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Antonio Papell

Nadie dijo que sería fácil

Pedro Sánchez en su conferencia en el Liceu

Pedro Sánchez en su conferencia en el Liceu EFE

El acto celebrado ayer en el Liceo de Barcelona con Pedro Sánchez como único interviniente, en el que el presidente del Gobierno quiso solemnizar los indultos que hoy aprobará el consejo de ministros, permite deducir algunos matices relevantes de la propuesta, que —hay que reconocerlo— son por ahora más inquietantes que estimulantes. A la conferencia, celebrada en el salón emblemático de la alta burguesía catalana, no asistieron los soberanistas democráticos —ni los radicales ni los moderados, ni los republicanos de izquierdas ni los conservadores— y sí dos personajes excéntricos que fueron a vociferar y a deslucir el acto y que tuvieron que ser reducidos. Tampoco hubo representación alguna de la Generalitat, y a las puertas del teatro, en plena Rambla, hubo la escenificación habitual de rechazo a cargo de este tumulto entre ácrata y separatista que en Cataluña maneja con habilidad la desazón del grito amenazante, más ácrata que apasionado, más enrabietado que político.

Sánchez tocó la fibra sensible de los asistentes: Cataluña es parte entrañable de este país y la España democrática tiene que tener gestos que faciliten la recomposición de unas relaciones seriamente dañadas, si no destruidas. A favor de esta idea unitiva y pacífica hay mucha gente en Cataluña (y no solo las elites que asistieron al Liceo) y fuera de ella, pero también hay sectores en contra: el soberanismo, encastillado en sus obsesiones, permanece vigilante para descalificar a los ‘cobardes’ que claudiquen; y en el Estado, no faltan los partidos que quieren alentar la fractura, no tanto por convicción sino porque creen que obtendrán mayor rentabilidad para sí mismos. Da vergüenza que un PP que acaba de conseguir sus peores resultados de la historia en Cataluña esté al frente de las opciones que proponen mantener la ira y el rencor entre Cataluña y el Estado.

La dificultad es, pues, doble. El soberanismo moderado —pongamos a Junqueras como paradigma, aunque solo sea por la famosa carta en que descartaba la unilateralidad— tiene gran dificultad tanto para hacer proselitismo de su moderación cuanto para acabar imponiéndose a las hordas airadas.

Y de otro lado, las fuerzas conservadoras del Parlamento atacan los indultos llegando a calificarlos de «ilegales». Es surrealista que se diga con desparpajo que el Gobierno va a cometer ilegalidades —los indultos— para sacar de ellos rentabilidad política: obtener apoyo para legislar y ganar las próximas elecciones. Es directamente falso —y por lo tanto estamos ante un infundio gravísimo— que los indultos sean ilegales, entre otras razones (dicen) porque contradicen al Supremo y porque los beneficiarios no se han arrepentido. La mentira es tan obvia que no merece la pena rebatirla. La Constitución es bien explícita y concreta, y los antecedentes hablan por sí solos. Por lo demás, la acusación de Casado a Sánchez de que pretende promover un cambio de régimen con los separatistas no solo es mendaz sino también inquietante porque no acaba de entenderse cuál es el propósito de esta siembra de odio inútil en un conflicto tan disolvente para todos.

Ante esta pinza innoble, la soledad de las gentes de buena fe que esté dispuesta a hacer valer la cordura y a no dejarse arrastrar por los extremistas que convierten la disputa en una especie de cruzada es perturbadora. Si Junqueras quiere pasar a la historia como el gran pacificador y como quien ha contribuido a estatuir un nuevo sistema de convivencia entre Cataluña y el Estado español, entre Cataluña y Europa, deberá acostumbrarse a los discursos interesados de quienes le insultarán hasta la extenuación —botifler es la palabra—, le acusarán de cobardía y le instarán al obsceno heroísmo del nacionalismo excluyente.

Nadie dijo que sería fácil. Es seguro que ayer, al acercarse al Liceo, Sánchez era ya plenamente consciente de la gran dificultad que encara. Hay que confiar sin embargo en que la sociedad civil más madura, la que no se deja embaucar ni amedrentar por los radicales, acabará saliendo en apoyo de unas tesis que pretenden que Cataluña vuelva a estar en paz, después de un cúmulo de errores —no todos catalanes— que nos acercado a todos al borde del abismo.

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