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Antonio Tarabini

Entrebancs

Antonio Tarabini

Crónicas estivales (IV) 'Il dolce far niente'

Debemos centrarnos un tiempo en el dulce placer de no hacer nada, no para huir de nuestra compleja realidad, sino para hacerle frente con buen estado de ánimo

Amigo/a lector/a le voy a pedir un favor. Aunque es posible que el contenido de estas líneas no resulte de su máximo interés, le ruego que lea esta crónica hasta el final, al menos inténtelo. No atienda a las vibraciones de su móvil, a los sonidos que nos rodean y a las interrupciones constantes. Posiblemente le sea difícil, a mí me lo resulta. Si oigo vibrar mi teléfono, por muy interesante que fuera lo que estaba leyendo, lo abandono y acudo a mi smartphone. Lo primero es lo primero. En los últimos tiempos hemos normalizado una vida de interrupciones constantes, de estímulos continuos. El que esto escribe también.

Esta introducción, aunque no lo parezca, me viene como anillo al dedo para justificar el título de esta crónica. Hace escasos días me reencontré con dos amigos, no solo estivales, en un bar donde coincidimos con cierta frecuencia. El uno, Pedro, es médico; el otro, Tomeu, es bancario (¡no confundir con banquero!). Pedro estaba inquieto y cabreado por la muerte de un colega suyo víctima del virus. Rafel, preocupado por el inicio del curso escolar de sus dos hijos. Los tres, yo me incluyo, estábamos (y seguimos estando) desconcertados ante los modos y maneras como hacemos frente a la pandemia y a la pospandemia (¡la nueva normalidad!). El trío ponemos en común nuestras cuitas; y expresamos, como humanoides que somos, la necesidad y urgencia de centrarnos un tiempo en el dolce far niente, no para huir de nuestra compleja realidad, sino para hacerle frente con buen estado de ánimo.

Nos cuesta quitar el pie del acelerador, mirar despreocupadamente al techo, observar el mar, ojear un libro, pasear? Tenemos miedo al aburrimiento. Pasamos por alto que los tiempos muertos, sin pantallas de por medio, son esenciales para la creatividad. La oferta constante de entretenimiento no ayuda, tal y como se está comprobando durante la pandemia. Es más fácil buscar escapadas momentáneas al dolce far niente que detenernos en pensar por qué nos aburrimos y aprender a tolerarlo. Cuando nos aburrimos, el tiempo se hace pesado, largo, nos quedamos en una especie de estado de espera y nos sentimos culpables, como si no estuviésemos empleándolo en algo significativo. Se genera un malestar que se contrarresta con la creación de un correctivo: el entretenimiento de masas. Acabamos de verlo. Funciona hasta en las etapas más duras e inauditas, como la que sufrimos con la crisis sanitaria. Y que afecta no solo a los jóvenes.

Las redes sociales se han convertido en piezas clave de nuestra vida cotidiana. En principio pueden resultar positivas, pero depende de los usos y/o abusos que hagamos. Durante el confinamiento, el pasado mes de abril, hemos dedicado hasta 79 horas a chatear, a comprar online películas y/o series; un 7% más del tiempo usado en una franja similar previa a la crisis ( digital consumer). Somos presos del 'me gusta' y del deslizar interminablemente el dedo sobre la pantalla. La necesidad de hacer cosas de manera interrumpida ha acabado con los tiempos muertos, parece que el aburrimiento, il dolce far niente, está prohibido. Nos aterra quedarnos ociosos. Las sociedades actuales son especialmente propensas a fomentar su rechazo, justo porque prometen lo contrario: diversión, excitación y novedades sin límite. Aunque todos sabemos que la fiesta interminable degeneraría en fastidio y en hartazgo, y que el gozo sin interrupciones devendría en una forma de tortura, no aceptamos de buena gana las contramareas, esas etapas de repliegue, recogimiento y vacío que hacen que la fiesta y el placer nos parezcan tan valiosos.

Las redes sociales también nos posibilitan la comunicación (Facebook, Twitter..), pero a menudo sacrificamos la conversación por la conexión. Con excesiva frecuencia se convierte en un diálogo de besugos, donde la descalificación es norma y la intolerancia es poseedora exclusiva de la verdad. Por avatares del destino cayó en mis manos un libro que aconsejé a mis amigos; la autora, Sherry Turkle, es una especialista en la interacción entre las nuevas tecnologías y el ser humano. No está en contra de la tecnología, sino a favor de la conversación. Analiza las desastrosas consecuencias de la pérdida de la conversación que hemos experimentado en los últimos años, que hace peligrar lo que nos define como seres humanos. Nunca un mensaje textual, por muchos emoticonos que contenga, podrá sustituir la capacidad de empatía que contiene la conversación, del tú a tú, de los ojos mirando a otros ojos y del lenguaje no verbal. Existe hoy una imperiosa necesidad de volver a recuperar entre nosotros, y para nosotros, la capacidad de concentración profunda y el arte de la conversación, el arte del escuchar tranquila y sosegadamente a quien no piensa como uno. Para eso, claro está, precisamos tiempo, reposo y, quizá, una buena cerveza delante.

En nuestro reencuentro como mínimo nos tomamos unas buenas birras. Y regresamos a la cotidianidad, que muy estimulante no es, con el smartphone incluido. Yo mientras, intentaré gozar de unos días de dolce far niente.

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