Suscríbete 1,5 €/mes

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

¿Monarquía o República?

La librera Rachel Muyal -judía y feminista-, me contó en una calle de Tánger, frente a la antigua tienda donde la madre de Ángel Vázquez había tenido su tienda de sombreros, que ella prefería vivir en una monarquía corrupta como la marroquí -en la que había un mínimo de libertad y al menos se respetaban ciertos derechos para las minorías y las mujeres-, antes que vivir en una república islámica como Irán, en la que una mujer judía como ella tendría que vivir prácticamente oculta. Y algo más o menos parecido me contó el escritor Mohamed Chukri, que estaba amenazado de muerte por los islamistas -lo acusaban de ser blasfemo y alcohólico e inmoral-, y que además tenía todos sus libros prohibidos en Marruecos. Pero un día, después de volver de un congreso de escritores en Irak, Chukri me contó (mientras vaciaba una botella de coñac Soberano) que prefería vivir en Tánger, con sus bares y sus tiendas y su monarquía corrupta, antes que vivir en una república supuestamente democrática y socialista como la iraquí, que era igual de corrupta que la monarquía de Marruecos, pero donde no se podía beber alcohol y donde apenas había libertad de expresión y donde todo el mundo estaba obligado a arrastrarse ante Sadam Hussein (eso ocurrió, por supuesto, poco antes de la invasión americana de Irak).

Digo esto porque se suele acusar a la monarquía de ser un régimen feudal y absurdo, pero no hay ninguna garantía de que las repúblicas sean regímenes políticos más democráticos o más respetuosos con los derechos de sus ciudadanos. Nepal fue una de las monarquías más corruptas e inútiles que podamos imaginar (hasta que fue derrocada en 2008), pero aun así era un lugar mucho mejor para vivir que la Camboya totalitaria de los khemers rojos o la China de Mao (ambos países, impecables repúblicas populares y democráticas, al menos sobre el papel). De hecho, en Nepal vivían miles de hippies que no habrían podido resistir ni un solo día en la Kampuchea socialista o en la China de Mao, donde habrían sido enviados directamente a los campos de reeducación ideológica -los campos de la muerte- bajo la acusación de ser drogadictos e inmorales (lo mismo que le habría pasado a Mohamed Chukri en la República Islámica de Irán o en la República Árabe y Socialista de Irak). Y si pensamos en Europa, son monarquías algunos de los países que tienen los mayores índices de bienestar y de transparencia democrática. Noruega, Suecia, Dinamarca, Bélgica y Holanda son monarquías. Lo es también el Reino Unido. En cambio, son repúblicas la Rusia autoritaria y homófoba de Putin, la Corea del Norte donde los dirigentes heredan el título de abuelo a nieto o la Cuba de los hermanos Castro. Puestos a ver las cosas con frialdad, hay repúblicas monárquicas (y absolutistas), mientras que las monarquías constitucionales como la española, en la que los poderes del soberano son únicamente simbólicos, son en la práctica algo así como repúblicas coronadas. En cierta forma es lógico que la república nos guste más como forma de gobierno, pero no hay ninguna garantía de que una república vaya a ser, por sí misma, más democrática o eficiente o respetuosa con los derechos de los ciudadanos que una monarquía.

Hasta ahora, todo lo que sabemos sobre el rey Juan Carlos son las informaciones que han aparecido en varias publicaciones, y ninguna de esas publicaciones, por cierto, era de izquierdas o republicana o antisistema, cosa de la que deberíamos alegarnos, a la vez que nos preguntamos si la prensa más izquierdista se atrevería a publicar informaciones comprometedoras sobre, por ejemplo, Pedro Sánchez o Pablo Iglesias (yo lo dudo). Pero son simples acusaciones que no han sido probadas, y aunque puedan resultar verosímiles -lo son-, se han utilizado como cortina de humo para distraer la atención sobre la terrible situación económica que estamos viviendo y sobre la pésima gestión sanitaria del coronavirus que se ha hecho desde el gobierno central. Vivimos en un país muy aficionado a discutir sobre lo irrelevante y a olvidar lo esencial. Y en este sentido, una discusión sobre la monarquía o sobre la presunta corrupción del rey Juan Carlos viene muy bien para buscar un chivo expiatorio sobre el que descargar las iras de la gente, cada vez más asustada y preocupada y arruinada. No sé si el rey Juan Carlos es culpable o no -eso deberían decidirlo los tribunales-, pero lo que está claro es que lo están utilizando para ocultar una pésima gestión de la pandemia y una notoria ineptitud a la hora de enfrentarse a una crisis económica sin precedentes. Y eso, me temo, no tiene discusión.

Para continuar leyendo, suscríbete al acceso de contenidos web

¿Ya eres suscriptor? Inicia sesión aquí

Y para los que quieren más, nuestras otras opciones de suscripción

Compartir el artículo

stats