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Sol y sombra

Una amenaza para la cordura

Me entretengo con la lectura de un curioso reportaje sobre los curanderos de Mozambique. Cuando pierden a un paciente, preguntan: "¿De quién murió esta persona?" No, como sería de esperar, "¿de qué murió esta persona?" Morir de alguien es una cuestión que tiene sentido en un mundo donde cada cosa está viva. En ese mundo, las dualidades entre el cuerpo y el alma, entre lo somático y lo psicológico, la materia y el espíritu, están ausentes. Respondiendo a esa lógica, la enfermedad se concibe de manera distinta. La enfermedad no es un "qué", es un "quién". No solo expresa una condición física, sino una guerra de voluntades. En la tradición occidental, el médico consulta señales. El terapeuta en la tradición africana lee símbolos. Es, a su manera, un traductor de silencios. En Occidente, el médico asume que está tratando a un paciente enfermo. El terapeuta africano convoca un diálogo entre las fuerzas que previenen una enfermedad y las que la curan. El curandero es un ecualizador de silencios.

En Mozambique, la gente tiene una forma particular de quejarse cuando está sufriendo. Alguien que tiene dolor dice: "Estoy sintiendo mi cuerpo". Su cuerpo les habla y alerta del hecho de que se halla en disonancia con el mundo. El estado de salud de uno no está determinado tanto por las hormonas como por las armonías. Estas armonías se crean a través de transacciones entre el mundo de los vivos y los muertos, cuenta el reportaje. El cuerpo humano no se limita a su propia piel, existimos dentro y fuera de nuestros límites corporales. Distrae y sirve de algo enterarse de estos viajes entre la vida y la muerte por el escritor Mia Couto cuando se disparan otra vez las alarmas médicas de la pandemia y "el quién" identificable del virus es de nuevo, más allá de nuestros cuerpos, una amenaza para nuestras mentes, afectando a la cordura. Si una vacuna o algo no lo remedia acabaremos volviéndonos locos.

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