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Matías Vallés

Felipe González contra el PSOE

Sánchez exaspera a sus enemigos hasta el punto de promover reacciones inusitadas, Casado con alfanje o su predecesor en jet privado

Felipe González.

Felipe González.

Pedro Sánchez exaspera a sus enemigos hasta el punto de promover las reacciones más inusitadas. Ahí está Pablo Casado desenfundando un alfanje en coalición con Marruecos, o Felipe González renegando del PSOE que fundó en su actual encarnación. Todas las personas que han olvidado la última vez que volaron en un avión comercial en vez de un jet privado experimentan la sensación de que no han cambiado ellos, sino que les ha traicionado su entorno.

Ante cualquier encrucijada nacional, se aguarda con interés la opinión de González, el promotor de Susana Díaz como presidenta del Gobierno de España. Con este precedente, basta con emprender el camino contrario al propuesto por el expresidente para garantizarse el acierto. El padre del felipismo ni siquiera opera bajo el prisma ideológico, se limita a expresarse con los prejuicios de la edad contra cualquier socialista que cometa la impertinencia de ganar unas elecciones y acomodarse en La Moncloa.

Algo falto de reflejos, González tardó casi un día entero en apearse del jet privado para contraprogramar las declaraciones de Sánchez a favor de un indulto de los políticos catalanes presos. El patriarca denunció que los condenados a perdonar no habían reconocido su culpa ni expresado su arrepentimiento, una exigencia chocante en quien acompañó a su ministro José Barrionuevo hasta las puertas de la cárcel de Guadalajara con fotógrafos, para fundirse en un abrazo emocionado pero quedándose fuera del presidio. Es difícil poner mayor énfasis en la defensa del secuestrador de un ciudadano anónimo confundido con un etarra.

La condena en aquel caso GAL también emanaba del Supremo, con la particularidad de que la nómina del tribunal condenador incluía a sobresalientes jueces progresistas, sin correlato en una plantilla actual ultraconservadora según demuestra el escrito digno de un tertuliano mediano con el que se oponen a los indultos. Incluso las penas rimaban, en torno a los diez años de prisión en ambos procesos. De acuerdo con el equilibrado González, la misma institución se equivoca con el terrorismo de Estado de los GAL que incluye asesinatos, pero acierta de pleno al etiquetar a los sediciosos de un procés que se saldó sin un rasguño. Excepción hecha de centenares de votantes malheridos, según la instrucción avalada por la Audiencia de Barcelona. Claro que el criterio de esta instancia no debe ser tomado por lo visto en consideración, porque su sola adscripción geográfica ya evoca aromas sediciosos.

En la histeria bipolar de la política española, el golpe de Tejero o el secuestro de un ciudadano sin vinculación alguna con el terrorismo son apenas incidentes, frente a la insolencia criminal de un Jordi Cuixart al que cuesta encontrar otro delito que su condición de iluminado. Esta comparación desquiciada viene acuñada por los mismos medios de la derecha que consideraron al GAL como el crimen de todos los crímenes. Los emplearon como palanca para liquidar a González y a Guerra, que ahora comulgan con sus supuestos.

¿Qué gobernante español hubiera compartido la tesis de Sánchez de indultar a los políticos del procés para neutralizarlos, y para mejorar la malherida conllevancia con Cataluña? Sin duda, Adolfo Suárez, en aplicación de la misma doctrina que le impulsó a la legalización no reglada del Partido Comunista que antes había negado, o a la restauración claramente ilegal de la Generalitat con Josep Tarradellas. Aquel país era más generoso, dan ganas de añadir que era más inteligente. El político más progresista de la transición no solo era de derechas, sino que atesoraba un currículum franquista. Admitamos que las voladuras se llevan mejor a cabo desde dentro, véase la callada labor de demolición a cargo de Joe Biden por no remontarse a Gorbachov.

Al margen de criticar el mismo indulto que celebró cuando le fue concedido por Aznar a Vera y Barrionuevo sin admisión de culpa, sostiene asimismo González que no se siente representado por los partidos actuales. Cabe consignar que entre la sopa de siglas se halla su muy celebrada creación. Por lo tanto, el expresidente también milita ahora contra el PSOE como Joaquín Leguina, otro valiente que cambió meridianamente su desafío a Sánchez en cuanto se le amenazó con una expulsión que debería desear con vehemencia de novicio ante el martirio.

Debería ser una excelente noticia que el González actual no se identifique con el magma que prueba el Congreso, aunque Ciudadanos no parece una opción indigna de las inquietudes que expone. En todo caso, queda demostrado que las formaciones no proponen un programa cinco estrellas, para uso exclusivo de magnates latinoamericanos que llaman utilitario a su jet privado. Es difícil calcular el daño que el primer presidente socialista de la transición puede infligirle a Sánchez, pero es muy posible que vapulear a su predecesor fuera otra jugada de éxito del primer ministro actual.

El Supremo ha suministrado munición a los felipistas, pero dicho Tribunal ha sido desacreditado en tan numerosas ocasiones por instancias europeas respecto del procés, que produce cierto rubor enarbolarlo como garante de una interpretación ajustada. Rebuscando en los ecos de su informe de indulto, los seis magistrados se refugian en el veredicto benévolo de Amnistía Internacional sobre su sentencia, a falta de un pronunciamiento en paralelo de Greenpeace.

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