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Marga Vives

Por cuenta propia

Marga Vives

El fenómeno Jacinda

Armengol trata de reivindicarse como gestora aplicada de una pandemia difícil de administrar y aún con incógnitas, y se desmarca de actitudes desafiantes, nada lógicas

Con tanto estertor populista casi se nos han pasado por alto esta semana la retirada de José Múgica y la reelección de Jacinda Arden, dos acontecimientos periféricos que constatan que el mundo se divide entre los que vociferan sus mentiras y los que convencen hablando a media voz. Múgica se retira tras las bambalinas después de medio siglo de actividad y a la vez emerge el «fenómeno Jacinda», que cautiva precisamente porque demuestra que se puede gobernar un país sin gritar, ni ser arisco, prepotente o malote. El ideario del uruguayo se compone de reflexiones de una lógica tan obvia que ya no la tienen en cuenta muchos mandatarios; «hay un tiempo para llegar y un tiempo para irse en la vida», dice en su despedida.

En este tiempo tan confuso el perfil de los gobernantes adquiere una fuerza inusitada y la atención se centra cada vez más en dos estilos radicalmente opuestos. El de la primera ministra neozelandesa consiste en resaltar su carácter humano, su compromiso por la vida corriente de las personas. Un terreno en el que se mueve muy bien la presidenta balear y que ahora, con la situación de emergencia, es una buena baza a su favor. Francina Armengol bien podría ser una Jacinda Ardern local; una líder política en un territorio limitado, que tiene ocasión de jugar sus propias cartas en un momento en que la gestión de la pandemia se ha regionalizado. De ahí que Armengol subrayara en su intervención del martes en el Parlament que su prioridad es proteger la salud de la gente. «Necesitamos, como el aire que respiramos, seguir bajando la curva», dijo.

Balears ha llegado a lo alto de esa cuesta de contagios cargada con una mochila económica terrorífica y, sin duda, con algunos errores de estrategia. Las limitaciones de público en espacios culturales, en las reuniones familiares o entre amigos, la prohibición de fumar en la calle, el cierre del ocio nocturno o incluso el uso obligatorio de la mascarilla se aplicaron primero en las islas, unas medidas que se siguen revisando periódicamente, ante la más mínima alarma. Armengol trata de reivindicarse como gestora aplicada de una pandemia difícil de administrar por todas las incógnitas que todavía tenemos sobre ella, y se desmarca de actitudes desafiantes, y nada lógicas, como la de su homóloga madrileña. «Madrid no es España», ha vuelto a advertir la presidenta balear. Asegura que su referencia son los países que, aún con incidencias bajas de infección, no se confían y actúan rápidamente a poco que el escenario vuelve a complicarse, y al decirlo parece que se presta al ejemplo de lo que ha hecho Ardern en las antípodas. Con todas las equivocaciones que haya cometido, tenemos suerte de que no se mire en el espejo populista de tipos como Trump.

Hay políticos que arengan a las masas para que ignoren el peligro y para así poder hacer y deshacer a su antojo, y otros que cultivan la prudencia ante lo que desconocen. Ni una ni otra actitud garantizan un resultado electoral determinado, sin embargo Jacinda Ardern ha pasado el examen de las urnas sin aspavientos y con un país confinado desde marzo, y su victoria sorprende mucho menos que otras. La premier de la empatía sobresale en un universo «que ha perdido la habilidad de ver el punto de vista del otro» y esa carencia se hace más amarga en una semana en que la política española navega entre bloqueos institucionales y mociones de censura, que nos parecen una forma de marear la perdiz cuando no toca. Frente al «America First» del presidente estadounidense, Ardern habla de poner por delante a las personas, de cuidar de su bienestar y su integridad. No le faltan críticos a sus compromisos pendientes –el problema de la vivienda, la pobreza infantil, los conflictos laborales–. Llegará la hora de aportar soluciones políticas complejas para afrontar la dura reconstrucción, pero, de momento, su mensaje es próximo y destila seguridad. Y eso es lo que se necesita en estos momentos de urgencia; claridad, transparencia y decisiones basadas en los datos. Francina no es Jacinda, pero seguro que querría parecerse a ella.

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