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Ramón Aguiló

Escrito sin red

Ramón Aguiló

Entre la propaganda y la realidad

No se acaba de ver el entusiasmo por el acuerdo europeo, que puede suponer una impugnación al programa pactado entre PSOE y UP

Con permiso de Marsé se puede afirmar que el presidente Sánchez no es el teniente Bravo, dotado de redaños hasta para emascularse ante la tropa. También, que el pacto europeo no es el potro lleno de costurones imposible de saltar por el teniente, ni lleva grabada en la rama de cerezo delgada y torcida que sustituye a una de sus patas una vieja inscripción que diga: “No somos los novios de la muerte y que le den pol culo a Abd-el-Krim. Luisito y Fermín”. La leyenda que incluye el pacto son las recomendaciones de la Comisión Europea que, curiosamente, son las que evita mencionar Sánchez.

El pacto alcanzado entre los dirigentes europeos supone la antítesis de la política de austeridad aplicada para salir de la crisis de 2008. Un éxito para Europa y un revés para los partidarios de su hundimiento, desde Rusia a China, desde Turquía a los EE UU de Trump. Por supuesto que va a ser instrumento imprescindible para salir del agujero coronavírico para Italia y España. Pero habrá que dejar muy claro, para evitar más engaños, que el acuerdo no es el fruto de la impresionante sagacidad de Conte o de Sánchez para sortear las minas colocadas por los frugales dirigidos por Rutte, sino de la perspicacia geopolítica de los dos únicos líderes europeos capaces de ver más allá de los intereses nacionales inmediatos. Son Merkel y Macron los que guardando los intereses nacionales mediatos respectivos guardan los intereses de esta Europa construida en torno a Alemania y Francia. La hecatombe de Italia y España amenazaba no sólo la economía de estos dos países, amenazaba la de Alemania, Francia y la del resto de países europeos, incluida la de la propia Holanda; amenazaba a Europa poniendo en crisis su propia existencia, dejándola a merced de EE UU, Rusia y China. Frente a los debeladores del euro y los denunciantes de un nuevo Reich alemán, defensores de un camino propio e independiente de España alejado de la ortodoxia económica, que nos llevaría a la irrelevancia, sentimos en nuestras propias carnes, tan laceradas por la Covid-19 y la frivolidad de nuestra clase política, la serenidad que aporta estar anclados en una Europa que ha dado el paso más decisivo para su futuro desde su fundación.

La propaganda es el reportaje de Moncloa mostrando a los ministros socialistas y podemitas aplaudiendo a Sánchez; como si él solito, al revés que el teniente Bravo, hubiera saltado el potro de tortura al que le habían sometido los frugales liderados por los calvinistas holandeses. Sánchez no lo ha hecho mal y podemos decir que esta vez ha estado a la altura de las circunstancias, habla inglés y no desentona entre dirigentes europeos, pero no es el muñidor de los acuerdos. Ningún bochorno, sino subidón tienen ante un autobombo que avergonzaría a cualquiera que hubiera vivido por dentro los avatares de la negociación europea. Toda la tramoya de la ambientación responde a la necesidad de salvaguardar la presidencia de Sánchez y el pacto de gobierno con Unidas Podemos hasta el final de la legislatura. Sánchez menciona los retos a los que habrá que hacer frente con las ayudas europeas: La digitalización de la economía, la apuesta por las energías renovables, la innovación en tecnología y en la mejora de la capacidad y resiliencia del sistema sanitario. Pero se calla la realidad de las condicionalidades que van a acompañar las transferencias y los préstamos por el importe de 140.000 millones de euros.

La realidad es que la entrega estará condicionada a la presentación por parte del gobierno de proyectos alineados con las recomendaciones de la Comisión Europea para España, a saber, entre otras condiciones: flexibilización de las condiciones laborales, que va en el sentido contrario a las intenciones proclamadas del PSOE y UP de derogar la reforma laboral aprobada en tiempos de Rajoy; eliminar la fragmentación de regulaciones económicas entre comunidades autónomas y las barreras existentes que impiden la movilidad laboral, activando la ley de Unidad de Mercado, lo que puede suponer un incremento de tensión institucional con las comunidades; implementación de políticas fiscales que garanticen la sostenibilidad de la deuda, lo que se puede traducir en un incremento impositivo; sostenibilidad del sistema de pensiones, que puede significar el desistimiento en el anclaje de las pensiones al IPC y la reforma de las futuras. La realidad es que a día de hoy ya se ha recortado la Política Agraria Común, uno de los epígrafes de política económica europea históricamente más jugosos. Supondrá para 2020 un recorte de 600 millones para España en 2020 y uno del 10% para los próximos siete años para los fondos agrícolas. España será una de las grandes perjudicadas. La realidad es que el freno de emergencia que incluye el acuerdo supone que si los proyectos no se adecúan a las recomendaciones de la Unión Europea, cualquier miembro europeo podrá paralizar su aplicación hasta que se someta a la consideración por parte del Consejo Europeo.

La realidad es que no se acaba de ver el entusiasmo, especialmente entre los ministros de UP, por un acuerdo cuya aplicación puede suponer una impugnación al programa pactado entre PSOE y UP en el mes de enero. A no ser que las intenciones, tanto del PSOE como de UP, no sean las de aplicar el programa pactado sino la simple ocupación del poder. Iglesias podría espetar a Casado que parece estar haciendo las veces de la cabra de Teniente Bravo, Carmencita, ramoneando por las condicionalidades: “Carmencita, reina, que te folle un mono”.

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