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Contra los pobres

Sobre los discursos de moda contra el gasoil o el consumo de carne

¿Se han dado cuenta de que gran parte de los discursos de moda, que pasan la mayoría por progresistas, son discursos contra los pobres? Bueno no exactamente contra los pobres, pero sí contra una gran parte de la población, la mayoría tal vez: quienes tienen unos ingresos discretos o escasos, quienes viven de su pensión, aquellos que frecuentan el paro?

Empecemos por el ataque al gasoil y la pretensión de que compremos un coche eléctrico. Los nuevos motores de gasoil son desde hace tiempo muy poco contaminantes, sin embargo, ayudas y estímulos no se dirigen a que usted sustituya su viejo coche por otro moderno de escasas emisiones, sino a que adquiera uno eléctrico. Es decir, la incitación es que usted vaya a la moda futura, no a que contamine menos en el presente. Pero, además, el coche eléctrico presenta en la actualidad muchas limitaciones (de velocidad, de tiempo de carga, de postes de recarga, de autonomía) y no se sabe si en el futuro los materiales de que se construyen las baterías sufrirán problemas de abastecimiento, sin contar con las cuestiones relativas al reciclado o eliminación de las mismas. La propaganda del coche eléctrico obvia además el grave problema de sustitución de los impuestos actuales de los combustibles derivados del petróleo. Y, especialmente, el coche eléctrico es más caro, lo que lo aleja de los bolsillos de muchos de nosotros.

Es, además, discutible que nuestras autoridades se tomen en serio el problema de la contaminación causada por los vehículos. ¿Se han fijado ustedes en cuántos vehículos circulan arrojando humos pestilentes? ¿Alguien lo ha impedido? ¿Cuántos transitan sin pasar la ITV, cuestión que es fácil de averiguar, ya por los registros, ya de visu, pues han de llevar la pegatina correspondiente en el parabrisas? ¿Se actúa de verdad en este sentido? Si no es así, ¿cuál es la preocupación real por la contaminación de los vehículos automóviles?

He aquí otro discurso en la misma línea, el de un cierto menosprecio hacia los productos de la agricultura intensiva y la insistencia en la bondad, "ética" y sanitaria, de la agricultura ecológica. Nada hay que decir contra esta, por supuesto, pero sí señalar las implicaciones del discurso. En primer lugar, hay que señalar que ha sido la agricultura masiva la que ha permitido aumentar el número de personas bien alimentadas en todo el mundo (aunque aún existan lugares con hambrunas) y uno de los factores que han contribuido a mejorar la salud y la duración de la vida (y hasta la estatura media, como bien sabemos en España) de muchos millones de persones. Pero no es únicamente la abundancia de productos lo que ha permitido esos avances, sino un factor ligado a su abundancia, su precio, que los ha convertido en asequibles para una gran mayoría. La agricultura ecológica está limitada, por sus mismas características, en su producción; por tanto, sus precios son mayores y más difícil la adquisición de sus frutos por las economías no demasiado boyantes.

Las recientes admoniciones de esos comités tan peculiares de la ONU acerca de la producción de carne caminan en el mismo sentido. Admitamos que tienen razón en lo relativo a la contaminación producida por el metano que desprende el ganado vacuno. ¿Qué ocurriría si se produjese una sustancial limitación en la producción de carne? ¿Una drástica reducción universal e igual en su consumo? No. Una drástica reducción del consumo de carne por las rentas normales.

Igual ocurre con algunos aspectos de los llamados planes de movilidad. El prohibir acercarse al centro de los coches más viejos (y no ayudar a su sustitución), el estímulo a los coches más caros (eléctricos) -sea cual sea lo razonable de su fundamento- es más de lo mismo: se castiga a los que menos tienen y pueden. Generalmente, además, en nombre del progresismo.

Por cierto, es extraordinario ese empeño en perseguir al coche a favor de la bicicleta en las ciudades. ¿Todo el mundo ha de convertirse al velocípedo? ¿A cualquier edad? ¿En cualquier condición física? ¿Si llueve también? ¿Para llevar a los hijos al colegio? Y, sobre todo, ¿y si no se quiere? Porque aquí nos hallamos ante el tuétano de muchos de los discursos modernos: la voluntad de imposición, no tanto en bien del común, como se dice, sino de la idea de un grupo determinado.

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