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Nostalgia de un absoluto sin relación con la fe

Recuerdo con cierta añoranza la tranquilidad, la seguridad que procuraba el tener opiniones enraizadas, consistentes e inmunes a vientos y mareas. Una época aquella en que vivíamos con la convicción de que los años no eran una amenaza de caducidad, sino aliados que terminarían por cargar de razón nuestros análisis y, entretanto, debates teñidos de pasión: realidades percibidas a la medida de nuestras querencias y las conclusiones defendidas por sobre la duda o el cansancio.

Sin embargo, tal vez a consecuencia de una más digerida información o quizá porque la edad atempera las creencias (no aludo a las religiosas, fuera aquí de cuestión) e incorpora cierto relativismo a la contundencia de antaño, a muchos se nos hace cada vez más difícil relegar la confusión, los peros y los "tal vez", asumiendo que emociones, apriorismos y subjetividad, en suma, no debieran primar por sobre unos hechos que pueden resultar tan contrapuestos como las propias percepciones de los mismos. Bajo esa óptica, cuando leí en Diario de un mal año, de Coetzee, que todos los viejos se vuelven cartesianos, me quedé rumiando el aserto hasta concluir, en línea con lo anterior, pues que depende. Y de paso que ¡ojalá!, porque eso me retrotraería a los años mozos. Aunque no pueda hacer mía la afirmación del novelista sin numerosos matices.

El caso es que la suficiencia, antes y ahora, suele traducir cierto simplismo o, más o menos conscientemente, un manipulador descarte de evidencias que cuestionen nuestra posición, por lo general con un alto componente ideológico y, por lo mismo, en buena parte emocional. Y tampoco convendrá adscribir las dificultades para tomar partido, el titubeo, como inevitable consecuencia de una deficiente irrigación cerebral. Para empezar, sin dudas no se progresa y el conocimiento avanza merced a ellas; en un mundo de creciente complejidad nuestra ignorancia corre pareja, y es arriesgado aferrarse a cualquier verdad que no esté teñida de provisionalidad e incertidumbre, así que "¿convicciones sólidas? Mejor líquidas o gaseosas" (Wagensberg).

Y no es que la constatación de una perplejidad que no ayuda precisamente a conciliar el sueño, sea cosa de hoy, con un entorno mudable como nunca. "Apruebo casi todo lo que leo", afirmó Leibnitz tiempo atrás, y ese talante, si más no, dificultaría las fechorías que suelen ser consustanciales a cualquier fanatismo. Estoy aludiendo, desde la Inquisición, a terrorismos de variada autoría, porque no hay Holocausto, ETA ni Estado Islámico que pudiera justificar sus atrocidades a poco que incorporase un algo de sentido común, ya que no inteligencia, a unos proyectos sin objeción so pena de degüello, disparo o cámara de gas. Los enemigos de la verdad y de la vida, añadiría no son las mentiras sino las convicciones y, con esta perspectiva nietzscheana, la puesta en cuestión de las seguridades con que nos definimos, siquiera como ejercicio de rigor intelectual, puede obrar como motor no sólo de progreso, sino ampliar el ámbito de la justicia con base en el criterio reflexivo y ponderado.

Cabría deducir de todo ello que la dubitación es, a más de inevitable en ocasiones, un recomendable ejercicio existencial. Pese a lo cual, confesaré que, en lo que a mí respecta, desazona. Incorporar al razonamiento opiniones encontradas, máxime cuando no se es experto en el tema en cuestión lo que sucede la mayoría de veces y se pretende la ecuanimidad, supone un ejercicio que puede agotar, sin que de ello se derive necesariamente la claridad y por lo mismo pueda inferirse que valió la pena. Es esa dialéctica interior que se quiere honesta, alejada de tópicos y con la que no se pretende convencer a otro que uno mismo, la que sigue arañando la conciencia. Quizá porque, pese al talante, las seguridades consuelan o tranquilizan, como prefieran, y ese fluir del pensamiento no siempre ordenado, con rápidos, afluentes, meandros o cataratas que, como el agua, escapan al control, demasiadas veces se lleva consigo la posibilidad de sentenciar para un punto y final.

Por aludir a ejemplos recientes, no he conseguido que mi balanza se decantase respecto a la justificación y oportunidad del referéndum griego o cuánto en las propuestas de la llamada Troika responde a intereses inaceptables; si hay que congratularse o denostar de la inminente bajada del IRPF propuesta por el Gobierno, esforzarse en separar el grano de la paja respecto a las propuestas de ciertos Partidos emergentes o si acaso la festividad gay, denominada "Día del orgullo", pudiera cambiarse por otra denominación: Día de la normalización, de la aceptación? Siquiera por no caer en la desmesura. Se trata en síntesis, y como reza el título, de nostalgia por un absoluto que nos guiase sin sombra de duda e informase nuestros juicios para opiniones sin vuelta de hoja. Como las que tal vez manteníamos con más tesón que reflexión. Absolutos lejos de la imposición y el absolutismo, razonados? Tal vez, llegado aquí, sólo un imposible sueño adolescente. De los pocos que nos van quedando.

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