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Al aire libre

El año pasado pasaron cosas raras en la Academia sueca. Hubo denuncias, enfrentamientos y cierto tufillo a maniobras no muy ortodoxas. Hubo ausencia de Nobel de Literatura y se murió Philip Roth, eterno candidato, como tantos norteamericanos. En general los escritores norteamericanos suelen quedarse a las puertas del Nobel y pocas veces las traspasan. Nadie dice nada al respecto, como si ser norteamericano fuera un obstáculo natural y quedarse sin Nobel el peaje correspondiente.

Pasaron cosas raras, he dicho, el año pasado. ¿Sólo el pasado? ¿Por qué creemos que en medio de la debacle general una academia es una institución en la que no han de pasar cosas impropias de su condición institucional? ¿Impropias, además? La verdad es que no llegamos a entender por qué nos quedamos sin Nobel. Que si acoso sexual, que si filtraciones, que si influencias y torcimientos... ¿Y...? Todo eso era fruto de años anteriores y en esos años en que ocurrió sí hubo premio. ¿Por qué el año en que se descubrió el pastel no tenía que haberlo? ¿Por qué hay que pensar que los académicos no dicen y hacen tonterías, no cometen vilezas, no traicionan o muestran debilidad, no se equivocan como todo el mundo?

Bueno, pues el pasado año nos quedamos sin Nobel y éste empezamos a pensar que la solución del doblete podía incurrir en nuevos defectos. Podía premiar a dos mujeres, por ejemplo, utilizando el sexo de las premiadas como bandera que ocultara su mala conciencia (la de la Academia) y ese sería el defecto. Podía premiar a dos hombres y ser acusada (la Academia) de machista y eso sería, además de un defecto, una torpeza. Podía, podía, podía... El aleteo de lo políticamente correcto -no nuestro propio pensamiento- mueve el aire que respiramos. Y la curiosidad por lo que iba a hacer la Academia este año era superior a la fe en la literatura. Me refiero a la fe que suele renovar, año tras año -con excepciones varias-, el Nobel y su ceremoniosa celebración. Algo en lo que creer en los tiempos en que todo descreimiento viste y luce.

Nos equivocábamos: la Academia lo ha vuelto a hacer. Recordarnos lo que es la literatura y dejarnos sin palabra crítica en la boca. Me refiero a los que hemos sido lectores de Peter Handke, pero también a los escasos en España de Olga Tokarczuk (vamos a tener que aprender bien el orden de las consonantes). Algún lector de Tokarckuz conozco -me fío de su gusto- y me habla de acierto y gran originalidad. Algunos que, como yo, no sabían nada de ella, han dicho la tontería de que es joven. Bueno: tiene 57 años y Pamuk tenía 51 cuando se lo dieron, ya me dirán. La única trastada de que te lo den de joven es que eso pese demasiado y entumezca la escritura o paralice.

Peter Handke tiene más años; 76, aunque no lo parezca y, caminante empedernido, la suela de muchas botas y zapatos gastada. Aquí tenemos la suerte de que está toda su obra traducida y de que ha sido un escritor muy leído pese -o gracias también- a no ser un escritor fácil. Ni por su literatura, ni por su independencia. Porque esto de la independencia no es lo que parece. La independencia de verdad es solitaria y se le niegan los aplausos. Leemos con demasiada facilidad la palabra independiente en el mundo periodístico e intelectual y la mayor parte de las veces hay alguien detrás de esos cacareados independientes. De Peter Handke, uno de los pocos lobos solitarios que quedan, lo dudo. Son contadas las ocasiones en que los independientes lo son de verdad y ésta es una.

De madre eslovena se negó a la independencia de Eslovenia, argumentando cuestiones históricas y culturales (recuerdo ahora un artículo suyo impecable en El País de aquella época) y se puso del lado del pueblo serbio bombardeado por la OTAN, lo que le valió todos los improperios y descalificaciones del mundo. Más aún. Y cuando digo mundo, lo hago en sentido literal. Se le retiraron premios, se suspendieron obras de teatro, se le insultó hasta anteayer y Handke aguantó impertérrito sin dejar de manifestar sus argumentos y creencias en libros y periódicos allí donde todos hubieran callado por prudencia o miedo. Él no. Por eso este Nobel encierra en sí mismo el valor de la literatura por encima de todas las cosas. De todas. No ocurrió con Borges, pero sí ha ocurrido con Handke, ese lobo solitario, espíritu nómada que ha pateado los senderos, caminos y carreteras secundarias de nuestro país y que podías encontrártelo en el bar de un pueblo de Almería comiendo un bocadillo junto al juke-box.

Lo conocimos leyendo su diario El peso del mundo, que se publicó en la editorial Laia; después vendrían otros: El miedo del portero al penalti, Carta abierta para un largo adiós o Cuando desear todavía era útil. Pero fue en La tarde de un escritor -un libro tan breve como magnífico- donde leímos que sólo se "sentía en su sitio al aire libre". Vivir la profundidad de las cosas naturales y artificiales y estar en el camino, una poética. Retomo sus palabras, ésas que, en cierto modo, le explican: "Mucho más tiempo que de costumbre, permaneció el escritor parado en el cruce del camino. Era como si, al no tener prescrito ningún orden de vida determinado por su trabajo, necesitara un plan hasta para el movimiento diario más mínimo; y este plan se le ocurrió al decidir combinar las dos cosas: la periferia y el centro; caminaría hasta la periferia atravesando el centro... El hecho de tener un plan le hizo sentir el gozo de encontrarse ya en el camino".

Esta semana, la felicidad transparentándose en su rostro -un rostro normalmente serio y hierático- mientras posaba en el jardín de su casa francesa, era impagable. Y siendo el escritor que es, nos hablaba de otro acto de fe en la literatura, que siempre ha de estar por encima de todo lo demás.

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