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Joan Rigo

Rompecabezas

Casse tête en francés, literalmente rompecabezas, que curiosamente rima, cosas de la fonética, con el apellido del primer ministro Jean Castex. Un hombre en cuya cabeza/posición no me gustaría ahora mismo encontrarme. Su situación no es cómoda ya que tiene que lidiar entre dos posiciones claramente enfrentadas. En sus manos está el atender a quienes preconizan salvar la economía y salir de la dinámica del endeudamiento a cualquier precio - en contra de las promesas de Macron, del seguir recurriendo a la deuda «cueste lo que cueste»- o bien acatar a rajatabla las recomendaciones del consejo de sabios, el grupo de científicos, prestigiosos epidemiólogos, que urgen a confinar de nuevo esgrimiendo la amenaza del inminente colapso que se avecina en los hospitales ante la presencia constatada de las nuevas variantes. ¿Economía o salud?

Un dilema rompecabezas, porque si se inclina por la salud hablamos ya de un tercer confinamiento, y está por ver si la población aguantaría una nueva reclusión domiciliaria. Un encierro que además se adivina más cercano a la dureza del primero que el más light del pasado noviembre. No olvidemos además que desde hace quince días, el toque de queda a las 20 horas que veníamos soportando desde antes de la Navidad, retrocedió a las 18 horas, una medida que pese a dar aparentemente sus frutos, resulta tremendamente impopular. Como el drama de bares, restaurantes, cines, teatros, museos y gimnasios que, pese a las ayudas que reciben, llevan ya tres meses cerrados. Evidentemente los anuncios del retraso en la llegada de las dosis de vacuna, y la ralentización en la administración de la misma, no invitan al optimismo. Además, los recientes abandonos, tanto del prestigioso Institute Pasteur, como de Sanofi, el laboratorio de referencia en Francia, en la carrera por dar con una vacuna efectiva, no hacen sino ensombrecer el panorama. El tradicional chauvinismo francés vive horas bajas. La dependencia absoluta de lo que venga de fuera, y el «taconeo» de Pfizer regateando a la baja los pedidos de Bruselas (con el baile de las dosis por envase) o las evasivas de AztraZeneca después de haber recibido más de 300 millones de euros a cuenta contra la promesa de una pronta distribución masiva de su vacuna, una entrega que ahora quedaría recortada en un 50 por ciento, no ayudan precisamente a levantar la moral. Solo los anti-europeístas Le Pen y Mélenchon, los extremos se tocan, se frotan las manos ante lo complejo de la situación pensando ya en las presidenciales del 2022.

Tampoco las declaraciones de, por poner un ejemplo, Pedro Sánchez, diciendo que de aquí al final de verano con un 70% de la población ya vacunada volverán los turistas – declaraciones que han dejado boquiabierto al sector hotelero, y a quienes directa o indirectamente viven del Turismo – y que curiosamente coincidían en el calendario, fin de septiembre, con lo anunciado por Olivier Véran, ministro francés de Sanidad, de que una vez todos vacunados volveríamos a la normalidad, no despiertan mucho entusiasmo. Al contrario, en el horizonte se perfila otro verano para archivar. Y si a estos anuncios -en principio mensajes de optimismo- les sumamos el ejemplar «sálvese quien pueda», de diversos personajes de variado espectro, altos funcionarios, políticos, militares, y hasta obispos, que han corrido a vacunarse, saltándose el protocolo, la lista de espera, que se supone establecía unas prioridades en función de la edad, de la profesión y del riesgo, pues sinceramente, uno ya no sabe a qué atenerse. Apaga y vámonos.

Antes de una semana sabremos si entramos o no en esa «tercera fase» que por otra parte parece inevitable. Los confinamientos, aunque nadie lo diga claramente, formarán también parte de la nueva normalidad, junto con el stop and go como nueva estrategia económica tirando de la deuda pública. Pero ¿hasta cuándo? ¿Dónde ha ido a parar la austeridad presupuestaria, el control del déficit que defendía enconadamente la Sra. Merkel? El covid se lo está llevando todo por delante.

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