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JOrge Dezcallar

Historias de protocolo

Vivir en comunidad exige normas que eviten conflictos y de eso se ocupa también el protocolo. Estos días un fallo de protocolo hizo que Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, no tuviera el asiento que le correspondía al mismo nivel que Charles Michel, presidente del Consejo, cuando les recibió el presidente turco Erdogan. Algo falló y Michel debería haber rechazado el asiento si no le daban otro igual a ella. No creo que lo hiciera por machismo sino que dada la vieja pugna por la preeminencia entre el Consejo y la Comisión, Charles debió pensar que lo ocurrido colocaba en su lugar a Ursula y no valoró el impacto mediático tan negativo que su acción iba a tener y del que por eso es también culpable.

Mi amigo Carlos Miranda me ha contado que cuando el Cardenal Infante don Fernando, hermano de Felipe IV, viajó a Milán, entonces posesión española, pasó por el ducado de Saboya donde el duque, como muestra de respeto, le recibió en una habitación donde solamente había un sillón para el ilustre visitante. Don Fernando se negó a aceptarlo hasta que no trajeran otro igual para su anfitrión. Y eso es lo que hubiera debido hacer Charles Michel, que careció del señorío y del saber hacer del Cardenal-Infante.

Estas cuestiones de protocolo han dado lugar a muchos quebraderos de cabeza a lo largo de la historia y en el siglo XVIII hubo un grave incidente en Londres cuando los embajadores de España y de Francia se negaron a cederse mutuamente el paso ante una puerta angosta, por entender que ninguna Nación podía ceder ante la otra. Algo parecido ocurrió durante la Conferencia de Paz de Oriente Medio de Madrid en 1991. Israel se oponía a que participara Palestina con una delegación independiente y hubo que hacer una delegación conjunta jordano-palestina en la que ambas partes tenían el mismo rango, lo cual creó situaciones chuscas cuando la estrechez de la puerta de la verja del palacio de Oriente impedía pasar a la vez a los coches que llevaban a los jefes de ambas delegaciones, o cuando don Juan Carlos no podía darles la mano al mismo tiempo a ambos... No es broma. Hizo falta mucho tacto para que algunos no aprovecharan estos incidentes como excusa para hacer naufragar la conferencia antes de que empezara.

Muchos años antes, el conde de Olivares, que fue predecesor mío como embajador ante la Santa Sede, tuvo la ocurrencia de llamar al servicio de su residencia agitando una campanilla. El embajador de Francia se quejó ante el Papa alegando que era exclusivo privilegio papal llamar así a los criados. Juro que no me lo invento, son cosas del siglo XVII. El Sumo Pontífice llamó entonces la atención de Olivares y éste obedeció al tiempo que ordenaba instalar una culebrina en la azotea del Palazzo di Spagna, y cuando quería una taza de chocolate hacía disparar un cañonazo que aterrorizaba a los vecinos. Los españoles de entonces eran tan arrogantes como los americanos ahora. Huelga decir que tras varios sobresaltos el Papa le dio permiso para usar la campanilla y que todavía hoy, en recuerdo del acontecimiento, hay una en la residencia romana del embajador de España que se supone que solo él puede tocar.

Carmen Posadas contaba recientemente que Dame Eleanor Laing, vicepresidente de la Cámara de los Comunes, llamó la atención al representante de Stoke-on-Trent North cuando este se presentó con un jersey rojo en una reunión virtual con miembros de la Cámara. El honorable señor Gullis no replicó y se puso inmediatamente una chaqueta antes de volver a aparecer en la pantalla para hacer uso de la palabra. The Times comentaba el hecho reconociendo que no hay un código de vestimenta en Westminster pero que «se sobreentiende» que los hombres deben usar chaqueta, y la señora Laing matizaba que «no es cuestión de etiqueta sino de respeto a las instituciones y a quienes las representan». Qué envidia. En nuestro Congreso algunas señorías la llamarían «fascista» porque les falta la educación necesaria para comprender que el respeto a los demás y a las instituciones que nos representan a todos es algo muy importante. Se llama civilización.

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