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No temáis, marineros

Sufrimos un Gobierno que no alcanza al acierto ni cuando rectifica. Y la rectificación no es hábito de su sinuosa andadura, a pesar de que a lo largo de la crisis sanitaria se ha equivocado gravemente y con persistencia. Sánchez ha hecho del vaivén, veleta; y del yerro, perseverante norma de este periodo oscuro del mandato proceloso que le toca pilotar, al frente de una nave tan sucinta de timón que parece conducirse sin remedio a las rocas.

Andan ahora enfrascados los contables de la Hacienda pública en cómo repartir entre las comunidades autónomas los 16.000 millones de euros estatales en compensación para paliar el azote de la pandemia. La modificación de las condiciones, que si prima a las regiones más pobladas o que si favorece a las más envejecidas, tiene revuelto al patio de monipodio territorial, en una guerra sin cuartel por ver quién obtiene mayor provecho del saqueo y la rapiña.

Apuesten que saldrán mejor paradas en el sorteo de la bonoloto pandémica del bombo de Sánchez aquellas comunidades que apostaron a la carta ganadora en la moción de censura y que apuntalaron también en el Congreso cada votación del estado de alarma, en permanente toma y daca. O sea, las de siempre; las que tienen por costumbre y norma mercadear con su voto en almoneda. Para las demás, collares de cuentas.

La nao capitana se debate en la zozobra, sometida al escrutinio del pairo, pero el almirante, lejos de alarmarse por el riesgo evidente de hundimiento, saca pecho y exhorta a la marinería en medio de la tormenta. Así, el presidente del Gobierno, lejos de verse amedrentado por los embates de la galerna, saca pecho: "No temáis, no somos nosotros: es el mar el que tiembla". Como si fuera Vasco de Gama bordeando el cabo de Buena Esperanza.

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