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Opinión

Simón, la medicina espectáculo | Por Matías Vallés

Fernando Simón. EFE

Fernando Simón es la cara de la pandemia, el coronavirus a la española, la banda sonora de los gráficos de nuevos contagios. No soy fan, a diferencia de la militancia izquierdista. Sin embargo, me ha admirado su capacidad de defender absurdas medidas políticas en las que obviamente no creía, para revestirlas de un ropaje científico y venderlas como propias.

En la soledad de los tiempos más inclementes del coronavirus, Simón lograba salir trabajosamente de la maraña tendida por los políticos. Por eso suena injusto sonsacarle las contradicciones, como si hubiera un solo ser humano que hubiera acertado con la receta del virus. Y en porcentajes variables, los infinitos epidemiólogos ascendidos a comunicadores se han mirado en el espejo de su colega despeinado. Con envidia.

Los laicos de Simón lo encuadramos en una variante científica de popularidad creciente por su facilidad. Técnicamente se llama divulgación, pero este término sublimador se diluye en contacto con los medios. Al igual que se habla de la información como espectáculo o infotainment, que ya no es una opción sino la corriente dominante, el portavoz de la pandemia ha perfeccionado la medicina como espectáculo. Aunque sea un tingladillo de cantautor con guitarra de seis cuerdas.

Medio país le ha atizado a Simón, porque considera que un señor con este aspecto por fuerza debe ser izquierdista. Los agnósticos celebramos su sangre fría de meteorólogo, que narra un huracán de fuerza 28 con la misma calma que una brisa. En todo caso, ha sido el más español de los epidemiólogos, ha nacionalizado una especialidad médica.

En la virología comparada, la entrega moralizante de Simón contrasta con la gelidez del alemán Drosten al frente del Robert Koch Institut, sobre el que los cultísimos alemanes arrojaban cócteles Molotov. Se aleja también del oportunismo de Fauci, que negaba a Trump en segundo plano. Ha acertado más que el británico Ferguson, con su predicción de medio millón de muertos en su país. Solo le coloco por encima al sueco Anders Tegnell, el escéptico que salvó la honra de quienes nos resistimos a ser chinos, hasta la neozelandesa Jacinda Ardern ha perdido la fe en el confinamiento o conchinamiento.

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