Suscríbete 1,5 €/mes

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

El virus del divismo

Pensaba titular estas líneas bajo la frase del Cantar del mio Cid, que hacía mención a la abismal diferencia entre el comportarse de los que mandan y la urbanidad de los que deben obedecer, pero la frase de "Dios, qué buen vasallo si hubiera buen Señor" ya fue del gusto de algún colega escribidor, y su uso como frontispicio de este pensamiento escrito sería todo un plagio, si no legal sí ético; pero les dará a ustedes idea de por dónde van los tiros.

Y es que no pasa día sin que tenga la sensación de que este barco, sumido en la galerna, dando bandazos, con varias vías de agua que no cesan de embarcar líquido, y no del monetario, con el viento de un amenazante futuro que tiende a rasgar velas y hacer quebrar las fogonaduras de los mástiles, y en su cuarto de derrota o en el puente de mando, los oficiales y los contramaestres a los que confiamos la llevanza de la nave a buen puerto están a la greña con aquello de "déjame a mí la caña que tú no sabes", con el que "quítate que tú no tienes ni idea y mejor sería que arreglaras las jarcias que te corresponden en tu mástil", con el reproche que haber comprado más botes de salvamento, con el haberlo hecho tú que también podías, con el manido "yo ya decía que venía temporal" con el "pues haberlo dicho antes de que nos alcanzara y no ahora"; en fin, un desbarajuste al tiempo que los marineros siguen jugándose la vida en la cubierta barrida por las olas, sin salvavidas y el resto de los pasajeros se amontonan confinados en las bodegas y en los sollados, tan asustados por la marejada como mareados por las chamulladas vacías de contenido que provienen del puente.

Llámenme romántico, pero yo todavía albergaba la esperanza de que nuestros gobernantes, y con ello incluyo a todos los que tienen algún cargo en el amplio organigrama estatal, ostenten poder directo o indirecto, estén pisando moqueta o no, se desnudaran de sus oropeles y se pusieran el mono de trabajo para, todos a una, intentar sacarnos de este entuerto patógeno de la mejor manera posible y de paso concedernos, aunque fuera una mera ilusión, la creencia de que estamos en manos responsables, dedicadas al trabajo bien hecho y no al medrar personal, a llevarnos a todos con mano firme y no tanto a lanzarse pullas los unos a los otros. Vano sueño. Estos de ahora están en lo que están, los unos en mantenerse en el machito del poder, los otros en usar argumentos, sean estos legítimos o no, con el único propósito de desalojar al otro de la peana del famoseo público para su avaricioso solaz.

Y lo peor es que todos se conducen como si se hubieran caído en la marmita de la poción mágica del saber cómo solucionar el asunto, pero nadie parece decantarse por colaborar con sus ideas o conceder que el otro, el distinto, quizá pueda estar más acertado en su apreciación de lo que es bueno, que no siempre es lo mejor. La verdad es que con un teatrillo como el que contemplamos, día tras día, a uno le dan ganas de hablar con palabras de Saramago y decir aquello de que ya es hora de aullar, porque si nos dejamos llevar por los poderes que nos gobiernan, y no hacemos nada por contrarrestarlos, se puede decir que nos merecemos lo que tenemos; qué grande don José.

Miren ustedes: a los ciudadanos, que llevamos un montón de días en el claustro de nuestras soledades, lo cual es una situación peligrosa porque la gente tiende a darle a la mollera y a cavilar; a esa ciudadanía que viene cumpliendo, con disciplina que más pareciera germánica, las recomendaciones de aislamiento, que en nuestro caso como isleños que somos es doble, le importa muy escasamente su imagen, su prurito personal, sus conveniencias de futuro, sus encantamientos electorales, sus encuestas y sus apariencias; al paisanaje le trae al pairo si éste ha llamado a aquel con retardo y si el otro no le coge el teléfono, o si la agenda de unos y otros coinciden o no. Lo único que le preocupa es que ustedes hagan su trabajo, lo que deseamos es que se pongan a laborar todos con un solo objetivo, que es lo único que les debiera ocupar, el sacarnos primero de la pandemia con el menor número de cicatrices posibles y el transportarnos a través de la otra patología, la económica, que se nos viene encima. Así que menos posturitas, menos divismo y más arrimar el hombro; piensen que el orgullo personal no suele ser ayuda en las crisis y a veces es tan letal como un virus, así que sean más efectivos y menos creativos.

Para continuar leyendo, suscríbete al acceso de contenidos web

¿Ya eres suscriptor? Inicia sesión aquí

Y para los que quieren más, nuestras otras opciones de suscripción

Compartir el artículo

stats