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Mercè  Marrero

La suerte de besar

Mercè Marrero Fuster

En las tres historias, el detalle es la diferencia

Sobre cómo los bancos nos incomodan la vida, el exceso de ruido perjudica la salud y por qué deberíamos tener un parque inclusivo en cada barrio

Una de las diferencias del gimnasio al que voy en verano, en relación al que voy durante el resto del año, es que éste es silencioso. La música no se impone y los usuarios no tiran las pesas al suelo con la fuerza de quien tiene excedente de testosterona. Sufrir haciendo sentadillas bajo la tortura del reguetón no tiene nada que ver con hacerlo mientras escuchas un hilo musical ameno. Lo primero es sarna. Lo segundo es sarna con gusto y, por tanto, no pica.

El ruido, el exceso de ruido, perjudica seriamente la salud. En mi caso, la mental. Hago un repaso de la cantidad de sonidos que sobran diariamente y no me bastan los dedos de la mano. Los audios de WhatsApp del que está sentado al lado, los gritos a las cinco de la mañana de quienes vuelven de marcha, las obras del vecino un mediodía de fin de semana, las conversaciones a todo volumen en la puerta de casa, los acelerones de las motos que hacen carreras todas las noches o la música de los chiringuitos que están en primera línea de mar. Innecesarios todos. El silencio está infravalorado. Una lástima porque la vida sabe mejor sin estruendo.

El ayuntamiento de Palma presentó hace meses el primer parque inclusivo y sensorial de la ciudad. Nada será inclusivo si, para disfrutarlo, hay que coger coche, buscar aparcamiento, desembarcar trastos e hijos y llegar hasta un lugar que está a varios kilómetros de casa. Pienso que con el más de medio millón de euros que costó se podrían haber mejorado y realizado adaptaciones en los parques ya existentes. Un detallito de nada, más modoso y humilde, pero menos pomposo y grandilocuente. Un espacio de ocio cerca de casa facilita la vida. Especialmente, si hay problemas para encontrar alternativas lúdicas para un hijo con alguna necesidad de apoyo. Por no hablar de la importancia de que el resto de niños del mundo crezcan asumiendo que esta sociedad es diversa y que crear espacios en los que todos quepamos nos convierte en un lugar mejor para vivir.

La tecnología facilita la vida, sí. Hasta que deja de hacerlo. O, mejor dicho, hasta que algunas empresas deciden integrarla hasta eliminar el trato humano. Gana terreno la banca online, pero siguen aumentando las comisiones. Se recortan gastos y personal y desaparece la atención al cliente. Quien tenga pocas habilidades tecnológicas, y recuerdo que muchos no las tienen, lo pasa canutas a la hora de hacer un ingreso, sacar dinero, domiciliar un recibo o hablar con un gestor. La ayuda para gestionar nuestra economía familiar ha pasado a segundo plano porque ahora, lo importante, es contratar un seguro para el coche, una alarma para casa o un plan de pensiones para la vejez. Para algunos, es fácil manejarse en los entornos online. Para otros, un sinvivir. Siento cierta antipatía hacia las empresas que excluyen de sus modelos de negocio a las personas más vulnerables o con menos habilidades para manejarse con autonomía.

De joven creía que la diferencia entre sentirse bien o mal radicaba en grandes gestos. Ahora, un pelín mayor, he aprendido que la diferencia es, a menudo, cuestión de un pequeño detalle.

En las tres historias, el detalle es la diferencia

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