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Diario de Mallorca

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Alex Volney

Tribuna

Àlex Volney

Los centinelas de la ciudad

Imagen más antigua de Casa Vila.

A finales de los noventa internet empezó a llegar a los rincones más variados de aquel mundo que una vez conocimos. Para muchos la nueva panacea imponía una deriva que debía traer una revolución auténtica y fuera de lo normal cuando su encaje se va produciendo de la forma más traumática en algunos sectores. Racionalizar la inserción de la técnica con lo más humano en lo profesional ha ido rompiendo todos los esquemas, o casi todos, y abriendo nuevos paradigmas.

Esta agresiva transformación tecnológica va sembrando la incertidumbre, como en otras anteriores, a la vez que abre nuevas esperanzas y crea disciplinas innovadoras que en algunos casos profundizan valores hasta el momento en extremo letargo, pero todo coincide con la consecución de crisis económicas e interferencias políticas seguidas de la estúpida y estéril inmediatez. A la ineptitud de algunos, se ha añadido la pandemia de la covid-19 que no hace más que acelerar y desgarrar un tejido social definitivamente irrepetible como el que hoy nos ocupa.

Un siglo atrás Josep Vila Coll, Don Pep, trabajaba en el taller del escultor Sebastià Alcover. Faenaban la piedra y la madera. Este artista de Sineu tenía su taller en las Drassanes de Ciutat. La mayoría de escultores salían de su estudio. Pep Vila era el encargado y un apasionado de la fotografía que pronto empezaría a cortejar a la hija del jefe. Magdalena Alcover Gomila y Pep fundan Can Vila el 3 de febrero de 1922. Así empieza esta bella historia. Ella en la tienda y él de fotógrafo que también despacha y es uno de los primeros en utilizar avionetas entre muchas otras cosas en un país que «nunca ha valorado la fotografía como se debe».

Pep Vila y Magdalena Alcover con sus hijos.

En un siglo ha jugado muchos roles y cada habitante de esta isla podría contar la suya y la importancia de hacer escala en Can Vila cuando se pisa Ciutat vella desde donde Pep Vila i Toni Vila, hermanos, junto a su primo Pep Vila ejercen de centinelas de la memoria de nuestra Ciudad. Las tendencias cambiaron, los últimos tiempos cruceristas y turistas diversos habían parado en tropel para crear cápsulas de tiempo y pasar a papel las últimas fotos del móvil. Extranjeros ajustando porciones de memoria o residentes en su última urgencia que los años han ido complicando cada vez más en el día a día.

Este final de mes marchan queriendo dar las gracias a todos sus clientes, de Palma y de todos los pueblos de Mallorca. «Hemos servido a muchas generaciones. Abuelos, hijos, nietos…» «Hemos alargado demasiado esta decisión». «Nunca sabes como hacerlo...y ya tocaba». «Internet y lo digital han tenido su papel en este final» de película. El barrio se muestra desierto. Bares y tiendas cerrados. Una cola extraordinaria llega a la plaza de Cort estos días. La gente no puede acabar de creer este desenlace. La desaparición de su diversificada oferta en el casco antiguo supondrá un grave problema a muchos residentes que ahora deberán coger el coche para según que materiales.

Ellos eran la tercera generación y, la verdad, no faltaba clientela, todo lo contrario. El pasado 23 de agosto falleció Antonio Vila a la edad de cien años. Se sospecha que el archivo de Can Vila con decenas de miles de negativos es la crónica escrita, y por escribir, de muchos capítulos de nuestra historia. La pasada fiesta de Sant Blai cumplieron noventa y nueve años y este patrón anodino y discreto solo destaca por obrar milagros para quitar la tos: «Sant Blai gloriós, llevau-me la tos» pero no la que nos lleva estos días al hospital, no, la aparentemente más inofensiva, esa que carraspean algunos políticos al ser preguntados por las decisiones tomadas en este último lustro y a santo de qué.

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