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Javier Cuervo

Artículos de broma

Javier Cuervo

Noches de ardiente Hasél

En nombre de la libertad del músico Hasél unos manifestantes bajaron a pedradas los cristales de la puerta del Palau de la Música en un razonamiento comparable al de «como sé que te gusta el arroz con leche por debajo de la puerta te paso un ladrillo». En favor de la libertad de expresión se ve a un chaval llevándose media docena de chupas de una tienda barcelonesa estableciendo una relación directa entre uno y otro como tener tos y rascarse los cojones, según expresión popular con vocabulario rapero.

La confusión general de libertades entre los enfadados puede llevarles a creer que ejercen el legítimo derecho pacífico a la violencia contra el monopolio del Estado a tirar de palo y tentetieso de tantas maneras legales y aceptadas. Hay cabreo, eso pasa, e igual que hay personas que se enfadan y se van a la cama sin cenar hay individuos que no pueden independizarse de sus padres por falta de empleo van a ser detenidos por la policía por quemar un contenedor. No es nada nuevo y tiene mucho que ver con las vueltas de la tuerca del descontento que aprieta el fracaso de la sociedad. No todas las personas indignadas se sientan en círculo a hablar de política en la Puerta del Sol como pasó un 15 de mayo y siguientes.

Este enfado que hoy es por Hasél, un rimador de demagogia (que no merece tanta prosa jurídica ni tanta baba de tertuliano que rapea parecido en sentido contario) que pasa de las palabras a los hechos pegando a periodistas y amenazando a testigos como cualquier macarra habitual de la puerta de los juzgados. Este enfado ayudó a levantar barricadas en Vía Laietana en favor de la independencia y hace 20 años arruinaba a la aseguradora de escaparates de El Corte Ingles de Barcelona en favor de la okupación de edificios abandonados.

No tienen razón, pero no se hace por la razón. Piensan que no hay derecho, pero lo hay y trabaja en su contra. Defienden la acción aunque en la reacción pierdan un ojo, que es la mitad de un sentido. Y hacen falta todos los sentidos a pleno rendimiento para sobrevivir este sinsentido.

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