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La osadía de Sánchez

En Madrid pasan un disgusto. "Inviable" es lo más suave que le llaman al gobierno que formará Pedro Sánchez. Más duros son algunos titulares de portada: "temerario", "Frankestein", "caos". El disgusto se debe a que al Gran Consenso se le han estropeado los planes de sustitución ordenada de Mariano Rajoy por Albert Rivera. La operación recambio. El líder de Ciudadanos es la gran esperanza de la gente de orden de la capital: se ha apuntado a las recetas económicas del liberalismo y se envuelve en la bandera para escalar en las encuestas prometiendo hacer la guerra los que pretenden "romper España". Como Aznar. Es el mejor relevo posible a un Mariano Rajoy y un PP que no da más de sí, y que no han terminado el calvario, porque aún quedan sentencias explosivas por dictar.

La moción de censura ha averiado esos planes, de momento. Sánchez se la jugó y esta vez ha ganado. Intuyó que era el momento de saltar. Como mínimo se aseguraba recuperar el protagonismo y aparecer como el dirigente que hacía algo efectiva para desalojar Rajoy, mientras otros sólo hablaban. Y como máximo podía aspirar a que una conjunción astral le llevara a la Moncloa, un destino que le era francamente difícil de conseguir por medios ordinarios. Nada que perder, pues, y mucho que ganar. Y le ha tocado el gordo, porque Rajoy ha encargado de alinear los astros.

Los acuerdos a la contra siempre son más fáciles. A deshacer siempre estamos dispuestos. El enemigo de mi enemigo puede ser mi aliado en la fase destructiva, pero esto no garantiza que nos pongamos de acuerdo a la hora de construir. En Italia se ha formado un gobierno que junta dos populismos de signo diferente: el que culpa de todo a los inmigrantes y lo que hace lo mismo con "la casta". Unidos contra el estado de cosas, pero sin un verdadero proyecto común. En el Congreso de los Diputados el agua y el aceite han sido juntados por el objetivo común de expulsar Rajoy. La amenaza Rivera también ha decantado muchos votos, ya que ni el PNV, ni ERC, ni PDeCat, no le quieren en la Moncloa.

Pero aquí se acaban las coincidencias.

Alguna encuesta de urgencia dice que la mayoría de españoles aprueba la moción de censura pero casi nadie quiere que Sánchez agote el tiempo que resta de legislatura. Rivera lo sabe y por ello ha insistido en artefactos como la moción "instrumental", sólo para convocar a las urnas. Al fin y al cabo, Sánchez no ganó las elecciones, y su legalidad como presidente no impedirá que le reprochen falta de legitimidad política. Se lo recordarán cada hora de cada día. Eso, y que debe el cargo a los enemigo de la unidad de la patria.

Pero dos días antes del debate pasó otra cosa: el presidente de la Generalitat catalana. Quim Torra, dio marcha atrás en el nombramiento de consejeros presos y exiliados, y sustituyó sus nombres por los de personas sin mancha procesal, lo que desatascaba la publicación y la toma de posesión del nuevo Gobierno. Un gesto gracias al cual los diputados de ERC y el PDeCat en Madrid ya no tenían que preguntar por el mantenimiento del 155 a Sánchez, ni este debía pronunciarse al respecto. El mensaje es: constatamos la insondable profundidad de las discrepancias pero buscamos los márgenes de acuerdo posibles.

Si el Palau de la Generalitat opta por el mal menor, este se llama Pedro Sánchez, al menos a la vista de los gestos abiertamente amenazantes de Rivera hacia los bancos de ERC y PDeCat. "Se le acaba hacer lo que quieren", les dijo. La constitución como armamento. Con los dos partidos catalanes, con el PNV y con Pablo Iglesias dispuestos a lo que sea para conjurar la amenaza Rivera, Pedro Sánchez se puede encontrar con inesperadas facilidades para hacer posible el gobierno imposible. Pero deberá vigilar los puñales de su propia casa, que siempre son los peores.

En cualquier caso, como dice el libro, por sus hechos los conoceréis.

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