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Norberto Alcover

En aquel tiempo

Norberto Alcover

Esa difuminada luz

Hace quince días, titulaba la primera parte de esta doble entrega Esa mancha oscura, y cargaba las tintas al contemplar nuestra realidad pandémica y sociopolítica. Amigos y amigas cercanos y sinceros me han echado en cara aquellas líneas derrotistas y desesperanzadas, de las que yo mismo era muy consciente. Pero llega un momento en que la cólera supera la propia capacidad de resistencia y te conduce a letras como las que entonces escribí. Este país es mío, como también de todos mis lectores y lectoras, y se hace necesario gritar de dolor cuando es golpeado. Pero mis amigos y amigas tienen razón: seguramente distorsioné la realidad española con aquellos párrafos agobiantes. Y he decidido escribir esta segunda parte como complementaria de la anterior: no para negarla antes bien para ser lo más objetivo posible en mi contemplación de esta España real que todos y todas vivimos.

En primer lugar, me asombra positivamente la capacidad que tenemos para volver a respirar desde nuestras cenizas. El español es capaz de gritar hasta caer exhausto, pero nunca se rinde ante la adversidad. Resucita, aguanta, reacciona, tal vez en silencio, pero siempre dando señales de que no pueden con él. Tantas veces nos equivocamos en la percepción del inmediato futuro, y sin embargo late en nosotros/as cierta naturaleza rebelde. Estos meses hemos comprobado hasta qué punto unos y otros hemos estado juntos en recoger a los heridos en el camino de dolor y de la adversidad, sin reparar en esfuerzos y en lágrimas. Mientras muchos pacientes morían en hospitales y clínicas, morían también sus mismos enfermeros y médicos. La gran ceremonia de la mortandad, que parece haber retornado, acogía a unos y otros, a quienes luchaban contra la muerte y a las víctimas casi necesarias de esa muerte traidora y omnipotente. Hay que sentirse orgullosos de que haya personas así en nuestra España zarandeada por tantos malestares ya comentados. Más allá de los aplausos, quedan y se repiten los actos de valor y de profesionalidad, que haríamos bien en imitar.

Muchos y muchas trabajadoras han permanecido al pie del cañón desde sus lugares normales de trabajo, pero también desde sus casas, iniciando online una nueva época laboral. Han intentado no abdicar de sus responsabilidades y nos han demostrado que, aunque no se les cite, están ahí, pueblo constitucional. Y todos y todas las que han pasado al ingente y lamentable ejército de los desempleados y parados, han permanecido resistiendo como han podido, casi siempre en dolorosas situaciones, empobrecidos, casi desaparecidos para nuestra opinión pública. Las filas de «venidos a menos» han aumentado, la pobreza vergonzante ha extendido sus alas sobre familias que nunca pensaron vivir esta circunstancia, padres y madre, en ocasiones con sus hijos, en cola solicitando una cesta de comida, personas escondidas, amedrentadas, pero han tomado sobre sus espaldas la situación española mientras otros y otras miraban de lado para no verse implicados en el dolor ajeno. Grandes tipos estos trabajadores que son detalles no cualificados en las estadísticas. Hombres y mujeres que sostienen el tejido social desde abajo, tantas veces con lágrimas.

El empresariado, y muy especialmente los hosteleros de todo tipo, se han descubierto vulnerables… pero resisten como pueden, muchas veces sin llegarles el dinero prometido, hundidos casi en su mismo esplendor. Habían luchado con toda su alma, habían proporcionado puestos de trabajo, eran admirados en el extranjero por su audacia y creatividad, y ahora mismo, algunos venden sus empresas, grandes, medianas y pequeñas, hundidos por el rayo de la pandemia. Cada cierre, cada venta, cada silencio, es un signo de que se ha trabajado con empeño, pero con el desastre sobrevenido de golpe y porrazo. Hay que ponerse en las entretelas de nuestros empresarios con la misma angustia con que nos ponemos en las carnes de los trabajadores y trabajadoras, porque todos juntos, ellos y ellas, merecen nuestro aplauso y nuestra envidia como excelentes ciudadanos. Y quien aproveche esta situación para aplaudir su caída son merecedores de un exilio forzoso.

¿Cómo no traer a colación a todos los servidores públicos, civiles y militares, que se han mostrado admirables en su entrega a todos nosotros y a nosotras, día tras día, sin plantearse los riesgos para su salud, cargando con tantas críticas como suelen sobrevenirles desde ámbitos sociales y políticos? Han sabido trabajar y han sabido callar. Han sido capaces de darnos el día y la noche, convirtiendo la obediencia en lealtad al Estado, a la Nación, a sus compañeros y compañeras de viaje histórico. Son los mismos que nos guardan la paz en misiones extranjeras y mueren sin darnos por enterados de sus muertes. Son funcionarios públicos, son militares, son policías, son miembros de esa Guardia Civil tantas veces menospreciada desde los despachos. Son ellos y ellas, silenciosos, inquebrantables, fieles.

No puedo dejar de citar en «esa difuminada luz», a los hombres y mujeres de la Iglesia de España, que nos han dado y siguen dando ejemplo de obediencia a las autoridades civiles, tomando medidas litúrgicas creativas y serviciales, además de atender a miles y miles de necesitados, especialmente desde esa labor permanente y convencida de Cáritas y Cruz Roja. Los cristianos/católicos hemos rezado cuando ha convenido pero también nos hemos mostrado «buenos samaritanos» como solicita el Evangelio y nos ha recordado hace pocos días el papa Francisco, sucesor de Pedro. En ocasiones, no se acepta a la Iglesia en cuanto tal, pero siempre que los pobres en cuerpo y alma la necesitan se hace presente. Y ahí radica su credibilidad. Su identidad.

Unas palabras finales para nuestra clase política, sobre la que cargué las tintas en mi entrega anterior. No tengo derecho a dudar de su voluntad de servicio, de su esfuerzo por ayudarnos a salir de tanto dolor, por intentar estar a nuestro servicio. Pero determinados políticos y políticas, seguramente sin una explícita mala voluntad, no han sido ejemplares. Es un terreno muy delicado, pero sería injusto si no reconociera su esfuerzo por hacer de España un territorio más amable y menos doloroso. Otra cosa es que lo hayan conseguido. Tiempo habrá para estudiarlo a fondo. Que se estudiará, cómo no.

Y tantos otros y otras que no he citado pero que guardamos en nuestra memoria. Es la España reactiva, que nunca se da por vencida, que jamás reclama condecoraciones ni columnas periodísticas, pero es el país que nos han tocado en suerte, y en el que haremos bien en vivir y, si fuere necesario, morir. Porque llevamos a las espaldas muchos muertos. Y porque seguimos uncidos a esos bueyes obcecados de la pandemia y del egoísmo humano. Pero era de justicia dedicar estas líneas como complementos de cuanto escribí hace quince días. Somos todavía un pueblo con graves detrimentos, pero nuestra gente merece admiración como pueblo, único soberano constitucional. Ellos y ellas son «esa difuminada luz».

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