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El desliz

Los terraplanistas educativos

No me representa ninguna entidad de padres que se tome en serio la posibilidad de que las escuelas no abran en septiembre, con las debidas medidas de seguridad sanitaria, y proponga enseñar a los niños en casa

Por lo visto hay algunas familias que se plantean no llevar a los niños al colegio el mes que viene, por miedo al contagio. Puede ser, aunque yo no conozco ninguna. Todo lo contrario. Estoy rodeada de gente deseosa de que, con plenas garantías sanitarias, sus hijos retomen su educación, su vida social y una rutina exenta de miedo después de meses de aburrimiento y tribulaciones. A esas familias que barajan no empezar el curso, si es que existen, se les está dando cumplido altavoz. Espero que esas familias no se agrupen y astutamente monten una asociación que defienda la enseñanza en casa, para conseguir una repercusión social similar a la lograda por los magufos antimascarillas, los del complot para implantarnos un chip a través de las vacunas y los que sostienen que el virus es un invento de la CIA. Porque a los alternativos de cualquier tema les empiezas dando un titular, luego les recibes en audiencia para estudiar sus propuestas y acabas pagando con dinero público un concierto para la plataforma informática que necesitan. Y digo yo que una opción como la de escolarizar a los niños online ni se tomará en consideración si no se produce un confinamiento de toda la población. No estamos en ese escenario, sino trabajando activamente para que septiembre llegue con su tradicional vuelta al cole que no será voluntaria, sino obligatoria como marca la ley. Porque hace muy poco tiempo, a los padres que propiciaban el absentismo no se les daba precisamente un premio.

Como no creo en las casualidades, me causa desasosiego el encendido debate sobre las ventajas e inconvenientes de quedarte a los niños en casa, mientras nuestras autoridades guardan silencio o lanzan mensajes titubeantes y contradictorios sobre cómo va a ser exactamente la apertura de los colegios. Faltan veinte días y no hemos recibido ni un folio al respecto. Con semejante falta de comunicación, y en medio del rebrote, no es extraño que haya quien se preocupe y piense que los hijos estarán más seguros encerrados en un domicilio que alguien (un abuelo, una madre que se pide una excedencia, un canguro si hay posibles) se encargará de custodiar. Una sociedad mínimamente consciente de lo irrenunciable del derecho de las generaciones jóvenes a formarse y del valor de la escuela pública jamás puede entender que esta sea una opción, mientras se descartan otras como meter dinero a manos llenas en la contratación de profesorado y la adecuación de espacios a las nuevas necesidades. Sería muy vergonzoso bajar las ratios de alumnos por aula resucitando a las institutrices.

Los niños, por lo demás, muy bien. Van al parque, a la playa, de excursión, leen, dibujan y juegan en la calle con los vecinos. Se han acostumbrado a lavarse las manos diez veces al día, dan menos besos que antes, huyen de las multitudes y no ponen ningún problema a la mascarilla. Han acudido a una escuela de verano instalada en uno de esos colegios públicos cuyo futuro se discute. La dirigen con los protocolos de precaución que marca el BOIB personas que consideran que el juego y el ocio infantil son bienes que se deben proteger, recursos insustituibles porque ayudan a la equidad social y al desarrollo personal. No han pasado el verano encerrados en casa delante de una pantalla, así que no sé por qué debería ser ese su lugar en septiembre.

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