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Ignoro a cuál de los miles de genios contratados como asesores por las administraciones públicas se le habrá ocurrido la idea de quitar a los premios nacionales de investigación el nombre que llevaban a título de honra concedida en recuerdo de científicos de gran valía como fueron Santiago Ramón y Cajal, Gregorio Marañón, Ramón Menéndez Pidal o Juan de la Cierva. Por suerte, el ministro de Ciencia, Pedro Duque, ha anunciado una próxima rectificación del disparate aunque, como casi siempre sucede, las explicaciones dadas han sido incluso peores que el error majestuoso de partida. Porque el ministro alega que no se trataba de quitar nombre alguno sino de remodelar los premios que, al cambiar de número e incluso de sentido, tendrán que llamarse de otra forma. Pero si así fuese, carece por completo de sentido quitarles los nombres a unos premios que van a desparecer; el orden lógico para llevar a cabo los cambios es anunciar los nuevos galardones diciendo, de paso, cómo van a llamarse.

Lo que sucede es que la razón última que ha llevado a defenestrar a Menéndez Pidal, Marañón y Ramón y Cajal se intuye de inmediato: son todos ellos hombres mientras que en el caso de la Cierva a su género se le añaden las sospechas de filofranquismo por más que muriese cinco meses después del golpe de Estado contra la República y, encima, en el Reino Unido. Dejemos de lado pues al inventor del autogiro para centrarnos en los otros casos. ¿De verdad tiene sentido proclamar el desprecio ante uno de los pocos premios Nobel de ciencia que ha habido en España? A Ramón y Cajal sólo le acompaña en el galardón Severo Ochoa, quien por otra parte realizó toda su carrera científica en los Estados Unidos.

Está claro que existen mujeres científicas con méritos sobrados para llegar a lo más alto —como Margarita Salas, por dar un solo ejemplo— y dar su nombre a los premios de prestigio. De las humanidades, ya ni hablemos. Pero respecto de Ramón y Cajal, Marañón —figura emblemática en la conjunción de medicina y humanidades—, o Menéndez Pidal —cumbre de la filología en nuestro país— ¿qué culpa tienen por la falta de oportunidades que impidieron en su época a las mujeres españolas de talento desarrollarlo en igualdad de condiciones con los hombres? Por culpa del lío en el que se ha metido el ministerio de Ciencia existe ya una considerable expectación por los nombres que llevarán los nuevos premios, aumentada aún más por el adelanto hecho por el ministro de que habrá en ellos mujeres y hombres. Lo que no se sabe es si tendremos premios suficientes para honrar a tantos candidatos, y eso limitándonos a los científicos españoles porque, añadiendo a las mujeres notables de fuera, estaríamos obligados a comenzar por Madame Curie. Y si hay que acordarse de los Nobel españoles de literatura y sus equivalentes femeninos, entonces harán falta premios para llenar todos los ministerios.

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