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Por las Pitiüses, antes de la invasión

uve ocasión de volver a ellas, hace unos días, a través de la Associació Amics de l´Arxiduc, que organizó el periplo en el 150 aniversario de la llegada del príncipe florentino a Eivissa por vez primera y, aunque los reunidos éramos docena y media, conseguimos pasearlas en paz y tranquilidad. No sé si equiparable a la que existiría cuando, allá por el siglo XIX, las islas permanecían quietas y recogidas, pero me pareció que algo de sus esencias de antaño flotaba en un ambiente que en pocas semanas será ensordecedor.

Ignoro cómo se sentiría el archiduque Luis Salvador -´Luigi el sabio´, le llamaban algunos en su país- por esos lares, a lomos de jamelgo y durmiendo en casa de algún labriego por falta de posada, pero aunque quizá viniese, entre otros motivos, para dejar atrás tensiones y dramas, puedo suponer que el empeño por relatar cuanto vio y vivió aquí, creció bajo el influjo de unos paisajes y colores que todavía hechizan mientras esperan acoger a la próxima turbamulta. La avenida principal de la ciudad de Eivissa, Vara de Rey, estaba en obras y al parecer va a convertirse en peatonal lo que podría aumentar su atractivo, ya que Dalt Vila se basta tal y como es (patrimonio de la humanidad) para justificar un viaje del que no entraré en demasiados detalles porque sin duda muchos de ustedes conocen esos entornos mejor que yo. Sin embargo, del mentor que nos orientaba, Carlo Grignano, así como de algunos compañeros en esos días, recibí enseñanzas de interés y a veces perplejidades que esperan ocasional ayuda por parte de quien esté en secretos que a mí se me escapan.

De entre ellos (rememoró una comensal a los postres), el "clí" de que estaban hechos en tiempos algunos colchones. ¿Clí? Será crin -sugerí-. No: clí, confirmaron varias. Y nada de clínico u ortopédico€ A día de hoy sigo en la duda léxica junto a alguna otra, porque tampoco conseguí, en la sobremesa, dar con una traducción de consenso a la palabra desembafar. Pero veamos primero -propuse- el embafat: ¿lleno? ¿Empachado? ¿Ahíto? No exactamente, me respondían€ Y, si más no, sirvan los anteriores ejemplos para constatar que viajes con los hasta ayer mismo desconocidos, aportan algo más que soberbias perspectivas geográficas incluso tratándose de las Pitiüses, lo cual es mucho decir porque, entre otras lindezas, las salinas, tanto de Eivissa como en Formentera, cautivan aun en el caso de no ser la primera vez que se visitan.

Respecto a las ibicencas, tuvimos la fortuna de contar con alguien que las conocía de antiguo y sabía de sus avatares incluida la iglesia aledaña, de propiedad privada hasta que, en el siglo pasado, los religiosos la hicieron suya y (textualmente) Ja t´aclariràs!, lo que ponía de manifiesto que, también por allá, el negocio inmobiliario no se restringe a alquileres bajo mano y compraventas de escándalo, cuestiones éstas -nos instruyeron a los menos avisados- en las que Eivissa deja a Mallorca en mantillas. Por lo demás y aunque en 2016 la producción rondó al parecer las 50.000 toneladas de sal, los empleados han disminuido desde casi un millar en el pasado a poco más de una docena como consecuencia de las nuevas tecnologías. No obstante y tras escuchar con atención la disertación de una experta, en tiempos directamente implicada en el negocio, quizá deban también tenerse en cuenta otros factores, porque la sal precisa -enfatizó- de sol y soledad; la segunda condición (con objeto de evitar en lo posible su contaminación) es impensable, como bien sabemos, en los meses venideros y, por añadir una tercera ese, también el silencio que nos rodea tiene los días contados.

Pero recién entrada la primavera, las mencionadas eses se aliaron para permitir que recreásemos, sin exagerar y salvadas las obvias diferencias, la estética que debió acoger al archiduque en 1867; un noble con los medios necesarios para desarrollar sus dotes de observación por encima de mares y distancias, lo que contradice al fallecido poeta Joan Brossa cuando escribió que dinero y sensibilidad son incompatibles. En pos de las huellas de Luigi el sabio, recorrimos playas y pueblecitos blancos que, en la tibieza de esas mañanas, ofrecían sin alharacas ni muchedumbres veraniegas lo mejor de sí mismos: Sant Mateu d´Aubarca y Santa Agnés de Corona, Sant Josep de Sa Talaia, Sant Carles de Peralta, Santa Eularia o, quizá en recuerdo de los antiguos hippies, el mercadillo dominical en Sant Joan de Labritja exhibía, en algunos puestecillos, vestimentas, bisutería y otras ofertas que retrotraían a aquellos sesenta que hicieron también historia más acá del Die Balearen que escribiera el archiduque. Ropa que no desdeciría junto a un canuto en buena compañía, esponjas de mar o comestibles de ese abanico que, según los vendedores, concentra todos los nutrientes y vitaminas imaginables sin sombra de mal alguno.

Tal vez sea impropio suponer, ya de regreso e intentando resumir las impresiones recibidas, que Eivissa y Formentera -más acá de la sal- se sigan pareciendo en buena medida a las que describiera y disfrutó el noble Luís Salvador pero, sea como fuere, a quienes quieran paladearlas sin quedar embafats, agobiados entre el ruido y el hacinamiento, sólo les quedan unas pocas semanas. A no ser que prefieran esperar al otoño.

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