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Opinión

Dónde está el nuevo Juan March | Por Matías Vallés

Madrid acomete el tiempo de descuento de los donativos de mil millones, recortados un cinco por ciento en la primera andanada. El éxito indiscutible del Govern Armengol exigirá fidelidad al compromiso y puntualidad en los pagos. Ni por esas se ocultará el espíritu subyacente, una limosna. De ahí las ávidas protestas del presidente de Málaga del PP, criado en la cultura de las ayudas públicas para vicios privados.

No sería muy apropiado que los beneficiarios de donativos aparecieran de pronto en un flamante todoterreno de lujo, un riesgo que se hubiera evitado con ayudas directas a la población (al igual que en países comunistas tales que Reino Unido, Austria o Estados Unidos) o entradas en el capital social de las empresas (en enclaves castristas como Alemania).

Ni siquiera el cumplimiento estricto de los protocolos económicos suprime el componente miserabilista de las ayudas. Apenas si cubren un diez por ciento del descalabro, y presuponen que se saldrá de la pobreza con el monocultivo que condujo a ella, sin el mínimo aderezo en la estructura económica.

Hoy mismo, la aportación más deslumbrante de Mallorca a la gestión empresarial son las kellys, retratadas en el montaje teatral que ayer estrenó Yolanda Díaz. La situación de standby, por utilizar un término no sanguinario, obligaría a agudizar el ingenio. «Sin crisis no hay desafíos», sostiene vigente Einstein. En el mapa actual no se advierte a los timoneles que van a rescatar a la isla sin técnicas mendicantes. Ahora que han arriado al auténtico del callejero, dónde está el nuevo Juan March.

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