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Pilar Ruiz Costa

Una ibicenca fuera de Ibiza

Pilar Ruiz Costa

Pum pum

Caían los últimos granos del reloj de arena del 99 cuando mi inminente ex y yo decidimos dejar el mundo conocido para marcharnos a vivir al Caribe. Aún nos cortaba la respiración casi haber perdido a nuestro hijo pequeño. Ese relato imposible de unas puertas de UCI que se cierran y dejarlo allí para marcharte a casa. Como si hubiera casa sin la mano de tu hijo diciéndote hola al llegar. Tanto tiempo en aquel hospital que, para cuando le dieron el alta, había olvidado su casa. Y su cuarto. Y su cama. De aquellos días de tratar de convencernos que todo había quedado atrás, me recuerdo mirando por la ventana, embobada, los cochazos que pasaban de largo en dirección a Son Vida. Mi hija, embobada, miraba a mi lado. Las dos en silencio hasta que, de pronto, dijo: «Son todos nuevos». Como si fuera el único comentario que tuviera cabida. Y asentí, porque era verdad que todos los coches rumbo al barrio rico por excelencia lucían impolutos. Y eso fue. Ahí evidencié mi incapacidad de adaptación al mundo de antes; al trabajo de antes; a las compañeras que se excusaban porque no habían tenido tiempo de pasar una tarde por el hospital, una, una, o llamar para preguntarme cómo estoy. La vida es así. Te vas liando. O las llamadas de mi madre contándome cotilleos de alguna vecina que me importaban tan poco como siempre, pero a los que ahora era incapaz de seguir el hilo. O las conversaciones con amigos entusiasmados, por ejemplo, con un televisor en seis plazos sin intereses con equipo dolby surround. Pero que mi mundo había quedado irremediablemente separado del resto al cerrarse una puerta de UCI, lo notaba solo yo y no veía el momento ni el motivo de interrumpir aquellos monólogos para comentar algo que, reconozcamos, tampoco habrían entendido. En cambio, mi hija, sufría mi mismo mal. Se notaba desde el silencio de un cuerpo que mira por la ventana.

Por favor, no me malinterpreten. No es que maldijera mi suerte o deseara a los demás una sola hora de mi vida, ni que me parecieran frívolos los asuntos que copaban sus soliloquios que, además, trataban de buena fe de asirme los pies a tierra. La culpa era mía, que había olvidado la tierra. Las ruedas de la vida girando y girando para cada uno a su ritmo y velocidad y la mía que descarriló de tal forma que salté por los aires y decidí quedarme a vivir allí, en lo alto de un árbol. Con vistas formidables a aquel mundo viejo que reconocía, pero ya no era el mío. Y siendo justos, mis conocidos y sus Telefunken también lidiaban con sus propios fantasmas. Porque los más jóvenes no recordarán aquel 1999, ni el 2000, ¡una época terrible!, en la que los terrícolas temblaban ante el inminente colapso de un mundo dependiente de los sistemas informáticos. Los programadores trabajaron con cálculos de años con solo dos dígitos en vez de cuatro sin sospechar que, algún día, esa incapacidad de apuntar fechas posteriores a un ‘99’, los sistemas y sus ‘00’ nos devolverían —informáticamente hablando — a 1900.

Los gobiernos invirtieron cantidades millonarias tratando de amortiguar los pronósticos apocalípticos: bancos, aerolíneas, bolsas, hospitales o sistemas eléctricos podrían dejar de funcionar en la transición al nuevo milenio. Qué les voy a contar de la incertidumbre de enfrentar una crisis global provocada por algo nunca vivido…

Y aunque a trompicones, el engranaje de las ruedas de la vida y su ‘00’ siguió dando vueltas. Apenas anécdotas: las transmisiones de los satélites espías de los sistemas de inteligencia y defensa en el Pentágono recibieron codificación indescifrable; en Dinamarca, el sistema de un hospital registró al primer bebé del 2000 nacido con 100 años; las nóminas del personal de la Ópera de Berlín eliminaron los subsidios gubernamentales por hijos menores al calcular que estos tenían más de 90 años; un vendedor descubrió que su cuenta bancaria había pasado a 1899 y su saldo se había incrementado en 12 millones de marcos; en Pensilvania, el ordenador de la biblioteca de una escuela primaria facturó a sus estudiantes por los préstamos de libros durante cien años; Corea del Sur convocó a 170 personas a los tribunales en fecha 4 de enero de 1900; un hombre recibió una factura de 91.250 dólares de un vídeo club de Nueva York por no haber devuelto una película en un siglo y mi futuro ex se convirtió en mi ex, e incluso eso… a mí me dio lo mismo. Las prioridades que, cuando caes, se te ponen panza arriba. Mi hijo estaba ya en su nueva escuela, sin puertas ni ventanas, con los techos de palma porque, total, los ciclones arrancan todo una vez al año. Y vuelta a empezar de nuevo… ¡Vaya paradoja en un mundo empeñado en aferrarse a cosas! Siendo todo tan voluble y tan frágil, ¡cómo no querer comprar olvido si lo financia El Corte Inglés! Y eso fue. Ahí evidencié que mi lugar en el mundo no es un lugar y si acaso tengo alguna pertenencia… tiene la forma de una mano que te saluda a lo lejos, de un corazón chiquitito que hace pum pum.

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