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José Carlos Llop

Novedades literarias

No hablaré de libros. Ni recientes, ni pasados. Hablaré de otras cosas que no son novedad –el mundo es demasiado viejo para que lo sean– pero que se presentan como si lo fueran. Me refiero a la economía de los poetas y a la moralidad de los escritores. De las dos cosas se ha tratado esta semana en la prensa y ninguna de las dos tiene desperdicio.

Cuando T.S. Eliot abandonó Estados Unidos y se instaló en Londres, trabajó durante algunos años en un banco. Como Wallace Stevens en una casa de seguros norteamericana –donde llegó a ser alto cargo– mientras William Carlos Williams ejerció la medicina durante toda su vida. Los tres son grandes poetas de la lírica anglosajona del siglo XX, que es la mejor del siglo sin duda alguna. Eliot obtuvo el Premio Nobel; Stevens, el Nacional, el Pulitzer y el Bollingen; Carlos Williams, los mismos que el anterior. Ninguno de los tres pensó que podría vivir de la poesía y no lo hizo. Como no lo hizo John Ashbery, un poeta extraordinario y de modus vivendi profesor universitario mientras tuvo edad para serlo: tampoco él creyó nunca que viviría de sus versos. Como ellos cuatro, todos los grandes poetas de su siglo. ¿Por qué insisto en lo del siglo?

Lo hago porque antes, la poesía y la literatura la escribían, sobre todo –hay pocas excepciones– personas de clase adinerada y otras, más atrás, que buscaban la protección de un mecenas, fuera éste duque o cardenal. Piensen en las largas y obsequiosas dedicatorias del Siglo de Oro, buscando la seguridad de un noble rico y poderoso, o de un rey frente a la Inquisición o a cualquier otro enemigo posible del ‘hombre de la musa’ (la expresión es de Jünger) y de paso, un sustento. El siglo XX es el siglo donde el mecenas del poeta es el mismo poeta con su trabajo en otra parte y está bien –o por lo menos, es normal– que así sea después. Tengo un amigo que sostiene que cada buen poema debería tener un precio de mercado similar al que tiene un dibujo o la acuarela de un buen pintor. Tiene razón y tal vez así la vida de un poeta sería más fácil y respetada, pero quizá eso estropearía la verdad de su poesía. Cuando Eliot trabajaba en el banco, sus amigos se escribían para ver qué podían hacer para sacarlo de la grisura de su trabajo. Pensaban que trabajar ahí perjudicaría su talento; hoy nadie haría eso por un poeta; ni siquiera lo pensarían. Pero no es la poesía lo que ha de darnos de comer o de vestir porque su destino es mucho más alto que eso.

Acostumbrados a recoger lo que viene de fuera a toda prisa, los casos de Matzneff y de Duhamel en Francia –denunciados por pederastia e incesto en sendos libros de éxito– tienen ahora su eco español en volver los pasos sobre el diario de Jaime Gil de Biedma y sus indecentes andanzas filipinas. O sea que el amarillismo ha llegado no a la literatura española sino a la mirada sobre la vida de los poetas. ¿Defiendo los pecados de Jaime Gil? Ni los defiendo ni los ataco: son suyos y además no soy quien. Que al escribirlos en su diario el poeta buscara una forma de redención es posible, pero esto no quiere decir que la obtuviera; sólo que posiblemente la buscó. Es su obra poética la que lo defiende incluso de sí mismo y de sus bajezas, cuando las tuviere, aunque no lo absuelva ni lo convierta en santo: no se escribe para esto. Y es por su obra que en el Instituto Cervantes le han dedicado una caja, no por sus hechos más allá de los límites de su poesía, aunque sea cierto que es la propia vida lo que después alimenta y se refleja en los libros de un escritor.

El debate no es nuevo: ya en los sesenta, a Jaime Gil de Biedma le denegaron el ingreso en el Partido Comunista por las mismas cosas que ahora es puesto de nuevo en solfa y esto no ha acabado. La paradoja humorística es que sea otro comunista –el director del Cervantes, candidato que fue de Izquierda Unida– el responsable de la propuesta criticada y que ha provocado que se aventen las cenizas amorales del autor de Moralidades en Filipinas. Vuelvo a lo mismo: ¿es válido éticamente el amarillismo como lente para juzgar lo que queda de un escritor? No es una pregunta retórica. Una vez muerto, sólo la obra debería contar para ese juicio, aunque no suela ser así. Pero hay más: si Gil de Biedma hubiera sido de derechas, el ruido ¿sería mayor o menor? Todos conocemos la respuesta y no nos engañemos: cuando se ataca a un poeta suele ser porque al atacante no le gusta o le encela su poesía –o le cae mal porque no fue atendido por él o cualquier otra sinrazón– y entonces aparece todo el armamento ad hominem para cargárselo y el primero son las ideas. En la sociedad literaria ocurre lo mismo que en la sociedad en general: si es de los nuestros, no pasa nada y además, se le homenajea; si no lo es, cualquier minucia se utilizará en su contra. Ya no digamos si mete la pata de verdad.

Los poetas y los novelistas no son santos laicos. ¿Por qué han de serlo? Quizá Francia, que es el país donde mejor se trata todo lo literario haya dado con la solución ante esta nueva mirada inquisitorial sobre los escritores. El gobierno francés ha desechado la posibilidad de que los restos de Rimbaud y de Verlaine –que fueron amantes entre escándalo y escándalo (el primero acabó traficante de armas y ocasionalmente, se dice, de esclavos, y el segundo era un padre de familia tradicional que la abandonó detrás del primero, jovencísimo, y su relación fue Troya)– que sus restos, digo, sigan descansando en sus tumbas y no ingresen en el Panteón de Grandes Hombres de la Nación. ‘Si ellos quisieron vivir al margen, argumenta el gobierno de Macron, ¿por qué hay que situarlos en el lugar por excelencia de la ortodoxia francesa?’.

Sospecho que ambos serían los primeros en estar de acuerdo con la resolución. Cosas del malditismo.

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