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Alex Volney

Ultras y ultraístas

Ultras y ultraístas

En los ambientes culturales de 1919 ya se empezaba a cocer en la olla de las vanguardias un movimiento que buscaba eliminar todos los ornamentos grandilocuentes y prescindir al máximo de las retóricas, empezaba a importar poco transmitir la corrección política y se dejaba de lado lo sentimental, el lenguaje utilizado venía cuajado de metáforas donde se sucedían a gran velocidad las imágenes superpuestas una tras otra en un mismo y unitario concepto. Era lo contrario a la poesía con mensaje social por decirlo de alguna manera.

Susceptibles hasta el fondo en la recepción de cualquier novedad y apareciendo con fuerza como contrapunto al modernismo, fue un movimiento literario vanguardista que en algún momento avanzó en paralelo con el dadaísmo. Sus impulsores Guillermo de Torre y Rafael Cansinos Asens tuvieron sus plataformas en diversas revistas literarias donde cabían los caligramas de Apollinaire o los textos del chileno Vicente Huidobro. La revista Cervantes o el café colonial de Madrid tuvieron su momento en este capítulo cuando empieza a emerger este nuevo movimiento estético en la península ibérica que aguantará más o menos hasta el 1922. Diferentes disciplinas desde el futurismo de Marinetti pasando por el cubismo, hasta llegar a Gerardo Diego y Juan Larrea. Su pretensión era la renovación total en lo literario.

G. de Torre y J.L.Borges pasan por Mallorca y con Joan Alomar, Fortunio Bonanova, Jacobo Sureda y Miquel Àngel Colomar publicarán el llamado Manifiesto Ultraísta del cual este principio de año se cumplen exactamente cien años. G. de Torre, un año antes había presentado el Manifiesto vertical Ultraísta, una auténtica renovación poética. En esos momentos Borges residía en Madrid y Joan Sureda i Bimet y Ernest M. Dethorey lo acercan a la intelectualidad mallorquina. Son los días en que los escritores Joan Alomar y Miquel Àngel Colomar (en la imagen), inseparables, llevan chalina, sombrero negro de ala ancha y se pasean por Palma con unos gruesos bastones de bambú colgados. Bartomeu Rosselló - Pòrcel es amigo y admirador de Colomar. Este último llegará a ser funcionario del ayuntamiento y a partir de 1933 secretario del alcalde Emili Darder. Es de los primeros en apuntarse a las nuevas tendencias y su poesía supondrá la ruptura en el panorama balear de esos años, tanto que con polémica incluida con su colega el poeta Miquel Ferrà a sus antípodas y siempre a la gresca. Protagonizan un «duelo» cuando Ferrà le sacude públicamente: «Jo ja sé que no som cap àliga, però almanco no pegaré els esclats que pega vostè» y Colomar responde raudo ante la concurrida audiencia: «M’estim més ser una àliga coixa que una lloca clàssica». Esos resentimientos entre intelectuales no serán cosa de un día y es en ese ambiente que el poeta M. À. Colomar irá recibiendo calumnias y ataques, incluso, más adelante, desde programas de radio que lo van señalando en el peor momento: 1936. Estudiosos bien diversos atribuyen esos ataques a los hermanos Villalonga, pero ya sean unos u otros harán que todo el peso de los autoproclamados salvadores de la patria caiga sobre él. Este gran y olvidado poeta que se había aproximado bastante a Gómez de la Serna, también combinaba el arte de la generación del 27 con lo que se iba cociendo por estas latitudes. Estamos hablando de un crítico de arte y crítico taurino que llegó a asesorar a Ernest Hemingway. Estamos recordando al mismo intelectual que fue a parar a la prisión de Can Mir y que años más tarde quedaría finalista del premio Nadal entre otras muchas travesuras. Incluida la del engaño a los analfabestias jurados del franquista premio ‘Ciutat de Palma’ pues hizo creer que Picasso se había presentado y no se deshizo el nudo del ocultado escándalo hasta abrir la plica y comprobar que era él. Inacabable la lista de anécdotas jugosas o de pases de gol de chilena de una de las mejores plumas que ha tenido Mallorca. Rosselló - Pòrcel, su amigo, aunó ambas cosas: los efluvios de «l’escola» con otros aires de vanguardia y los acabó combinando magistralmente. Por otro lado, Colomar viviría represaliado intelectualmente toda su vida. Eugeni d’Ors en los oscuros años cincuenta al aterrizar en Palma lo primero que pide es que el chófer lo conduzca a ver a Colomar. Después de muchas vueltas y muchas más sorpresas, al final lo encuentra. Sí, de repartidor de cajas de una conocida central lechera. D’Ors estupefacto no se puede acabar de creer cómo han ido acabando las vanguardias a manos del fascismo más rancio. Colomar, bien plantado, entrecierra los ojos aguantando el inseparable y humeante cigarro en los labios sin pestañear.

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