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Descubrimientos viejos

Hay una fiebre que se ha apoderado de nuestro país -y supongo que de casi todo Occidente- cuyo síntoma principal es la creencia de que la historia, la literatura, la filosofía -en general, las humanidades- empiezan con nosotros. Y aquí empleo mal el nosotros porque soy más viejo que las nuevas generaciones que se lo creen y no padezco esa fiebre. Con la ciencia no se atreven porque todos intuyen o sospechan que estamos en sus manos y la miran, además, como se miraba al hechicero de la tribu. Que si te pasabas con él ibas listo.

Todo consiste en la desaparición del hilo -o el cableado- de la tradición y en el desconocimiento voluntario de la concatenación histórica: nada surge de la nada sino de su precedente. La cosa es paradójica: en una época de rescate y alabanza de cualquier tradición popular, las tradiciones troncales se volatilizan. Todo es nuevo 'porque yo lo digo'. Ejemplos los hay a cientos y cada día aparece alguno nuevo en prensa, pero esta semana me ha llamado la atención el 'descubrimiento' de la figura de Gustavo Durán, como si lo desenterraran de un pasado ignoto, de la desmemoria histórica, de la invisibilidad. Se habla de Gustavo Durán como de un hallazgo que estuviera enterrado en el tiempo. Cuando?

Cualquier lector español medio que tenga más de cuarenta años, sabe o ha oído hablar o ha leído -aunque no lo recuerde- de Gustavo Durán. De entrada diré que el libro más conocido y celebrado del poeta Jaime Gil de Biedma - Poemas póstumos- está dedicado a tres personas y una de ellas es Gustavo Durán, aunque en la dedicatoria figure sin su apellido. Y uno de sus poemas se titula Para Gustavo, en sus sesenta años, donde ambos se reconocen en el pasado y en el futuro de uno y otro y donde está el famoso verso -tan repetido en las barras de madrugada de los 70/80- 'hemos hecho guardia en peores garitas'.

Gil de Biedma y Durán se conocieron en México en 1960 -lo cuenta Miguel Dalmau en su biografía del poeta- y Mallorca tiene algo que ver en la permanencia de la memoria de Durán no sólo porque esa biografía fuera escrita en la isla, sino porque previamente el escritor Horacio Vázquez Rial -que entonces estaba en la agencia de Antonia Kerrigan- acabó y corrigió pruebas de su novela El soldado de porcelana en casa de los Kerrigan en El Terreno. Esa casa de la calle 2 de Mayo que Cela y su amigo Anthony Kerrigan consideraron que había sido la vivienda mallorquina de Gertrude Stein. La misma casa donde conocí a Horacio Vázquez Rial, una tarde en que yo entrevistaba a la gran y siempre recordada Elaine, la bella Elaine. Como habrán adivinado El soldado de porcelana, la novela, trata de la apasionante vida de Gustavo Durán. Existe una biografía suya, pero como no la he leído no la esgrimo. En fin, que Gustavo Durán no es un desconocido, ni alguien por el que si había interés no se encontrara rastro alguno. Al contrario.

Pero vuelvo al poeta. Después de México su relación epistolar fue el espejo de esa amistad y al cabo de unos años, en una crisis de Gil de Biedma, Durán lo invitó a pasar el verano en su casa de Atenas, con su mujer e hijas. Y allí en Grecia -sus calles, playas, islas y mitos- Jaime Gil se recuperó y fue feliz. Verano mediterráneo, verano de la Antigüedad. El poema La calle Pandrossou, también del libro Poemas póstumos lo refleja con claridad: 'Era un lunes de agosto/ después de un año atroz./ Me acuerdo que de pronto amé la vida/ porque la calle olía/ a cocina y a cuero de zapatos'. Nada de esto hubiera existido sin Gustavo Durán y eso lo sabe cualquier lector atento de Gil de Biedma.

Cito el ejemplo de Durán -objeto de actualidad por una donación de documentos que han hecho sus herederas a la Residencia de Estudiantes, que tanto frecuentó durante la República- y podría citar muchos otros. Todo se cuenta como si se hubiera descubierto hoy. Todo es un hallazgo del que lo cuenta. Y los impostores juegan a saber lo que nunca supieron en su momento, como si lo hubieran hecho. Digo impostores y me equivoco: ya no hay impostores: la impostura es la normalidad. El personaje de Durán es apasionante, pero ya estaba ahí, a los ojos de quien quisiera encontrarlo. Lean la novela de Vázquez Rial. Lean su biografía ( Javier Juárez, creo que se llama su autor). Músico en los treinta, amigo de los del 27, militar durante la Guerra Civil, objeto de fascinación de Hemingway -que le llamaba 'mi general' y lo metió en ¿Por quién doblan las campanas? -como Malraux, dicen, en La esperanza-, partidario de ambos sexos, funcionario de la ONU, enterrado en Creta? El polifacético Gustavo Durán, el hombre de las mil novelas: su huella siempre ha estado ahí; bastaba con la curiosidad del buen lector.

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