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Ramón Aguiló

Sánchez se desentiende del coronavirus

Creíamos haberlo visto todo en política; falso; nos quedaba contemplar atónitos cómo un presidente del gobierno, supuestamente socialista, se desentendía de sus propias responsabilidades. Hasta ahora los voceros del PSOE se dedican a explicar las insuficiencias del Estado para afrontar la pandemia del coronavirus por los recortes de Rajoy en sanidad. El pecado de Rajoy fue prometer que no habría recortes, no hacerlos. Los tuvo que hacer, ya en el gobierno, por la situación de ruina del Estado que heredó del PSOE y Zapatero. Es lo que sucede cuando no se asumen las propias responsabilidades, que se derivan a los gestores anteriores. El responsable de la mala gestión de la crisis del coronavirus es Sánchez y nadie más. Por supuesto que los gobiernos autonómicos también tienen responsabilidades, especialmente los de Madrid y Cataluña, basta recordar la mortandad en las residencias de ancianos; aseguraban su capacidad para enfrentar la pandemia, criticando el estado de alarma y votando los partidos a los que pertenecían, PP y JxCat, en contra de sus prórrogas. Cuando Ayuso en Madrid tomó medidas que afectaban a derechos fundamentales, como la prohibición de fumar en la calle y el cierre de locales nocturnos, éstas fueron recurridas ante los tribunales y un juez las anuló por entender que no estaban amparadas por una declaración de estado de alarma. En otras comunidades con medidas similares, o bien no fueron recurridas o bien otros jueces hicieron una interpretación diferentes de las leyes. Cae por su propio peso que el desbarajuste autonómico, con medidas diferentes en cada comunidad, sólo podía conducir al caos si el gobierno del Estado no asumía sus propias responsabilidades.

Fue Sánchez el que abordó en marzo la pandemia como si de una guerra se tratara, asumiendo el papel de general en jefe para dirigir la guerra contra el coronavirus. No había otra; el estado de alarma debe ser declarado por decreto del consejo de ministros. Las sucesivas prórrogas fueron un vía crucis para Sánchez que topó especialmente con la demagogia de Casado y Torra votando en contra de las últimas. La desescalada finalizó en junio con el fin de estado de alarma; según algunos epidemiólogos, de forma apresurada. La autoridad para la toma de medidas regresó a los gobiernos de las autonomías. Lo ocurrido desde entonces es materia sabida: incremento paulatino de contagios, fracaso de corredores seguros en Balears y descontrol en los contagios en Cataluña, Aragón, País Vasco, Madrid y Murcia que se va extendiendo al resto de autonomías, con incrementos diarios de más de 3.500 contagios al día en la presente semana, saturación de la atención primaria, más de setecientos ingresados en las UCI y disparándose los muertos en residencias y hospitales sin que nadie estuviera al volante del Estado. El general en jefe del ejército volvía el lunes de sus vacaciones de dos semanas en Lanzarote mientras las tropas al mando de las autonomías desfallecían huérfanas de medios de protección individual, pruebas de PCR, rastreadores de contactos de los positivos de coronavirus y sin más argumentos que las amenazas administrativas a los padres reacios a enviar a sus hijos a unas escuelas inseguras. El general Sánchez consideraba el martes, tras el consejo de ministros, que los dirigentes autonómicos tenían a su disposición un arsenal suficiente de medidas para controlar la pandemia de la Covid-19; y que, en el caso de no ser suficientes, se prestaba, a solicitud del gobierno de cada autonomía que lo considerara necesario, a declarar el estado de alarma en todo o parte del territorio de la comunidad que lo solicitara. Y que sus presidentes acudieran al Congreso a solicitar cada una de las prórrogas que necesitaran.

El panorama es surrealista. El general en jefe quiere seguir siendo el general de más alta graduación, pero pretende, en pleno fragor de la batalla, cuando no se vislumbra su final, que tomen las decisiones tácticas y estratégicas los coroneles al frente de cada uno de los batallones, atribuyéndose simplemente el papel de coordinador, con unas atribuciones que no figuran en ninguna de las ordenanzas de las fuerzas que ya no están bajo su mando. El artículo 5 de la ley 4/1981 de 1 de junio dice que "cuando los supuestos (crisis sanitarias) a que se refiere el artículo 4 afecta exclusivamente a todo, o parte del ámbito territorial de una comunidad autónoma, el presidente de la misma podrá solicitar del gobierno la declaración del estado de alarma". Es obvio que lo que está afectando al país no es exclusivamente todo o parte del ámbito territorial de una comunidad autónoma, sino que el ámbito es todo el territorio del Estado. Si hay que volver a declarar el estado de alarma, cuestión sobre la que los epidemiólogos deberían pronunciarse, sería sobre el conjunto del Estado. Ni en la peor de las pesadillas puedo imaginarme un caos tan absoluto como 17 estados de alarma afectando a 17 territorios, con medidas diferentes en cada uno de ellos y con presidentes de Autonomías desfilando por el Congreso solicitando prórrogas. No, por mucho que Sánchez pretenda escabullirse de sus responsabilidades o evitar enfrentamientos con Urkullu y Torra, el responsable de los estados de alarma es el presidente del gobierno. El Estado autonómico padece serias disfuncionalidades que deben corregirse, sin duda, pero lo que está sucediendo no tiene que ver con ellas sino con las maniobras del peor presidente del gobierno de la democracia, Pedro Sánchez, que no duda ni por un momento en ensayar astucias diseñadas para eludir sus responsabilidades y atribuirlas a cualquiera que pasa por allí, de ideologías contrarias o de la propia, retorciendo las leyes y todo lo que haga falta con tal de eternizarse en el poder. Atajar una pandemia que afecta a todo el territorio sin entender de fronteras entre autonomías es responsabilidad del gobierno del Estado y no hay manera de entender que España sea uno de los países del mundo que peor ha gestionado la pandemia, el peor de Europa, sin paliativos, si no es porque no cuenta con un gobierno a la altura de las circunstancias. Y con un presidente que es un insensato sin escrúpulos.

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