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¿Cuándo desaparecerá la especie humana? La respuesta más evidente, cuando no quede ya ningún Homo sapiens, no es la más cierta. Aun estando viva una última persona la especie habría desaparecido ya si se trata de un hombre o de una mujer no embarazada. Incluso antes, porque podrían quedar centenares de personas aisladas en lugares a los que no se pudiese acercar ningún otro congénere. Pero lo que parece más probable es que en realidad desaparezca porque nuestra especie se convierta en otra, como les sucedió a nuestros ancestros de hace medio millón de años, los llamados Homo erectus. Cuando ya no quedaba ninguno, en el planeta existían otras dos especies humanas, los neandertales y nosotros mismos.

Un profesor de filosofía de la ciencia de la universidad a distancia por antonomasia, la UNED, Jesús Zamora, recopila en un libro recién aparecido las numerosas propuestas apocalípticas que se han realizado en los últimos dos milenios. Es probable que antes de ese tiempo hubiese más pero apenas nos constan. Se ve que la vocación de proclamar el fin del mundo —identificado siempre, faltaría más, con el final de nuestra especie— va de la mano de la existencia de un público lo bastante numeroso como para que la amenaza tenga fuerza suficiente. Por lo general identificamos a los profetas que nos advierten del apocalipsis con personajes no demasiado pulcros, tirando a estrafalarios, que vocean el fin de los tiempos desde la atalaya de una caja en cualquier calle céntrica —a poder ser de Nueva York— o con una pancarta que brinda el mensaje a quien lo quiera leer en la acera que bordea la Casa Blanca. Pero los verdaderos profetas, casi por definición, son los que advierten de la catástrofe por medio de libros que pueden ser consultados. Y son ésos los que permiten calibrar mejor lo equivocado de sus predicciones cuando llega el día del fin del mundo —corregiéndolo de manera adecuada con arreglo a los cambios del calendario—, tarea a la que se dedica el ensayo del profesor Zamora.

Aventura éste en una entrevista su propio pronóstico, optimista donde lo haya. Somos tantos que es improbable que desaparezcamos todos incluso si es la enorme sobrepoblación humana la que pone en peligro los recursos del planeta, argumento preferido de los apocalípticos postmodernos. Pero me temo que el optimismo tiene sus límites incluso dado la razón al azote de los profetas. Decir que la especie humana desaparecerá en un futuro es una obviedad siempre que usemos un concepto lo bastante amplio de futuro. Todas las especies desaparecen —extinguiéndose o transformándose en otras— y la nuestra, si sobrevive hasta entonces, lo hará sin duda cuando el Sol se convierta en una gigante roja y engulla a los planetas. Quienes crean que para entonces sabremos emigrar a otras galaxias remotas habrán de esperar algo más: a que el universo alcance su final volviéndose puro caos.

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