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Alex Volney

Johnsbread

Bajo por la carretera, voy hacia la frontera que nos separa a ti y a mí... ¡Uy, no! Perdón. Bajo por la carretera, voy hacia la frontera que separa Bunyola de Marratxí, y a cada lado del arcén veo a jóvenes que antes ocupaban las terrazas de los bares y que estos días tuercen el espinazo en la recogida de la algarroba, y con el decorado de fondo de este desierto pandémico donde los espejismos abundan en la ambigua raya del más inmediato horizonte. Los que nos hemos educado en este precioso matriarcado, permanentemente en venta, conocemos bien ya de niños lo que es el culto a este fabuloso árbol. Aunque fuese cuando daban cuatro chavos nunca quedaban sin recoger, lo que suponía unas horas de distendida proximidad entre abuelas y nietos. Fruto siempre por los suelos, en su recogida, desde que el mundo es mundo. Se le atribuye el origen en la parte más oriental del Mediterráneo aunque nunca como conclusión definitiva, ya que se encuentra a lo largo y ancho de las costas de nuestro mar. Parece ser que el cultivo lo propagaron los árabes después de griegos y fenicios y que en los finales de la Edad Media ya se encontraba en todos los países de la cuenca del Mare Nostrum. Una planta, un vegetal, antiquísimo y útil para la humanidad. Barcelona, Tarragona, Valencia y Balears conforman una auténtica potencia a la cabeza solo seguida por Italia, Grecia, Argelia, Túnez, Chipre y Turquía. Los árabes propagaron su cultivo en occidente. Del vocablo «Kharrub» deriva nuestra «garrova» o algarroba, la universal, Ceratonia Siliqua, que los antiguos tenían como Siliqua Edulis, «vaina comestible».

Conocido es el uso industrial para producción de alcohol y sus decenas de subproductos tanto en la alimentación de ganado como para el imparable auge en productos dietéticos y muchas otras aplicaciones. Tan rica en azúcar que de un quintal fermentado de las mismas se obtienen entre veinte y veinticinco litros de alcohol. Ya conocen ustedes que con su pulpa se produce una harina que constituye una seria alternativa al cacao. La menciona Teofrasto y también Plinio el Viejo, que le atribuye virtudes para mejorar el vino. Las variaciones se van sucediendo. Dioscórides había desaconsejado el fruto acabado de coger y sostenía que una vez secado es útil contra cólicos y úlceras. Los fenicios también apreciaron mucho este fruto y ayudaron en su propagación como al final de su expansión lo hicieron genoveses, venecianos y catalanes. Árbol venerado por musulmanes y cristianos, bajo su sombra se encontraron tabernáculos dedicados a San Jorge. En Sicília , sin ir más lejos, en la zona más rica de viejos ejemplares de este gigante ancestral Sant Jordi es su patrón. El botánico alemán Sprengel creía que era el árbol usado por Moisés para endulzar las aguas amargas del Marah (Éxodo XV-25). Mucho antes el filósofo Avicena ya le había dado la misma característica edulcorante. Pudiese ser que formase parte del conjunto del Jardín de las Hespérides, Ulises se los encuentra allí en medio en plena acción. En la flora clásica aparece en La odisea cuando se tropieza con los lotófagos. Ya mucho más tarde en el siglo XVI, otro botánico, S. Gerald, lo describe en su obra y lo cultiva en su jardín londinense. Tarea nada fácil para un vegetal que requiere clima templado y cálido. Puede llegar a superar los diez metros y su circunferencia los seis. Sus flores, que pueden ser masculinas, únicamente femeninas y hermafroditas, desprenden un embriagador perfume en las noches de otoño que van refrescando estos días a las puertas de ver acabar desplomado el termómetro. Piensen ustedes que estamos ante una leguminosa genial, una leguminosa gigante, que en Israel se utiliza para ganar terreno al desierto repoblando zonas montañosas, rocosas y muy áridas, Servidor les ofrece la atrevida y totalmente ingenua teoría que en la rondalla En Joanet de sa Jerra, la leguminosa favera por donde en Joanet sube mil veces a ver a Sant Pere no puede ser de ninguna manera la frágil haba, puede que la única legumbre que germina y en su avanzada vertical llegue al cielo no sea otra que la de nuestro garrover más milenario, árbol al que se le atribuye una aparición espontánea y una posterior propagación de oriente a occidente. Tan universal que tres garrovins, tres semillas de algarroba, constituían una medida común en toda la ribera mediterránea a la hora de pesar los gramos de oro en sus correspondientes operaciones de mercado. Minúsculo tesoro que se lleva todo el protagonismo de este cultivo. El mar no separaba nada y cualquier arte ni que fuese el del injerto del Ceratonia Siliqua se transmitía en el mismo sentido que el canto de los gallos en el avance de la primera luz del día. Su valor universal no es para menos. Ramon Llull: “Dix la cirera a la garrofa / que ella era torta e negra, e dix la garrofa a la cirera que ella era tost podrida”.

Qué regocijo cuando hoy se vacían los bares y la juventud ofrece unas horas a la reverencia interesada de la vuelta a los orígenes. «No hi ha temps que no torn». La vida siempre circular, como el movimiento de los astros o el sentido de los pájaros en la elaboración de sus nidos, como una sardana. Los animales racionales no vamos a ser menos. El botánico Kotschy reconoció en una tumba egipcia un bastón de madera de algarrobo, ¡qué cosas! ¡Queridos jóvenes, ni la señora Rowling! Nadie se moleste de poder ir mirando hacia atrás. Sin ir muy lejos, en Inglaterra, Holanda y Dinamarca a este fruto todavía lo llaman «Pan de San Juan». Parece ser que San Juan Bautista, en su retiro en el desierto, se nutría de algarrobas y que incluso Lucas el Evangelista en su pieza de narrativa breve de la parábola del hijo pródigo manifiesta los anhelos del protagonista en el tramo más genuinamente nuestro cuando desea llenar el vientre de vainas de algarrobo (Kerátion) que nadie le da y que sirve obscenamente solo para alimentar a los cerdos. ¡Oh! Cielo del sur... nunca te podré olvidar.

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