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José Carlos Llop

De los nombres de Palma

Para conocer una ciudad haberla amado es necesario. No menos importante es haber crecido en ella, conocer sus calles por haberlas pisado y respirado, saber de sus tiendas y comercios (los que fueron y los que son), comprar en sus mercados y colmados que ya no existen, asistir a sus funerales, visitar su cementerio… Pero también haber escuchado historias de familias, de herencias, de barrios, de casas, de cofradías y parroquias y costumbres. Para conocer una ciudad es necesario no mirarla con anteojeras ideológicas, ni contemplarla como un territorio a conquistar (los que eso hacen siempre han tenido tendencia a no dejar piedra sobre piedra y hay muchas maneras de no dejar piedra sobre piedra…) Los que conocen una ciudad –y conocerla es una forma de amarla– no se encuentran incómodos en los libros que contienen su espíritu –en Palma: Ciutat ha seixanta anys, La ciudad desvanecida (La ciutat esvaïda, que fue como se popularizó), En la ciudad sumergida… y desde la incertidumbre actual Temporada alta– sino que se reconocen en sus páginas y las aprecian como se aprecian a sí mismos y vuelven sobre sus pasos –que son además los de su propia familia– y se enorgullecen de lo escrito porque también ellos ‘son’ esa escritura, esa memoria. Los que conocen una ciudad no la catalogan según su conveniencia, ni la nombran según sus prejuicios, ni la ‘limpian’ políticamente. Una ciudad es ella misma y a la vez muchas ciudades y todas la enriquecen y refuerzan su esencia; saberlo es ser ciudadano, que viene de ser civilizado. Tan es así, que la ciudad es abierta y admite incluso a sus enemigos, a los que con sus labores de zapa intentan desfigurarla o convertirla en laboratorio o ariete de lo que no es, ni fue, pero les conviene que sea y fuera. Ellos, que poco saben del genius loci, entre otras cosas porque suelen haberse criado en otra parte y además les importa un bledo porque van a otra cosa, opinan como el que más, tienen tribuna en prensa, alaban o silencian según sus intereses, y se infiltran en los centros de poder político –camuflados en comisiones, asociaciones, consejos universitarios, colegios profesionales– para ejercer un control donde nada que les sea ajeno tiene derechos y es descalificado, cuando no cosas peores, por temor a que algún día pueda señalarlos y exclamar: ‘el rey va desnudo’.

Para conocer una ciudad haberla elegido desde el afecto es la cara luminosa y opuesta a mirarla desde el desconocimiento, cuando no desde el resentimiento o el desarraigo, convencidos, los que así lo hacen, de que la razón y la historia están de su parte y si no ya las maquillarán institucionalmente para que lo estén. Cuando eso ocurre se acaba escribiendo que el almirante Churruca combatió en la batalla de Lepanto y si fuera necesario se añadirá que vestía camisa azul bajo la casaca, en una verdadera pirueta posmoderna. Todo vale donde el respeto y el espíritu de ciudadanía no existen. Todo vale cuando uno sabe que juega con trampas pero va a ser jaleado públicamente por los que son como él y abundan.

De piruetas temporales y voluntades inspiradas por la mala fe y ayudadas por la ignorancia procede la última revisión del callejero palmesano, una revisión que debido al twitter de Arturo Pérez-Reverte ha cruzado nuestros límites marítimos y eso se podría haber evitado para no parecer lo que no somos, ni éramos. Pero sospecho que de no cruzarlos, no habría existido posibilidad de corregirse, si es que la llega a haber, o conciencia de mala pata y engaño.

Cuando se puso nombre a las calles del barrio de son Armadans o Armadams –pequeña possessió palmesana que le dio nombre al barrio– se echó mano de la marina, no de los nombres de unos barcos como han argumentado desde la falacia unos, y desde el profundo desconocimiento otros, sino de los nombres de aquellos marinos ilustres que son historia de España (y esto es lo que en realidad fastidia). De ahí almirante Churruca –que por cierto es plaza, no calle como se ha repetido hasta el aburrimiento–, Gravina y Alcalá Galiano –que en mi generación se estudiaban antes del bachillerato y ahora llegan a Selectividad y no saben ni quienes fueron ellos, ni quien fue el almirante Nelson, aunque gobernara Menorca con su popular amante Lady Hamilton. Y no lo saben porque en los planes de estudio no se ha querido que lo supieran, por nada más. Pero también Magallanes –que sirvió a España aunque fuera portugués y ahora luce Magalhaes– y Almirante Cervera –su guerra fue la de Cuba– y Álvaro de Bazán y Núñez de Balboa, etc…

Esto es y fue así y no entra, se mire como se mire, en los presupuestos de la Ley de Memoria Histórica por mucho que se empeñen. Ninguno de ellos. No entra si no se retuerce desde la mala fe y se asocia al nombre de unos inexistentes buques ‘franquistas’ y otras paparruchadas. Lo digo porque, además, esos buques –los destructores Churruca y Gravina– sirvieron a la República hasta casi el final de la guerra civil de infausta memoria y nunca llevaron –como sí las calles de son Armadams– la palabra almirante antes del apellido. Pero da igual. Cuando se miente, todo ha de encajar en la mentira. Y cuando se justifica y defiende y ostenta la propia ignorancia –engañados, se supone, por la garganta profunda que ha mentido y su desarraigo–, también. Y se acaban mezclando cosas que nada tienen que ver entre sí, como la batalla de Trafalgar y la tragedia del fusilamiento del alcalde Darder y otros cobardes crímenes de la represión, confundiendo incluso las fechas de cuando estas calles se bautizaron –que fue en 1942– y localizándolas, errónea o maliciosamente, en plena guerra civil.

En fin, dejémoslo una vez más porque tampoco servirá de nada. De nada salvo de intentar evitar que la mentira se imponga, una empresa absolutamente imposible en la vida. De nada porque más pronto que tarde se repetirá la operación ú otra similar y nadie va a enmendarlas porque quien miente –y sus crédulos– sabe que los demás suelen callar y no defienden lo que es suyo salvo si les tocas el bolsillo. Esta de son Armadams llevaba tiempo anunciada. Pero existe un expediente municipal donde se trata del nomenclátor del barrio cuando se realizó. En ese expediente se dice claramente que se eligen los nombres de Gravina y Churruca en recuerdo de su comportamiento heroico durante la batalla de Trafalgar (1805). No se habla de barcos ni de guerra civil. Pero ya nos recuerda el evangelio de san Mateo que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Y lo dice al maldecir a las ciudades de Betsaida y Cafarnaúm por sus errores, anunciándoles un final como el de Tiro y Sidón (devastadas por asirios y babilonios) o sea que ojo. Porque así vamos.

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