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La esperanza forma parte de las virtudes humanas al margen de culturas, tiempos y colores de la piel. En la noche de San Silvestre pasada, ante la imposibilidad de hacerlo cara a cara, se cruzaron millones —muchísimos millones— de mensajes que incluían en su gran mayoría la esperanza de que el 2021 sea mejor.

¿Un deseo sin sentido? Los físicos saben que la segunda ley de la termodinámica es ineludible: el caos crece, el orden se disipa y jamás va a suceder que un vaso en añicos caído al suelo se recomponga uniendo de nuevo sus pedazos por sí solo. Igual sucede con cualquier otro cuerpo del universo, incluidos los nuestros: no sólo la muerte está garantizada a ciencia cierta sino que el deterioro al que lleva el envejecimiento anticipa en buena parte ese desorden generalizado. Verdad es que cabe, hasta cierto punto, retrasar esa tendencia a fuerza de buenos propósitos, mejores hábitos, ejercicio continuo y cuidados médicos. El año 2020 ha sido un ejemplo excelente de las diferencias que existen entre tomar ese tipo de precauciones y despreciarlo por completo confiando en el azar. Pero hasta el más cuidadoso e higiénico plan no hace sino retrasar lo que vendrá de todas formas: podemos contener por un tiempo el aumento de la entropía que, lo queramos o no, llegará.

La esperanza cuenta además con fórmulas curiosas de ganar fuerza. Nos deseamos un año 2021 estupendo como si el paso desde el 31 de diciembre al 1º de enero fuese una frontera que, al cruzarla, hiciese que cambiaran los problemas (a mejor). Pero ninguno de nuestros pesares y conflictos depende del calendario gregoriano, salvo el de la puesta en marcha del Brexit y éste para peor. Los gérmenes, los de cualquier tipo con del coronavirus incluido, por supuesto, hacen lo mismo que el día de ayer y seguirán afectándonos de la misma manera cuando llegue el de mañana.

Pero, quizá por suerte, somos capaces de ignorar lo obvio y agarrarnos a las fechas concediéndoles la magia del cambio forzado. Todo será mejor en el 2021, volverá la normalidad y no la nueva sino la de siempre; en la noche del próximo San Silvestre podremos abrazarnos y besarnos deseándonos suerte sin necesidad de contemplar el espectáculo patético de una Puerta del Sol desierta a la hora de las campanadas de fin de año y presentadores que no saben qué decir cuando se han hartado de repasar todos los tópicos. La esperanza nos hace pensar que será así; démosle gracias porque, de lo contrario, esa otra característica de la condición humana, la de anticipar el futuro, nos llevaría a la depresión absoluta. Les pasó ya a los pensadores existencialistas y a sus discípulos hasta que entendieron que el autoengaño es preferible al suicidio. Suerte que tenemos la esperanza a mano cuando más nos hace falta.

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