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Matías Vallés

Opinión

Matías Vallés

Armengol está en manos de Madrid

Cuesta empeorar la peripecia de una presidenta de Balears que disfruta de la madrugada en un bar mientras recrimina la excesiva laxitud de sus súbditos, pero el Govern lo ha logrado. Linda con el desatino emplear a un periodista como cordero sacrificial, divulgando su historial sanitario en otra violación ahora de la durísima ley de Protección de Datos. Amén de mantener a este profesional despierto a altas horas, cuando sufre de estrés laboral.

Es el Consolat entero quien ha perdido el sentido, han ganado el debate del Parlament para dejar a continuación que se les escapara el control de la situación. En cuanto a la pretensión de que se celebraba un Consell de Govern ambulatorio, que transcurre pasada la medianoche por bares y restaurantes de Palma, demuestra que la política convive a gusto con la astracanada.

Armengol no ha de complicar lo ocurrido. Una vez desmentido por ella misma su discurso acusatorio ante el Parlament, ha de explicar si la pandemia es un asunto de vida o muerte, ahora que su consellera de Sanidad balbucea que cada cual haga lo que quiera con su tiempo libre. Ambas olvidan que los códigos vulnerados por la expedición del Govern fueron impuestos por el propio Govern. La presidenta podría escudarse en una rigidez asfixiante del Código de Circulación de Madrid, si fuera sorprendida en un exceso de velocidad. En la madrugada, se ha incumplido a sí misma.

Hablando de la capital, y dada la ausencia de una oposición digna de tal nombre en Balears, la presidenta está en manos de Madrid. En primer lugar y sobre todo, su futuro depende de la orientación del pulgar del implacable Pedro Sánchez. De nuevo, ha de suplicar a su feroz enemigo socialista el favor personal de un perdón de La Moncloa que despeje la situación como una erupción adolescente en medio de la pandemia, disimulando la gravedad de la burla al conjunto de los ciudadanos y sobre todo a los enfermos.

En segundo lugar, Armengol depende de la madrileña Marga Prohens. La diputada ascendente puede clavar la daga si no dispone de cadáveres en su armario, o frenarse en el caso de un choque con el equivalente socialista a Rosa Estarás en el caso Rasputín. En aquel escándalo, Jaume Matas también defendía que estaba fuera del bar de alterne, porque en Mallorca todo ha ocurrido antes. Su entonces vicepresidenta y ahora europarlamentaria del PP se encaró con los socialistas, al grito de “que tire la primera piedra el partido que no tenga nada que ocultar en asuntos de prostitución”. Y el PSOE calló como un muerto.

La presidenta ha desmentido de un bofetón a quienes le atribuíamos la inteligencia suficiente para no dejarse dominar por la soberbia. Ha censurado la vida nocturna ajena sin perder ni un minuto de la propia, amén de confirmar que Palma dispone de una policía local siempre al servicio de los poderosos, ya se apelliden Armengol o Cursach. Es mejor que nunca se sepa realmente qué sucedió aquella noche, y solo cabe rogar a la fiscalía que no se inmiscuya en este asunto. Acabaría demostrando, igual que en el Rasputín, que la actuación de Armengol salvó aquella madrugada centenares de contagios.

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