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El acuerdo del pasado 20 de julio, tras meses de discusiones agrias y divisiones internas, es el más importante en la historia de Europa. Un paso de gigante hacia una futura Federación Europea

Es que Europa está viva. Cuando las cosas se ponen realmente mal, la Unión Europea responde. Tras meses de discusiones agrias y de divisiones internas, el Consejo Europeo casi más largo de la historia (Niza en 2000 duró una hora más) ha dado a luz un acuerdo diferente de todos los anteriores por su ambición y por su forma, dando así un paso de gigante hacia una aún lejana pero posible futura Federación Europea.

El acuerdo del 20 de julio es por su volumen el más importante en la historia de Europa y se justifica porque su objetivo es hacer frente a la brutal recesión provocada por el coronavirus, sin duda el mayor reto desde 1945 tanto en términos de reducción de PIB y aumento del desempleo, como por la rapidez con la que ha llegado. Sin entrar en excesivos detalles, desmenuzados estos días en los medios de comunicación, el acuerdo crea un fondo de reactivación dotado con 750.000 millones de euros que se vincula al marco financiero para 2021-2027 por un total de 1,8 billones (con b) de euros. E implica la modesta pero importante creación de impuestos europeos por 40.000 millones. Es el acuerdo más importante desde la creación del euro y por eso Pedro Sánchez lo ha comparado a un Plan Marshall. El dinero paliará los efectos del Covid-19 y evita el riesgo de fragmentación europea, lo que hubiera afectado no sólo al mercado interior sino la misma supervivencia de la moneda única.

La reacción inicial de Bruselas ante los efectos asimétricos de la pandemia fue decepcionante. Esperábamos dirección, solidaridad y coordinación y al principio no tuvimos ninguna de las tres cosas: al desconcierto de los nuevos rectores del Consejo y de la Comisión se unieron las impresentables declaraciones del ministro holandés de Economía Hoekstra, un nombre a no olvidar, con referencias a "donativos" de las "hormigas" del norte a las "cigarras" del sur, los cierres y reaperturas descoordinados de fronteras, y las peleas entre socios por material sanitario escaso. Una vez más se puso de manifiesto la lentitud comunitaria para tomar decisiones porque no es fácil poner de acuerdo a 27 países que funcionan con las reglas de la democracia. Y cuando por fin Bruselas se animó a poner un plan sobre la mesa un grupo de países "frugales" (o "tacaños"), Países Bajos, Austria, Dinamarca, Suecia y Finlandia, todos ellos contribuyentes netos al presupuesto comunitario, pusieron el grito en el cielo abogando sucesivamente en contra de las subvenciones, exigiendo recortes y control del gasto, y llegando a exigir unanimidad para su entrega, o sea un veto que al final se ha quedado en "freno de emergencia". En su favor cabe decir que mientras presumíamos de crecer más que nadie en términos de PIB, no hicimos nada para reducir una deuda externa que no paraba de aumentar. Nuestros políticos se equivocarán y mucho si creen ahora que todo el monte es orégano y no aprovechan este maná para hacer las reformas que el país necesita como agua de mayo y que no van por donde propugna Unidas Podemos, augurando más tensiones en el gobierno.

Lo conseguido es muy importante tanto por la cuantía de los subsidios (390.000 millones de euros, 140.000 para España) como por la novedad de financiarlos con emisiones de deuda pública conjunta, apuntando hacia una posible futura unión fiscal. Eso explica el optimismo tras una reunión de sesenta horas a lo largo de cuatro días, a pesar de que el acuerdo aún deba pasar por el Parlamento Europeo y por los parlamentos nacionales de los 27. Un "paso histórico" según Úrsula von der Layen, mientras Charles Michell anunciaba eufórico que "Europa está unida", porque antes no lo parecía. La verdad es que si Europa ha dominado el mundo durante 500 años no ha sido por casualidad y ahora, en el momento de la verdad, ha vuelto a demostrar su capacidad de reinventarse aunque el reto ya no sea dominar nada sino no desaparecer como actor importante. Que no es poco.

No todo ha sido color de rosa. A los agrios debates ha sucedido la evidencia de graves fisuras entre el norte y el sur, entre los "frugales" y los demás, dentro del bloque socialista (muchos nórdicos "frugales" lo son), entre los que respetan y no (Hungría, Polonia) las reglas democráticas, y entre los países grandes y los chicos. Son grietas que debemos tratar de resolver. Igual que se han dejado para más adelante los problemas de derechos humanos.

El musical Hamilton era el gran éxito del Broadway hasta que el gobernador Andrew Cuomo cerró los teatros por culpa del dichoso virus. Hamilton hizo en 1790 un acuerdo con Jefferson para ayudar a las trece colonias a pagar los gastos de la guerra contra Inglaterra con préstamos públicos, haciéndoles así pasar de una estructura confederal a otra federal de unión más estrecha. Se ha comparado el acuerdo de esta semana con un pretendido "momento Hamilton europeo", pero me parece exagerado porque aún siendo un paso hacia una unión más estrecha entre los 27, no hemos llegado a la mutualización de la deuda ni a que la nueva se emita con garantías conjuntas. Nuestro futuro está en la integración política, económica, energética, en políticas comunes en los ámbitos Exterior y de Defensa, y en hablar con una sola voz respaldada con poderío económico y militar. Y lo que se ha hecho ahora es un paso en esa dirección que nos ha demostrado, en contra de lo que dicen populistas y euroescépticos, que estar en Europa es un buen negocio para España. Muy bueno.

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