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Llorenç Riera

Lletra menuda | Distribución del riesgo estratégico

Manacor no era una excepción ni un lugar maldito dentro de la Mallorca convencida de que los males siempre le vienen de fuera. Aunque fuera así, el problema mayúsculo está en la facilidad que tienen para incrementarse y enquistarse cuando se instalan en esta isla.

Manacor era solo la avanzadilla, la muestra certera de lo que puede volver a pasar mañana mismo, aunque los aviones lleguen con todos los PCR negativos a bordo. La covid-19 ya es residente de hecho en este territorio que ha vestido de extrañeza y desasosiego. Se ha instalado con tanta naturalidad que hasta ha sabido posicionarse en lugares estratégicos para expandirse sin esfuerzo por toda la isla.

Porque si, como confirma el Govern, el mayor peligro está hoy en sa Pobla, Santanyí y Andratx, significa que desde los vértices del triángulo que conforman estas tres poblaciones sobre el mapa de Mallorca, todo puede desbordarse. El único método eficaz para evitarlo es el de la muralla de responsabilidad y prevención que pueden hacer sus habitantes con la restricción de movimientos, tanto internos como externos.

Desde el momento en que Artà exprime y agota todas las posibilidades y, a dos meses vista, acaba suspendiendo las fiestas de Sant Antoni, se consolida el mensaje de que no hay lugar para la excepción y que el peligro de contagio permanecerá latente durante mucho tiempo. Nada que no se viera venir, por otro lado, porque, desde marzo a noviembre, hemos ido adquiriendo mucha experiencia. Es verdad que Manacor y sa Pobla ya habían renunciado a su Sant Antoni, pero que ahora lo haga Artà, en un lugar geográfico y una tradición festiva propicia al blindaje, significa que el único que tiene libertad de movimientos y está de fiesta es el coronavirus.

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