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Marga Vives

Por cuenta propia

Marga Vives

El 'zasca' de Miquel

Este mallorquín es la Greta Thunberg de la conciencia rural que debemos recuperar antes de que otro cambio climático nos arranque de nuestra raíz

Centenares de agricultores y ganaderos arrastran sus tractores por la Gran Vía madrileña y se plantan ante el ministerio de Agricultura, como hizo hace unos meses la España vaciada, que es otro matiz de una misma realidad. Protestan por la progresiva devaluación de sus productos, que venden a un precio irrisorio y de los que después las grandes cadenas distribuidoras sacan un buen provecho. En los círculos viciosos que flanquean la boyante economía turística, la movilización de estos sectores es un símbolo de la llamada de atención de los invisibles, a costa de los que también crece el monstruo del capitalismo. Seguro que más de una vez habremos dado cuenta de una buena ensalada sin reparar en cómo llegó del campo a la mesa. La crisis agroalimentaria dibuja un mapa de desajustes entre quienes tienen en su mano la última palabra y los que ya se han hartado de ejecutar sus designios, como cuando Trump le da al botón de los aranceles. Si no hemos sido engañados, los payeses no aspiran a mantenerse a base de subvenciones para que los demás sigamos apuntándoles con el dedo acusador de que pretenden vivir del dinero público, cuando esa pretensión, de ser cierta, no superaría la de cualquier ciudadano. Cualquiera que se haya aproximado mínimamente a este trabajo sabe que no conoce horarios ni fiestas, que su jornada empieza y acaba con el sol. Hay que tener mucha vocación, sentir mucho cariño por un oficio, para conformarse con ganar unos pocos céntimos por tomate, cuando el consumidor pagará más de un euro por él, mientras quien compra no se rebele contra esta cadena injusta. Se han hartado de un regateo en el que cada vez más llevan las de perder.

Los agricultores españoles sacan sus tractores a paseo su indignación, y en un programa de audiencia estatal, un late show algo gamberro e irreverente, triunfa un chaval que está tratando de abrirnos los ojos sobre lo poco que sabemos de ese otro mundo colindante que nos nutre literalmente, siempre que no optemos por comer carne, frutas y verduras de importación porque nos las venden más baratas, aunque no sepamos muy bien de dónde las han sacado. No siento gran interés, en general, por el fenómeno youtuber, pero me fascina que alguien haya conseguido llamar la atención de la forma en que él lo ha hecho, con pedagogía y no al modo chulesco. La genialidad de Miquel Montoro es su sano empeño rascar nuestro entendimiento de manera natural; en hacernos ver que una lechuga no nos llega al plato por arte de magia, hay más miga en su discurso de lo que podría pensarse. Arrastra millones de seguidores en Instagram con su sencilla lección magistral sobre cómo comer una naranja. Veanlo y se darán cuenta de que no teníamos todos los datos. Hasta en Japón se deleitan con sus stories, sin importarles demasiado la barrera idiomática de su mallorquín cerrado. Cabe imaginar su estupefacción ante la ignorancia que traemos de serie.

Miquel es la Greta Thunberg de la conciencia rural que debemos recuperar antes de que este otro cambio climático nos arranque definitivamente de nuestra raíz. Nosotros, que no sabríamos ordeñar una vaca ni aunque estuviéramos en una isla desierta, nos permitimos ser condescendientes con el último fenómeno viral, porque la peculiaridad con la que reclama nuestra atención nos conmueve y su desparpajo nos conduce a la empatía; es un chico original, un cuerpo adolescente que verbaliza como una persona mayor lo que el contacto con el territorio le ha enseñado a amar. Debería darnos envidia, para no quedarnos en la superficie. Los payeses no ocupan portadas en los periódicos, como casi todo lo demás que aporta muy poco al PIB, y sin embargo son los curadores de la tierra que pisamos. Pero sirviéndose de las redes y de su sabiduría telúrica este chaval listo y simpático ha logrado abstraernos del atribulado mundo urbano, donde tantas veces se extravían nuestros orígenes. Ojalá no acabemos convirtiéndolo en una anécdota exótica; Miquel nos implica en su mundo, porque también es el nuestro, al menos mientras no lo hagamos desaparecer.

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