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José Carlos Llop

Mallorca lisérgica

El rostro del poeta Robert Graves es uno de los más potentes que haya visto en mi vida. Él mismo escribió un poema donde habla de un rostro tallado y cuando publiqué En la ciudad sumergida ilustré uno de sus capítulos con la impresionante fotografía que le hizo Rul·lán en los años 40. Hay muchas otras, también muy buenas. Como dibujos y retratos y en todas esas imágenes se ve esa potencia -que viene de un reino, el de la poesía, que no es del común de los mortales- de la que hablo. Pese -o gracias- a todo eso ver un nuevo retrato de Graves siempre es un maravilloso hallazgo. Es el caso del cuadro que puede contemplarse en la exposición de Mati Klarwein -La llum del somni- que se celebra en La Misericòrdia estas semanas. Aunque hubiéramos visto este retrato en otras antológicas de Klarwein, volverlo a contemplar adquiere un sentido de novedad, tanto por la nitidez del mismo como por su luz, que lo renuevan en cada mirada. Junto a él, un pequeño autorretrato de Klarwein que es, también, maravilloso. Ambos me hicieron pensar en la primera etapa de Lucien Freud, cuando el nieto de Sigmund Freud y y el pintor Kitaj eran insultados por los críticos de vanguardia y sus colegas conceptuales.

Mati Klarwein nació en Hamburgo en 1932 y vino a vivir a Deià en 1952. Tenía 20 años y fue uno más de los que siguió la estela de Graves, su retratado, al afincarse en Mallorca. Como Cittadini, Montenegro o Bernareggi habían venido a la isla en los años 20 siguiendo el rastro del gran Anglada-Camarasa, instalado en Pollença. Todos tenemos nuestros recuerdos de Klarwein -aunque no le llamáramos Mati a secas como hacían sus amigos, o los que aparentan ser amigos de todo el mundo-, o el hombre que tanto gustaba a las mujeres. Es de justicia que fuera así, pues él nos puso entre las manos a la mujer más bella del mundo y al mismo tiempo hizo del arte, simbólicamente, algo al alcance de todos. Todos hemos tenido en nuestra adolescencia o juventud un Mati Klarwein en casa, todos. Y tan fascinante como lo era entonces para nosotros El Jardín de las delicias de El Bosco. Me refiero a la funda, portada o carátula del disco de Carlos Santana, Abraxas, donde Klarwein -nuestro Bosco contemporáneo- pintó a Jill, la bellísima negra de Guadalupe que era hija de un policía caribeño y tenía las piernas tan largas como el Tigris y el Éufrates (y ya saben que en su confluencia aseguraban los sabios antiguos que era donde había estado el Paraíso Terrenal). Junto a Jill no estaba el paraíso -ella sola ya era el paraíso en sí misma- pero si fijábamos la atención en la zona baja de la pintura, nos encontrábamos con la Cala de Deià. Aunque sólo fuera por eso -por compartir con el mundo la mejor belleza del siglo XX- y hacerla nuestra mientras bailábamos Samba pa ti bajo los acordes de Santana, Mati Klarwein se merecería siempre toda nuestra admiración.

Pero hay más. Klarwein -que era un hombre culto- incorpora el mundo de la contracultura al paisaje de Mallorca -o más concretamente al de la Serra de Tramuntana- y lo reinventa bajo una luz distinta, enriqueciéndolo con unos códigos que por ser ajenos lo hacen más nuestro. Klarwein rompe en su pintura la tradicional dicotomía o separación entre ciudad y Part forana para crear un reino nuevo que en ningún momento deja de ser Mallorca. Esto es extraordinario y precisamente por serlo se sale de toda la tradición pictórica -local o foránea- insular. En esta exposición hay distintas pinturas -els marges iluminados por la luna, la carretera húmeda, Son Moragues junto a la pompeyana Villa de los Misterios, puestas de sol sobre los bancales de olivos...- por no hablar de la huella Balthus, los espléndidos retratos de los amigos -retratos que son relatos-, el Teix como paisaje lisérgico o sus terrazas con apariciones de la mitología griega o egipcia que trazan la identidad de esa Mallorca de la que hablo. Junto a los ángeles de Bizancio y de Atenas y sus magníficas arquitecturas mediterráneas. Herencias del hippismo, pero también el posicionamiento intelectual de un artista, repito, culto y metáfora de su tiempo.

Mientras contemplaba el vídeo que figura en la exposición como testimonio gráfico, me vinieron a la mente dos expresiones: la felicidad de los expatriados fue una; un reino junto al mar fue la otra. Ambas expresiones son también fragmentos de mi pasado, pero mucho más importante que eso es que son fragmentos de una Mallorca que existió -aunque hoy parezca mentira- y de la que aún quedan muchos testimonios. Y entre los cuadros de Mati Klarwein me acordé de El Negro -que fue el monje de Aguirre o la cólera de Dios, de Herzog- y me acordé de Kevin Ayers. Hubo muchos más. Y Graves fue el águila que lo sobrevolaba todo.

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