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Juan Gaitán

Normas y sanciones

Yo, como el otro Machado, Manuel, tengo el alma de nardo del árabe andaluz. Quiero decir con esto que si no se me agita soy de natural pacífico y cordial, y que si bien es cierto que tiendo a la rebeldía, es la mía una rebeldía de salón, más intelectual que física, más de pensar que de actuar, producto de mi desaforada afición al juego de especular con las posibilidades.

Seguramente sea así porque tuve una educación estricta. Me enseñaron a no pedir. A sentarme erguido. A dar los buenos días y a ceder el asiento a los ancianos. Toda mi vida he observado estrictamente esos principios, temiendo quizás un indeterminado castigo, la severa reprobación de una mirada. Eslabón a eslabón forjaron la cadena y casi acabé siendo eso que en otro tiempo se llamó "una persona de orden".

Pero creo que he llegado al límite de mis posibilidades ahora que la autoridad que nos rige ha convertido el BOE en un instrumento de tortura, en un artefacto amenazante, autoritario y vengador lleno de disposiciones, normas y sanciones, algunas inexplicables, todas inexplicadas, la mayoría imposibles de recordar y de cumplir.

Ahora, además de estar atento a los estrictos límites y horarios de mi deambular, debo estar pendiente de la distancia con mis semejantes y de ponerme la mascarilla si no puedo garantizar esa distancia. Y yo, que nunca he estado seguro del todo de que un metro fuese aquella ambigüedad definida como "una barra de platino e iridio que se conservaba en el museo del Louvre de París", y que más tarde se cambió por la aún más ambigua definición de "longitud del trayecto recorrido por la luz en el vacío durante 1/299792458 de segundo", me confieso incapaz de calcular ni por aproximación el doble de cualquiera de ambas ambigüedades, y salgo a la calle angustiado, con todo el peso del sistema métrico decimal sobre mis cansados hombros. Y a eso debe añadirse que tampoco sé si tengo que apuntarme en una app de mi ayuntamiento y de todos los ayuntamientos costeros a fin de conseguir cita y parcela para ir un rato a la playa a que el sol me caliente las arrugas y a que las olas me cuenten un cuento de Rafael Pérez Estrada. Y tampoco sé si debo reservar ad aeternum mesa y hora para tomar café, que siempre lo tomo solo pero no soporto tomarlo solo, y cómo hacer para ver de una sola vez a todos mis hermanos aunque no me dejen abrazarlos.

Y, aun siendo de natural pacífico y adaptable, estoy un poco harto de tantas normas impuestas que nadie ha tenido el buen gusto de explicar y motivar, de tantos expertos que se contradicen, y de tantas versiones consecutivas y superpuestas de la estupidez humana.

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