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José Carlos Llop

Errar es humano…

… y rectificar, de sabios. Me dicen que lady Hamilton nunca pisó Menorca y que su amante, el almirante Nelson, sólo fondeó en Port Mahon en una ocasión. O sea, que hace quince días, poseído por un arrebato anglófilo y sentimental, me dejé llevar por la leyenda, que a mi edad es otra forma de equivocarse, aunque más gustosa que otras y sin malas consecuencias para nadie. Lord Nelson arribó al puerto de Menorca en 1799, esto es cierto, y cuenta esa leyenda que regresó dos veces más, ambas acompañado por Emma Hamilton. Estando de visita en la isla, alguien me señaló incluso ‘Ca’n Nelson’ –‘The Golden Farm’– como la casa donde ambos habían vivido y era una casona de planta cuadrada, pintada de rojo oscuro con vistas sobre el puerto. Lo de gobernador debió de ser aportación, digamos, imaginativa, llevado por la pasión que Lady Hamilton y Lord Nelson se profesaron. Dicho está. Porque entre tanto almirantazgo y tanto XVIII, no pude añadir a mi artículo de hace dos semanas, otro asunto que también atañe a la voluntad depuradora de algunos munícipes. A ver si meditamos todos, que nunca es malo y proporciona, además, cierta paz interior.

Me refiero a la calle de Gabriel Rabassa, que ha sido indultada tras el lógico espasmo de la conciencia palmesana que, visto lo visto, todavía existe. A Gabriel Rabassa lo conocí hace muchos años, yo tenía dieciocho. De hecho, si mi relación con una de sus hijas hubiese llegado a mejor puerto, Gabriel Rabassa habría sido mi suegro. Guardo un recuerdo excelente de él, de Alicia su mujer, y de todas sus hijas; a sus hijos no llegué a conocerlos. Gabriel Rabassa era un hombre bueno –un santo varón, se decía entonces–, culto, padre de familia numerosa y cuya biblioteca –clásicos y cultura mallorquina– era la de alguien civilizado y con una rica vida interior. ¿Se merecía por eso una calle? Supongo que no, pues no siempre está lo público para honrar la memoria de personas ejemplares y han existido y existen muchas personas de vida ejemplar que nunca tendrán calle a su nombre. Pero Gabriel Rabassa fue el impulsor de la renovación de l’Estudi General Lulià (que sería el embrión de la posteriormente nueva UIB), fundó la Escuela de Hostelería de Balears, defendió el patrimonio cultural de Mallorca y creó l’Associació d’Amics dels Molins, consiguiendo dinero de aquí y de allá para restaurar muchos de ellos que ahora, sin él, habrían sido ruinas, o un chalet. Por todo esto, supongo, bautizaron hace diez años una calle con su nombre y se la quitaron ahora durante unos días –la intención era para siempre– los que poco deben saber del pasado ciudadano. Conociéndole como le conocí, estoy seguro de que Gabriel Rabassa hizo más cosas públicas y buenas y no las sé. Pero cuando tenía veinte años, vistió camisa azul. Se apuntó a Falange e hizo la guerra en un lado como otros la hicieron en el de enfrente. No fue de los que cometieron tropelías y vilezas; sólo contemporáneo de su tiempo, como tantos que estuvieron a un lado de las trincheras y no al otro. Aquí hubo bastantes que vistieron esa camisa y varios de ellos fueron, después, hombres públicos y tienen calle a su nombre. No se la quitarán, como se ha intentado con Gabriel. Habrá que pensar que por ser un hombre bueno, cosa que hoy día no cotiza nada.

A veces errar también es un disparate digno de los Hermanos Marx, si no estuviera en juego lo que está. Pensemos en el ‘Asunto Astra-Zeneca’. Que si estupenda, que si no tan buena, que si hay que detener la vacunación, que si ahora de 60 a 65, que si después ampliamos hasta 69 y ahora pensamos en llegar a los 75. Y antes, sólo hasta los 60. Que si una comunidad autónoma la prohíbe durante dos días; que si otra dice que es bonísima, siempre y cuando no se administre a los –y sobre todo, las– jóvenes. Que si hay que comprar la Sputnik y arrojarse en brazos de Putin como Stephen Vizinczey en los de la mujer madura. Que si muchos franceses se niegan a vacunarse con ella y el gobierno opta ahora por Pzifer y Moderna; que si los italianos tampoco están muy por la labor, que si los británicos –sus creadores y divulgadores– la suspenden para los jóvenes, y los alemanes, con Merckel al frente, hace semanas que han dicho que nanay. Que si sí, que si no, pero aquí los de 60 años a 69 –y quizá hasta 75– p’alante con la Astra-Zeneca al mismo tiempo que –curiosamente– se plantea que los ya vacunados con la primera dosis de AZ reciban la segunda de otra vacuna distinta (algo que la OMS, de momento, desaconseja vivamente). ¿Pero no habíamos quedado que la Astra-Zeneca era la de método tradicional y las demás, tan novedosas, incompatibles con la primera? Como diría Rajoy: «esto es un lío». O en expresión del sofisticado Maduro: Rajooyyyyyyyyyy! Y no ganamos para líos.

Mientras tanto en Suiza puedes elegir la vacuna con la que el Estado te ha de vacunar. Vacunación a la carta, como en Estados Unidos, donde la compras tú en un supermercado. Y todos queremos ser vacunados, no malinterpreten; hablamos de eficacia y resultados. Pero respecto al discurso oficial instaurado –y repetido por tantos con el cerebro aparcado en el telediario– la tesis es apabullante: nada son los nimios y muy escasos riesgos –nada si no te tocan a ti, claro– frente a sus ventajas, al inmunizarnos del covid. ¿Totalmente? Bueno, con Astra-Zeneca sólo un 76%. Lo que quiere decir que será algo menos. Pero en fin: pasen los de 60 a 69 años y vayan quitándose la camisa con resignación. Igualito que en el cuartel. Y no lo duden, la mayor parte de los que defienden la Astra-Zeneca para todos, están vacunados con Pfizer. Sigamos, pues, con la improvisación, la ocurrencia, el usar lo que tengamos, por defectuoso que sea, y los comités de expertos, que tanto nos ayudan y sirven para todo: desde rebautizar calles caprichosamente hasta decidir las edades de vacunación y lo inoculado a cada cual.

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