Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Marga Vives

Por cuenta propia

Marga Vives

Oprah le da al botón rojo

El inspirador discurso de la noche de los Globos de Oro le ha proporcionado a Oprah Winfrey un reluciente botón rojo con el que amedrentar a Donald Trump. Cuando ella habla, los demás callan y escuchan; la magnate de la tele americana exhibe un poderoso dominio de la palabra y del gesto, todo lo contrario que el gañán que ese país tiene por presidente. Por eso subió al atril, empuñó en alto el cetro de la estatuilla y con dos o tres eslóganes magistralmente hilados le propinó una buena sacudida en los morros al vano " America first" de su adversario mediático (y eso que no lo citó). Y reinó sobre la noche, como manda el guión.

Los estadounidenses aclaman a su nueva candidata electoral antes incluso de que esta se haya postulado -y con independencia de que lo haga o no- porque a las personas nos gustan mucho los finales made in Hollywood y qué mejor cocina para uno de esos fulgurantes colofones que la cuna en la que nacen los sueños de plató y audiencias. Los lemas, bien pronunciados, con sus pausas y su lenguaje corporal, son infalibles. Pero quienes todavía no entendemos cómo alguien como Trump ha podido llegar a gobernante tampoco olvidamos que detrás de su victoria hubo un pueblo que le votó masivamente, de modo que por alguna razón inexplicable en algún momento se coló entre los votantes semejante arrebato de pasión.

Luego, cuando se acaba la explosión de confeti, reaparece la tediosa supervivencia del día a día, en que muchas veces no sucede nada excepcional y las miserias tienen que barrerse a fuerza de pequeñas conquistas, una a una y sin apenas ovación. Por eso cala tanto que las estrellas rutilantes de la televisión o del cine confiesen la imperfección de sus vidas o bien que apelen a una nueva espiritualidad con la que derribar las injusticias universales. Les hace aparecer en toda su esplendorosa humanidad, como el resto, o les convierte en esos seres legendarios de los que también andamos vagando en un desierto de sed.

Debo reconocer que me inquieta esa táctica de familiaridad calculada de citar a determinadas celebridades por su nombre de pila. Es como si les hiciéramos sitio en nuestro sofá y anticipáramos carta blanca a todo lo que se les ocurra decir o disponer, aunque a la hora de la verdad pueden resultar tan remotos e inaccesibles como cualquier otro inmortal. Pero puestos a escoger, me creo una y mil veces más el time's up en la voz de Oprah, porque está palpitado hacia afuera; porque cuando dijo que "hay un nuevo día en el horizonte" la vimos paladear con el alma cada sustantivo, adjetivo, verbo o preposición que pronunció y todo junto sonó como un vendaval de verdades. Y porque eso es, precisamente, lo que mucha gente queremos dar por hecho, que hasta aquí hemos llegado en muchas cosas.

El discurso de Oprah es gasolina para el motor contra la anodinia, un chute de empoderamiento desparramado conscientemente desde arriba y en cascada. Tiene todos los ingredientes de una fórmula magistral y ella, un carisma a prueba de matices, y mano y buena cabeza para espabilar conciencias, sin necesidad de florituras, con un lenguaje claro, directo, con referentes reales. Eso era, en teoría, el arte de la política antes de que se le despojara por completo de la capacidad oratoria, de debate o discussion, que en inglés no tiene la connotación negativa que le damos en español a esa palabra, sino que paradójicamente significa conversación, diálogo. Y dado que la mayoría de nuestros políticos contemporáneos no sabe hablar, ni mucho menos emocionar con sus palabras, nos maravilla que alguien sea capaz de hacerlo y en seguida le queremos presidiendo nuestras sobremesas frente al telediario. No por lejano el escenario, debieran pensar los de aquí que no va con ellos. No tengo claro si a Oprah Winfrey le conviene postularse a la Casa Blanca, pero el domingo pasado por la noche yo también la habría votado, aunque solo fuera un rato. Lo malo es que la realidad es tozuda y al paso que vamos ya veo que me tendré que conformar con mantenerme lejos de cualquier sucedáneo populista.

Compartir el artículo

stats