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Las crónicas de Don Florentino | La historia de Juan y Carlos

Juan Pérez y Carlos García. Nacieron el mismo mes, vivieron en el mismo edificio, fueron al mismo colegio y al mismo instituto.

Solo una diferencia. A Juan le gustaba estudiar. A Carlos le iba lo social.

Juan tenía pocos amigos, pero firmes, entre los que se encontraba Carlos, o al menos así lo creía. Carlos… tenía centenares de conocidos.

Entre los 16 y 18 años Juan apenas pisó la calle: tenía que sacer media para estudiar Medicina, su gran anhelo. Mientras, Carlos no salía de los pubs y las discos de moda en aquel tiempo. Sus notas eran pésimas, pero eso nada le importaba.

Juan logró ingresa en la carrera de Medicina, donde estudiaba como un poseso; Carlos se matriculó en Derecho, luego en Empresariales, luego en Ciencias Políticas, luego en…

“Tú donde realmente estás matriculado es en la noche”, le decía el pelirrojo, uno de sus amiguetes.

Durante seis años Juan estudió y Carlos se divirtió. Haciendo uso de su libertad. Sencillamente. Uno de los centenares de conocidos de Carlos, “el pelirrojo”, le insinuó a Carlos el día que cumplía veinte años, entre chupitos de tequila: “Tú te tienes que afiliar al partido. Necesitamos gente como tú”.

Y Carlos lo hizo. Y participó en aquellas pegadas de carteles tan emocionantes. Y en mil y una reuniones que acababan en fiestas y desvaríos. Al poco lo introdujeron en una cosa llamada “Comisión programática” que él no sabía bien lo que significaba, pero le dieron unas tarjetas con el logotipo del partido y total, solo tenía que asistir a una aburrida reunión una vez al mes.

A los veinticinco años Juan pasó un año entero preparando el MIR, estudiando más de ocho horas diarias, sin domingos ni festivos. Carlos seguía cerrando bares, pero eso sí, sumando a su agenda a millares de conocidos, de todo tipo y condición.

Juan logró una plaza de Residente en Madrid, donde pasó cuatro años, trabajando más de sesenta horas a la semana y ganando apenas 1300 euros. Aprendiendo. Mientras Carlos se encontró en un dilema, por primera vez: ─Tengo veintisiete años y no sé qué hacer con mi vida.

─ ¿Qué sabes hacer?

─ En realidad… asistir a las reuniones de partido cada mes. Y salir.

El pelirrojo le miró con cierta ternura, desde sus cincuenta años y su biografía tan similar:

─ El partido no deja colgado a nadie.

Y así fue. Carlos ingresó en el ayuntamiento de su ciudad, como asesor del concejal de Fiestas, quizá el único puesto que desarrolló en su vida política con cierta proporción a su preparación. Después fue promovido a las listas autonómicas, donde obtuvo un escaño en el Parlamento valenciano. Allí destacó por su disciplina y por la cerrada defensa de los postulados que emergían de la dirección de su partido. Y su currículum creció: Al “ha realizado estudios de Derecho, Empresariales y Ciencias políticas” se añadió un “Máster en Gestión de Administraciones Públicas” que cursó a distancia en una Universidad de un país poco conocido por la brillantez de su enseñanza superior.

Un día marca la vida política de Carlos: Su partido le encomendó que defendiera un proyecto de ley en el parlamento sobre violencia de género. Un diputado de un grupo contrario subió al estrado tras él y le demostró que aquellos argumentos esgrimidos hoy eran exactamente contrarios a los que su partido había defendido solo doce meses antes, cuando estaba en el gobierno. Su respuesta fue antológica:

─ Como su señoría sabe muy bien, el deterioro generado por su partido en un solo año nos obliga a modificar dolorosamente nuestras posiciones en pro del interés de todos los ciudadanos y ciudadanas.

El pateo de sus contrarios fue acallado por una ovación cerrada de sus compañeros. Carlos no sabía muy bien el alcance de aquello, solo que había aplicado una de aquellas “morcillas” que le comentaron los más veteranos de su partido para salir de un apuro.

Juan acabó su especialidad y lo contrataron en un hospital cercano: 2500 euros mensuales más guardias, de las que estaba obligado a hacer una a la semana.

La carrera de Carlos se disparó por la polémica. Las redes sociales le atizaban tanto como lo ensalzaban, y él en la polémica se crecía. Cada vez que agredía verbalmente a algún contrincante sus “me gusta” ascendían como un geiser de niebla. De ahí escaló al parlamente nacional y en tres años fue nombrado ministro.

─ ¿De qué, señor presidente?

─ Eso es irrelevante, querido Carlos. Personas como tú son las necesarias para este gobierno y este país. Con capacidad de gestión para casi todo.

Carlos asintió, al ver reconocidos, por fin, sus méritos.

Entre las llamadas de felicitación al nuevo ministro no faltó la de su amigo Juan, que encabezó con un ritual y alegre: “A las órdenes del nuevo ministro de Sanidad”.

Cuando colgó, el flamante ministro no pudo evitar un último pensamiento: “Pobre pringao”.

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