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Me salvó la vida un negro

Hace ya algunos años, en el primer instituto en el que di clases, un niño me dio una lección que me ha acompañado hasta ahora. El niño era de origen africano y yo, un día, para dirigirme a él –pensando que de esa forma estaba siendo respetuosa– le llamé «persona de color». El chiquillo, que tenía doce años, me miró y me dijo «Seño, ¿de color? ¿Entonces tú eres incolora o qué? Porque yo soy negro». Pueden imaginarse la cara que se me quedó. Pasé lo que restaba de clase deshaciéndome en disculpas. Me remonto a este recuerdo porque el viernes, cuando contaba que a mediodía me había salvado la vida un negro, la gente con la que hablaba me saltó a la yugular. «¿Cómo que negro?». «¿Será inmigrante?». «Tía, di africano o de color, no sé, pero negro». Yo me sentí mal, así que les conté la anécdota con la que abro este artículo. Creo que las palabras no son buenas o malas –algunas– sino es la intención del hablante lo que hace que tengan un matiz u otro. En este caso, para mí ese hombre era un héroe, ya que mientras yo iba caminando por la acera abstraída en el móvil y ajena a lo que pasaba a mi alrededor, él me agarró del brazo a la vez que gritaba «señora» en un castellano afrancesado para evitar que el coche que salía de un garaje con bastante prisa me llevara por delante. En esta ocasión también me deshice en disculpas. Qué cosas, llevo medio año escuchando a la gente quejarse de los inmigrantes porque vienen a quitarnos el trabajo, a contagiarnos el coronavirus, a beneficiarse de las ayudas económicas y hasta a «islamizarnos» –he oído decir–, y resulta que si no fuese por ese señor negro, inmigrante y probablemente musulmán, yo podría estar ahora con unos cuantos huesos rotos o a unos cuantos metros bajo tierra. Y ustedes dirán que por qué les cuento todo esto. Lo hago porque es importante ensalzar las bondades de los seres humanos, que a fin de cuentas es lo que somos cada uno de nosotros, vengamos de aquí o de allá. Porque no sabemos quién puede ser nuestro ángel de la guarda y si nos veremos debiéndole la vida a aquel al que rechazábamos. Porque no creo que lo importante esté en usar la palabra ‘negro’ sino en el significado que para cada uno de nosotros tenga ese término y porque no nos define lo que decimos, sino lo que hacemos. A mí me salvó la vida un negro y le estaré eternamente agradecida, igual que al niño de doce años que me enseñó que no hay palabra mal dicha sino mal entendida.

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