DTO ANUAL 25,99€/año

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Amparo Zacarés

Amparo Zacarés

Instituto Universitario de Estudios Feministas y de Género Purificación Escribano. Universitat Jaume I

Antes y después

Un producto televisivo se mantiene en parrilla solo si su éxito le reporta beneficios económicos a la cadena que lo emite. Esto es, en esencia, lo que ha sucedido con la docuserie sobre Rocío Carrasco. Baste recordar de dónde viene el mensaje o, mejor aún, preguntarse quién va a sacar alguna ventaja. Es la fórmula del ‘cui prodest’ que dejó escrito Séneca en la tragedia Medea. De hecho, cuestionarse a qué o a quién beneficia es la mejor brújula para descubrir ciertos intereses que se enmascaran bajo el manto de supuestos idealismos o altruismos.

Pero esta obviedad no impide abordar el impacto que la emisión de este programa ha tenido en dar visibilidad a un problema social como es el de la violencia de género. Al principio, las reticencias y críticas se centraron en el mismo formato utilizado, olvidando que la televisión es un medio de comunicación que puede llegar a muchas personas, aunque vivan en lugares lejanos y recónditos. Y olvidando también que fue un programa de televisión el que marcó un antes y después en la manera de informar y de entender las agresiones hacia las mujeres.

Fue en 1997, en un programa de media tarde de Canal Sur, cuando la gente vio por primera vez cómo una mujer normal, un ama de casa educada y bien arreglada, contaba los malos tratos físicos que recibió durante cuarenta años. Se trataba de Ana Orantes y solo trece días después de que relatara en aquel programa de televisión las humillaciones y palizas que había recibido, fue asesinada por su marido, quemada viva a la puerta de la casa en la que convivían.

La repercusión mediática fue inmediata nada más se conocieron las circunstancias violentas de aquel asesinato que se produjo el 17 de diciembre de 1997. Con ella, estos crímenes dejaron de considerarse casos aislados y pasaron a entenderse como un fenómeno cultural y estructural que podía afectar a cualquier mujer y a cualquier familia de cualquier condición social. No hay que perder de vista que unos años antes, en 1995, la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer en Pekín difundió el concepto de violencia de género como la violencia física, psíquica y sexual que reciben las mujeres por el solo hecho de serlo. Y que, en 1996, la Organización Mundial de la Salud había declarado la violencia que se ejerce sobre ellas como un problema de Estado y de salud pública que atenta contra el bienestar de la sociedad entera.

Desde entonces ha pasado mucho tiempo, pero la opinión generalizada aún sigue localizando erróneamente este tipo específico de violencia en la violencia física que padecen las mujeres adultas de pocos recursos económicos y de esferas desprotegidas socialmente, cuando en realidad la sufren mujeres de todas las edades, de todas las profesiones y de todas las culturas. Con todo, el asesinato de Ana Orantes destapó el tipo de violencia física que podía sufrir una mujer a diario por su condición de mujer y supuso un punto de inflexión importante. Quedaba por venir otro momento en el que los medios de comunicación informaran de la violencia psíquica y la presión moral que afecta también a todas las mujeres, pero que concurre más en quienes proceden de niveles culturales y sociales con mayores recursos económicos.

Este tipo de violencia psicológica es más difícil de probar que una paliza porque las palabras y los gestos despreciativos hieren sin dejar rastro. Se trata de un tipo de violencia que consiste en desestabilizar moralmente a la mujer, minar su autoestima y hacerle dudar de sí misma. A menudo, el maltratador rechaza la comunicación con la mujer a través de miradas y gestos despectivos, le prohíbe que vea y hable con personas determinadas, la aísla y cuestiona sus decisiones, le asigna tareas degradantes, le controla las salidas de casa, le insulta, le hace parecer estúpida, da a entender que tiene problemas mentales, ridiculiza sus opiniones, le humilla en público, le limita y se mofa de su físico, de su voz y de su manera de vestir. En suma, la trata como si no existiera.

En este sentido, el testimonio de Rocío Carrasco ha dejado al descubierto un tipo de violencia que se sustenta en insinuaciones hostiles y amenazas en forma de coerciones directas o indirectas y a la que ha contribuido, en su caso, la llamada prensa del corazón. Una prensa analfabeta en cuanto a cuestiones de violencia de género y que quizás ahora se plantee salir de su ignorancia para seguir las recomendaciones que exigen las buenas prácticas periodísticas en esta materia.

Compartir el artículo

stats