durante una alarma antiaérea, asaltaron en Londres a la esposa embarazada de Burgess y la golpearon y violaron con una violencia desacostumbrada. La esposa de Burgess, Lynne, perdió el niño que esperaba. Burgess estaba destinado por entonces en Gibraltar y pidió un permiso para ir a ver a su esposa. Se lo denegaron. Los cuatro desertores consiguieron irse de rositas porque la propaganda de guerra no quería que se supiera de la existencia de desertores del ejército norteamericano que violaban y robaban a pacíficas ciudadanas inglesas, y además embarazadas. Burgess volcó toda la rabia que sintió en aquellos días en la violencia indiscriminada que inunda La naranja mecánica. De todos modos, en la novela de Burgess -que era católico y conservador-, el «drugo» Alex conseguía redimirse y dejar atrás la violencia. En la película de Kubrick, por el contrario, la pulsión violenta de los «drugos» resultaba imposible de erradicar y al final acababa ganando la batalla.

La semana pasada, un turista holandés de 27 años recibió una paliza brutal -digna de los «drugos» de La naranja mecánica- en una calle de s’Arenal. Se la propinaron un grupo de holandeses que habían venido de vacaciones a Mallorca y que salieron a la calle con el propósito de dar una paliza de muerte al primer transeúnte con el que se toparan. El transeúnte elegido al azar fue ese otro turista holandés. Ese turista murió el lunes pasado. André Breton decía que el acto surrealista por antonomasia era salir a la calle con una pistola en la mano para matar al primer transeúnte con el que nos cruzáramos. Breton lo decía como simple provocación contra los buenos burgueses -los surrealistas fueron siempre unos sublimes cretinos-, pero este tipo de actos se realizan continuamente por gente que no sabe quiénes eran los surrealistas y que ni siquiera tiene una idea muy clara de por qué ataca al primer transeúnte que se cruce en su camino. Lo hace, y con eso basta, igual que así actuaban Alex y sus «drugos» en La naranja mecánica.

Supongo que los psicólogos y los mediadores sociales intentarán encontrar una causa profunda que explique la conducta de estos turistas que vinieron de cacería a Mallorca con el propósito de matar a un desconocido. Buscarán infancias desgraciadas, heridas íntimas, familias desestructuradas, traumas infantiles o bien oscuros episodios de abusos sexuales en la infancia, pero lo que no buscarán -porque no figura en su forma de entender el mundo- es que estos turistas holandeses hicieron lo que hicieron por simple maldad, por simple brutalidad, por simple barbarie. Matar a alguien les parecía un pasatiempo divertido y simplemente por eso se propusieron hacerlo. No hay más explicaciones ni motivaciones ocultas. En otro tiempo, a esta clase de conductas las llamábamos «el mal». Hoy, idiotas de nosotros, ni siquiera sabemos cómo llamarlas.

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