08 de junio de 2011
08.06.2011

"El General Franco es un asesino"

08.06.2011 | 08:30
"El General Franco es un asesino"
En las postrimerías de la dictadura, allá por el verano de 1975, José María Gil Robles, que en la Segunda República había sido el líder de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), se hallaba en Mallorca en un viaje de carácter profesional. Gil Robles, abogado de considerable prestigio, siempre era objeto de atención: alineado con la oposición democrática, tras haber ayudado a los sublevados en 1936 y contribuido a su victoria en la Guerra Civil, su libro No fue posible la paz ha sido siempre un referente para amplios sectores sociales de la derecha. Un día de aquel verano tuve ocasión de entrevistar al hombre que se había enfrentado en las urnas con el Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936. Al preguntarle qué opinión tenía del general Franco (el dictador fue subordinado suyo, cosa que jamás pudo digerir), Gil Robles me miró, marcó una pequeña pausa y me dijo: "Se lo voy a decir, pero usted no lo podrá publicar". Antes de que pudiera protestar y asegurarle que recogería fielmente lo que me dijera, sentenció: "El general Franco es un asesino". Evidentemente, no se publicó.

Tres décadas y media después, desaparecido hace ya tiempo Gil Robles (el único de época tan trágica que sigue en el mundo de los vivos es Santiago Carrillo, al que Preston, en El holocausto español, libro imprescindible, no deja precisamente bien parado), hete aquí que la Real Academia de la Historia da a conocer un diccionario en el que el general Franco no es un dictador, a lo sumo un dirigente autoritario. Luis Suárez, connotado franquista, ha sido quien ha redactado la entrada referida al general; también la de Escrivá de Balaguer, al que le reconoce, sin más, hilo directo con el Altísimo. El presidente de la Academia, Gonzalo Anes, exhibiendo un cinismo granítico, ha dado por bueno el desaguisado y algún medio se ha despachado con que es materia opinable el asunto de si Francisco Franco, "caudillo de España por la gracia de Dios, jefe del Estado, jefe del Gobierno, jefe nacional del Movimiento y generalísimo de los Ejércitos", montó un sistema dictatorial o autoritario.
José María Gil Robles no albergaba dudas sobre quién era el general, que asesinó antes, durante y después de la Guerra Civil. Es chocante que todavía estemos polemizando sobre uno de los personajes más siniestros del siglo XX español. Franco fue un dictador, un asesino que está a la par de los dos grandes criminales del pasado siglo: Stalin y Hitler. Franco mató sin contemplaciones, incluso a quienes eran sus colegas en las Fuerzas Armadas, como acaba de divulgar Ángel Viñas. Concluida la Guerra Civil, Franco se refirió a un militar, primo hermano suyo, fusilado en Melilla por haber sido fiel al Gobierno legítimo de la República, afirmando que "a este lo mataron los nacionales". Sin su visto bueno nadie en la España "nacional" se hubiera atrevido a despachar a uno de sus parientes. El doctor Negrín, el gran olvidado y el gran difamado, presidente del Gobierno republicano, fue más dictador que Franco para la Academia. "Agitación y propaganda", oficina imprescindible en las dictaduras comunistas, seguro que no mejoró la marranada.

En aquella entrevista, Gil Robles, ya sin bolígrafo de por medio, diseccionó con maestría lo que había sido y todavía era la dictadura franquista y predijo que el andamiaje en el que se sustentaba, se desmoronaría sin más después de la desaparición del general. Acertó el político derechista, aunque sus hijos no tuvieron suerte al tratar de fletar un partido demócrata cristiano: la jerarquía de la Iglesia católica, entonces pastoreada por el gran cardenal Vicente Enrique y Tarancón (de él a Rouco Varela, cuánto prestigio perdido por la Iglesia), no vio con buenos ojos la iniciativa optando por mantenerse más o menos al margen.
Como siempre sucede en estos casos, lo hecho por la Real Academia de la Historia puede acabar por tener algo de positivo: tal vez sirva para que el interés por nuestra historia, por un pasado que todavía es reciente, que gravita, y no poco, en la sociedad española, por mucho que se pretenda llevar al olvido, se agudice y los historiadores que se ocupan de explicar qué fue lo que ocurrió y las razones por las que sucedió obtengan una atención más mayoritaria. Los hay, no solo los británicos, como siempre insuperables, que merecen ser leídos. Ninguno de ellos ha sido invitado por la institución de Gonzalo Anes a redactar las entradas de este período histórico. Eso queda para dinosaurios como Luis Suárez, para gente que sostiene que el general Franco no fue el último dictador que ha padecido España.

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