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Alex Volney

Historias de Josep Pla

Josep Mercader i Josep Pla al Motel  Empordà. Figueres, 1977.

Josep Mercader i Josep Pla al Motel Empordà. Figueres, 1977.

Escritas por Josep Valls que lo conoció en 1973. Un día el autor de El quadern gris estaba comiendo solo en la mesa número 26 del Motel Empordà de Figueres. Su director, Josep Mercader, también fundador del establecimiento le pidió al administrador del hotel, hoy autor del libro, que hiciese el favor de sentarse con él, pues necesitaba, el escritor, que alguien le diese conversación. “No corri tant i vingui cap aquí!” Valls todavía recuerda que le invadió la ansiedad. Suele pasar cuando empieza algo aunque sea una relación de sincera amistad. Ese mismo día Valls, al llegar a casa, ya empezó a tomar sus primeras notas que derivadas de ese primer encuentro son el inicio de las páginas que irá llenando el autor de esta novedad: Històries de Josep Pla, publicado por editorial Gavarres, y que dan cuerpo a un testimonio y a una de las amistades de los últimos años del gran autor de Palafrugell. Piensen que ya no se trata de aquel escritor trotamundos inquieto, antiguo co- rresponsal y muchas más cosas que hoy no vienen a cuento. Es la última etapa de la vida de uno de los autores más brillantes a nivel europeo. 

No hace mucho un estimadísimo colega advirtió en las redes de la incongruencia que supone dar tanto bombo a Josep Pla, siendo tildado de incomprensible su éxito contraponiéndolo al mínimo eco dejado por Pedrolo. Vaya comparaciones querido amigo. Qué torpeza y qué castañas te puedes dar cuando mezclas literatura con política, son dos terrenos resbaladizos que pocas veces se cruzan o se conjugan en un mismo camino. Pero es verdad que parece que el destino aguarda sus presas y es que justo detrás de este libro, acaba de aparecer en Galaxia Gutenberg la biografía de Demetrio Carceller (1894 - 1968), un empresario en el gobierno. Novedad editorial de Enrique Faes y primera biografía de este empresario falangista antes de su paso por el Ministerio en la dictadura franquista. No hace falta forzar la literatura con la política, o a la inversa, pues la vida y la historia, ya va haciendo su recuento. Por el camino les puede sonar Campsa, Cepsa...que rollazo. 

Volviendo a la literatura y a las vivencias que se reflejan en este fabuloso libro fetiche para planianos que el señor Josep Valls fue anotando con tanta paciencia y a cualquier hora pues Josep Pla nunca tuvo prisa en acostarse, ni cuando era anciano. Solía despertar a medio día y trabajar el resto bajo la campana de su chimenea durante toda la tarde hasta que alguien aparecía o lo iba a buscar. Fuego y camilla, y sobre esta una botella de whisky y otra de agua para configurar el trabajo de una hormiga que cuando no se encontraba en su mas de Llofriu lo podían buscar en el Motel Empordà de Figueres, su segundo hogar. 

No nos cansamos de recomendar las lecturas planianas que son aparentemente llanas de contenido para aquellas o aquellos que poco observan. Abran por donde abran un libro de este autor pueden encontrar factores o momentos que casi rozan la eternidad. En este más espontáneo recuento que ya va por la segunda edición, este fabuloso recuerdo amistoso con aire de homenaje que ofrece J. Valls, encontraran las últimas horas del célebre autor. 

En este año de confinamiento es fácil que vuelvan a la cabeza del lector algunos pasajes que pueden quitar hierro al momento. Obviando etapas franquistas, espionajes y etcéteras, varios cabe hacer memoria para situar al grafómano en L’Escala, un paraíso de pescadores en el primer franquismo para aquel burgués retirado en la costa con un único objetivo de poder acostarse de día. La estampa es la siguiente: Pla casi no se aguanta derecho. Hay toque de queda y el resignado, y derrotado moralmente, Josep Pla es increpado por la guardia civil. De pie apenas puede sostenerse y ante los gritos de los agentes se gira paulatinamente, se encuentra de espaldas y chilla de lejos: “¡Disculpen agentes, es que soy prostático!” Él mismo lo había anunciado a su amigo Valls: “La vida no es una línea recta. Ya lo explica Montaigne. Hace subidas y bajadas. Como la literatura”.

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