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Pilar Galan

Lecciones de buceo

Se nota una textura de cieno en esta campaña de Madrid que viene durando ya muchos meses. Antes de su comienzo oficial, ya estábamos hartos de recibir mensajes electoralistas de unos y otros, y ahora que quedan unos días parece que llevamos años de enfrentamientos y puestas en escena más cercanas al vodevil que a la tragicomedia.

Si ha sido un ensayo para las elecciones generales, mal hemos empezado. No quiero pensar cuando las provocaciones y los malos modos salgan del centro y se expandan por todos los rincones del país, como un limo venenoso. De quienes aspiran a representarnos cabría esperar al menos cierta educación, una forma de estar, la apariencia de que van a cumplir las promesas que lanzan en los mítines.

Pero en esta campaña ya nos vienen mostrando en público lo que antes se ocultaba en privado: que del espíritu de concordia y respeto mejor ni se habla y que todo vale con tal de conservar o arañar un puesto. No todos son iguales, claro, ni mucho menos, en este teatrillo de vanidades y trampantojos.

Hay quienes van mucho más allá de los límites de la abyección, reflejados en ese cartel que enfrenta a los menas con los ancianos, como si contraponer a los débiles tuviera otro sentido que reforzar a los poderosos.

En campaña todo vale, hasta falsear los datos y utilizar como carnaza a los menores que llegan a nuestras costas. Hay que ser muy desalmado para estigmatizar a los niños que dejan atrás la miseria, y hay que saber muy poca historia para olvidarse de que nuestro bienestar se cimenta en la hambruna de tantos pueblos.

La culpa siempre es de los de fuera (esas lecciones de historia las tienen bien aprendidas), y quien grita más tiene razón, otra de las estrategias de comunicación que han aprendido de oficio.

Si además de estos carteles, nos da por acordarnos de los sobres con balas, de la negación de la existencia de estos, del baile de datos de la pandemia… lo de menos es que haya o no debates. Para debatir se necesitan educación, respeto y la aceptación de unas normas de convivencia bastante simples: tú hablas, yo escucho, argumento y vuelvo a escuchar de nuevo.

Al menos nos han evitado el espectáculo de sus malas formas, pero nos han privado de escuchar cómo se defiende lo indefendible. Si esta va a ser la tónica de las elecciones futuras, vamos a tener que aprender a bucear en el fango.

La recompensa puede ser encontrar una perla o no; sea como sea, habrá que subir a la superficie, tomar aire y, a pesar de la falta de oxígeno y la asfixia, de la podredumbre y el lodo, sumergirse de nuevo para no caer en el desánimo.

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