Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Susana Martín Gijón

Mujeritis

«Creo que tengo mujeritis», dice un señor en ese templo de la sabiduría popular que es Foro Coches. Lo argumenta con que siempre se ha llevado mal con cualquier mujer, y lo reafirma con un «son inentendibles las hijas de puta». Por supuesto, encuentra simpatizantes en tal ágora. Otro señor le invita a unirse a su club, en el cual se aguanta solo a las que se portan bien, aunque un tercero puntualiza que pocas habrá que lo hagan. Prefiero no saber qué significa para este señor que una mujer se porte bien, y también prefiero no seguir leyendo porque me están entrando náuseas con comentarios tan colmados de ingenio como «claro, eso es porque son todas unas putas». Puta, el insulto comodín de los misóginos.

Hay en ese foro a quien las entendenderas le llegan algo más allá del inentendimiento del señor número uno y le hace ver que el término mujeritis más bien se referiría a una mujer inflamada. Pero el mismo señor la caga al rematar la frase con un «se dice gorda» que me recuerda el caballo de batalla de la cómica Mara Jiménez. Mara tiene un espacio donde una telefonista predica contra la gordofobia en la empresa ficticia ‘Gente gorda haciendo cosas’, y explica pacientemente a los clientes irritados que cada una debería poder vivir en paz sin recibir una presión constante ya sea su peso de cincuenta, setenta o ciento veinte kilos. Vamos, que se las deje vivir en paz, tan simple como eso. Afortunadamente, Mara no predica en el desierto: solo en su cuenta de Instagram (Croquetamente) tiene más de ciento ochenta y seis mil seguidoras.

Y es que cuando las dos circunstancias se combinan, mujer y kilos, el odio visceral de algunos hombres aumenta exponencialmente, y hay que tener mucha fuerza interior para no dejar que todo ese veneno haga mella en la autoestima. Sobre todo porque no es cosa de unos cuantos, sino que es un odio sistémico, que refuerza su mensaje desde todos los ámbitos y que se crece con los meses estivales. «No sé cómo voy a salir de esta operación… la operación bikini», clama la Madre Whatsapera desde su rincón de Youtube, preguntándose si está rota porque todo el mundo le dice que se arregle. Se hace un escáner corporal y no encuentra nada que no le sobre: las canas, las ojeras, las arrugas, la papada, las tetas caídas, las estrías, los michelines, la celulitis, los pelos… «Como me lo quite todo, desaparezco», se desespera, reflejando muy bien la dictadura del cuerpo en la cultura occidental, igual que ya hiciera Nawal el Saadawial cambiarnos la mirada crítica que tenemos sobre otras culturas en las que ocultan el cabello, pero no viven con ese apremio por mantener un cuerpo absurdamente normativo.

Se burla también la Madre Whatsapera de la moda actual de las curvys, que en la mayoría de los casos no son otra cosa que chicas normales —normales de talla, pero extraordinariamente guapas— contrapuestas a la imagen pública de la mujer delgadísima que tenemos normalizada. «Si esa es curvy, ¿las demás que somos, rotondis?». No hay más que ver la polémica generada en torno a Kate Winslet por negarse a que le retoquen arrugas y kilos en su última serie. Todavía queda mucho para conquistar los derechos más básicos. El derecho a ser quien eres no es solo el de elegir qué sexo quieres tener en tu DNI. También es el de, por ejemplo, no recibir comentarios ofensivos a cuenta de la papada, la celulitis o la barriga cervecera.

Ya cansan esos cánones ridículos. Presentadoras estilizadas frente a unos tipos del montón y que si van con deportivas ya son la pera de modernos, porque ellos sí pueden transgredir las normas sin que se les echen encima. Quiero una presentadora de noticiario que no tenga que saber de equilibrismo en tacones disparatados, que pueda cumplir años y se le noten (no me valen las que se inyectan bótox cada cuatro meses), quiero una actriz en una entrevista sobre su nuevo estreno con camiseta y zapato cómodo y quiero a una corresponsal con sus setenta y ocho kilos bien plantados. Quiero que lo que vemos a través de las pantallas refleje la normalidad que tenemos y merecemos. Porque solo así evitaremos que a una adolescente obesa la humillen por la calle, que una actriz que no se tiñe las canas deje de ser llamada a los castings, que los casos de anorexia sigan creciendo de forma disparatada.

Y por eso es tan importante el humor fresco de Mara Jiménez, de Henar Álvarez, de Susi Caramelo, de Eva Soriano o de Martita de Graná, que se ríe de todo lo ridículo con lo que hasta ahora habíamos comulgado. Es fresco, arranca carcajadas y es increíblemente saludable para la sociedad en la que, al menos a mí, me gustaría vivir. Digan lo que digan algunos carrozas que solo se saben reír de los chistes de putas y suegras.

Compartir el artículo

stats